Mientras Alemania extiende progresivamente la edad de jubilación y proyecta que hacia el 2030 esta podría acercarse a los 68 años, una pregunta comienza a cobrar relevancia: ¿qué papel jugarán millones de personas mayores de 50 años en una economía transformada por la inteligencia artificial? Quizá uno mucho más importante del que imaginamos.
Durante años asociamos la innovación con la juventud. Parecía lógico: los más jóvenes adoptan nuevas herramientas con rapidez, exploran sin miedo y hablan con naturalidad los lenguajes digitales. Pero la irrupción de la inteligencia artificial (IA) está revelando algo menos evidente: la tecnología más poderosa de nuestro tiempo depende, más que ninguna otra, del contexto.
Y el contexto suele venir de la experiencia. La calidad de una interacción con la IA no depende únicamente de cómo usar una aplicación. Depende de qué preguntar, cómo formularlo y, sobre todo, cómo ponderar la respuesta. Distinguir entre un dato relevante y uno accesorio. Entre una solución técnicamente correcta y una decisión realmente adecuada. Entre “el árbol y el bosque”, digamos. En ese escenario, la llamada generación X –aquellos nacidos entre mediados de los setenta y comienzo de los ochenta– ocupa una posición singular.
Es la última generación que estudió con enciclopedias de varios tomos y la primera que aprendió Internet en la adultez. Es, en cierto modo, bilingüe tecnológica. Conoce el mundo previo a la digitalización masiva y también el actual. Ha visto pasar suficientes revoluciones tecnológicas como para entusiasmarse con las oportunidades sin perder el sentido crítico.
A propósito, la escritora y premio Nobel Olga Tokarczuk, de 62 años, explicaba recientemente que utiliza la IA para documentarse y verificar información, pero siempre contrastando los resultados. La frase resume bien el momento que vivimos: usar la herramienta sin delegarle el juicio.
Por eso los mayores de 50 años pueden convertirse en una verdadera bisagra intergeneracional. Los más jóvenes aportan velocidad, experimentación y familiaridad digital. Los más experimentados aportan comprensión del negocio, memoria institucional, criterio ético y capacidad de interpretación. De ahí que una verdadera organización inteligente en tiempos de economía de la IA no debería enfrentar generaciones, sino más bien combinarlas.
Por ello, no es casual que en distintos países comiencen a surgir programas de internship para seniors o iniciativas destinadas a incorporar talento experimentado en procesos de transformación digital. La longevidad aumenta y las organizaciones necesitan nuevas formas de aprovechar capacidades acumuladas durante décadas.
La invitación para los +50 es simple: perderle el miedo a la IA y volver a aprender. Convertirse en los nuevos aprendices. Porque si logramos combinar experiencia y curiosidad, podremos acelerar la adopción funcional de la inteligencia artificial con una brecha generacional mucho menor. Y esa podría ser una de las ventajas competitivas más valiosas de esta época.
Fuente: elcomercio.pe