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Hay algo inquietante —y profundamente contradictorio— con la frecuencia y la manera en que el mundo habla del envejecimiento femenino. Porque, al final, no importa lo que decidas hacer con tu cuerpo: si cambias te critican y si no lo haces, también.
Basta con mirar lo que ocurre cada vez que una mujer conocida aparece en público. A Demi Moore se le cuestionó recientemente por su delgadez en el Festival de Cannes, con especulaciones sobre el uso de Ozempic e incluso comparaciones con su propio personaje en la película “La Sustancia”, obsesionado con la juventud. A Shakira, tras su aparición en el Mundial de Fútbol, se le examinó el rostro al detalle: surgiendo dudas de si tenía bótox y comentarios reprochando que “siempre quiere parecer de 20”.
Pero el otro camino tampoco ofrece tregua. Actrices como Kate Winslet o Sarah Jessica Parker han hablado abiertamente de no querer someterse a procedimientos estéticas. Aun así, no quedan fuera del escrutinio, ya que sus arrugas, canas o cambios físicos siguen siendo tema de conversación, como si envejecer de manera “natural” también fuera un error.
Y es que el mensaje, aunque no siempre se diga en voz alta, termina siendo el mismo: no hay una forma correcta —ni “digna”— de envejecer siendo mujer.
El verdadero problema detrás de envejecimiento femenino
Lejos de ser un fenómeno superficial, esta presión constante tiene un trasfondo psicológico y social significativo y es que, durante mucho tiempo, el valor de la mujer ha estado supeditado a la juventud y la belleza. Como explicó la psicóloga Verónica Carrasco a Somos, no se trata de una exigencia que aparece de golpe en la adultez, sino de un mandato instaurado desde edades muy tempranas, por lo que muchas niñas crecen recibiendo mensajes sobre cómo deberían verse, qué ropa usar o cómo mantenerse jóvenes.
Esta idea se sostiene, además, en los roles de género. Según la psicóloga Giovanna Mejía, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), tanto hombres como mujeres aprenden qué se espera de ellos en su entorno, y esas expectativas también moldean la relación con el propio cuerpo. En este sentido, la apariencia no llega a ser una decisión completamente libre, sino una elección que ocurre dentro de los límites que la sociedad permite o sanciona.

Por eso, el cuerpo femenino ha sido históricamente un espacio de observación constante, ya que no solo se espera que cumpla con ciertos estándares, sino que además se mantenga dentro de un rango específico: lo suficientemente joven para ser valorada, pero sin mostrar demasiado esfuerzo por parecerlo. Incluso la “edad ideal” de una mujer, en el imaginario social, coincide con el momento en que es percibida como más deseable o reproductivamente activa, dejando así en un segundo plano su desarrollo personal, profesional o emocional.
En este contexto, el envejecimiento está marcado por un profundo doble estándar. De acuerdo con Jenny Adanaque, psicóloga la Universidad Científica del Sur, históricamente el hombre ha sido asociado al poder, el éxito y el estatus, por lo que los signos de la edad —como las canas— suelen percibirse como algo natural e incluso atractivo. En las mujeres, en cambio, el paso del tiempo tiende a leerse como una pérdida de belleza, valor o de relevancia; una supuesta imperfección que “debería” corregirse y que, además es reforzada por una industria que convierte el envejecimiento femenino en un problema a resolver.
“El problema de fondo es estructural, más que estético. El género, lejos de limitarse a describir diferencias, organiza relaciones de poder. Por consiguiente, el cuerpo de la mujer no se evalúa por cómo luce, sino por su rol histórico como un espacio donde se inscriben normas, expectativas y formas de control”, aseguró Mejía.
Esto también explicaría por qué las mujeres son cuestionadas tanto si deciden intervenir su apariencia como si optan por no hacerlo. En ambos casos hay una transgresión: una intenta escapar de la norma, mientras la otra la ignora. Y en una cultura que premia la conformidad, cualquier desvío termina siendo castigado.
Cuando la imagen deja de ser una elección
Lejos de desaparecer, estos mandatos sociales han mutado para adaptarse a la era digital. Si antes eran la familia, la publicidad tradicional o el entorno los encargados de vigilar y definir cómo debía lucir una mujer, hoy las redes sociales han multiplicado esa presión y la han trasladado a la palma de la mano. Así, los estándares de belleza han dejado de dictarse desde la página de una revista para actualizarse en tiempo real a través de filtros, algoritmos y rostros rejuvenecidos que circulan de forma ininterrumpida en las pantallas.
Para Jenny Adanaque, este bombardeo visual transmite la idea de que lo natural es “no envejecer”, normalizando así lo artificial, mientras que los signos de la edad comienzan a percibirse como errores que deberían ocultarse o corregirse.

“La distancia entre la imagen filtrada y la apariencia real puede generar una disonancia cognitiva que refuerza distorsiones sobre el propio cuerpo y alimenta la creencia de que siempre hay algo que mejorar. Incluso, muchas mujeres persiguen estándares imposibles de alcanzar porque responden a una perfección algorítmica construida mediante edición, iluminación y tecnología”.
De este modo, el problema deja de ser únicamente una cuestión de percepción, ya que estas imágenes no solo redefinen lo que consideramos normal, sino que también moldean las condiciones bajo las cuales creemos que podremos ser aceptadas. El doctor Patrick Byrne, cirujano plástico de Cleveland Clinic advirtió que, la exposición continua a rostros editados refuerza la sensación de que los cambios estéticos son indispensables para obtener aprobación social lo que, a su vez favorece la internalización de ideales de belleza cada vez más difíciles de cumplir.
Pero la influencia de estas imágenes no termina cuando se cierra una aplicación. Fotografías, videollamadas y cámaras frontales han convertido la autoobservación en una práctica casi automática. Según Verónica Carrasco, nunca antes las personas habían pasado tanto tiempo observando su propia imagen, por lo que esta atención permanente puede hacer que detalles tan imperceptibles se conviertan en motivo de preocupación e insatisfacción con la propia apariencia.
Lo más preocupante es que esta dinámica parece instalarse cada vez más temprano. De acuerdo con Antonella Galli, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, cada vez son más las adolescentes que se sienten cómodas únicamente cuando utilizan determinados filtros para mostrarse en redes. Lo que parece un gesto cotidiano, al final puede convertirse en una fuente de inseguridad y consolidar la idea de que la aceptación depende de aproximarse a una perfección inalcanzable.
“Cuando mujeres jóvenes observan que incluso mujeres admiradas, exitosas y consideradas bellas son cuestionadas por sus arrugas, su peso o cualquier signo relacionado al envejecimiento, pueden concluir que los logros personales nunca bastan. El mensaje implícito es que la apariencia continúa teniendo un peso desproporcionado en la valoración de una mujer, por lo que el temor al paso del tiempo comienza mucho antes de que aparezcan las primeras arrugas”, destacó Carrasco.

El costo psicológico de vivir siendo evaluada
Para muchas mujeres, el paso del tiempo no solo implica cambios naturales en el cuerpo y el rostro, sino también la presión de responder a esos ideales que prometen una juventud eterna y, que en la práctica resultan inalcanzables. La consecuencia de esta exigencia —ejercida por la sociedad, las redes sociales e incluso una misma— es una vigilancia permanente sobre la apariencia, en donde cada arruga o signo de la edad puede vivirse como una amenaza al valor personal.
En este sentido, la psicóloga Giovanna Mejí señaló que, la comparación sostenida con estos cánones puede generar insatisfacción corporal crónica, ansiedad, baja autoestima y sentimientos persistentes de insuficiencia. En algunos casos, incluso puede asociarse con trastornos de la conducta alimentaria o con síntomas asociados al trastorno dismórfico corporal.
“El impacto acumulativo de esta presión diaria no es neutral, ya que va erosionando la capacidad de habitar el propio cuerpo con satisfacción y desplaza el eje de evaluación personal desde quiénes somos hacia cómo lucimos. Cuando las mujeres aprenden a observarse permanentemente desde una mirada externa, terminan evaluándose como objetos antes que como sujetos de su propia experiencia”.
Esta necesidad de control, añadió la experta de la UARM, demuestra que la angustia frente al paso del tiempo no surge del envejecimiento en sí mismo, sino de haber sido socializadas bajo una estructura que le pone fecha de caducidad al valor de una mujer. Por eso, cuando el entorno deja de reconocer a las mujeres dentro de esos parámetros de deseo y admiración, muchas sienten que también está en juego su propia identidad.
En este contexto, los procedimientos estéticos pueden ofrecer una satisfacción temporal, pero no resuelven de por sí una crisis de autoaceptación. Como explicó Verónica Carrasco, la autoestima y la autoaceptación son procesos psicológicos que no dependen únicamente de la apariencia física. Cuando el bienestar queda sujeto exclusivamente a cómo nos vemos, siempre aparecerá un nuevo defecto que corregir y una nueva razón para sentir que no somos suficientes.
Por eso, quizás el desafío más urgente sea permitir que las mujeres envejezcan en paz. Esto exige reconocer que una vida valiosa no se mide por la capacidad de sostener una imagen imposible, sino por la solidez de los vínculos, los proyectos realizados y la identidad que se fortalece más allá de la estética. Solo desde esa compasión es posible entender que el envejecimiento no es una derrota ni una pérdida de dignidad, es en realidad, una expresión inevitable y profundamente humana de estar vivas.
Fuente: elcomercio.pe