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Una muñeca de edición limitada, una figura de colección de Star Wars o una caja misteriosa cuyo contenido nadie conoce hasta el momento de abrirla. Para muchos adultos, estos objetos representan más que un simple capricho: son una puerta a la nostalgia, una forma de aliviar el estrés y, cada vez más, una declaración de identidad.
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Bautizados como ‘kidults’ (por la unión de las palabras en inglés ‘kid’ y ‘adult’: niño y adulto), son descritos como grupos de personas que continúan consumiendo juguetes, coleccionables y productos asociados a la infancia, más que por tendencia, por verdadera conexión y nostalgia.
En los últimos años, y debido a su gran impacto en el comercio, este fenómeno se ha vuelto uno de los motores de crecimiento más importantes de la industria del entretenimiento.

“Los adultos se han convertido en consumidores clave de este rubro: son esencialmente niños con la capacidad económica de comprar los juguetes que desean y sin las restricciones de los padres”, explica Claudio Huamán de los Heros, director de la carrera de Márketing de la USIL.
Las marcas lo entendieron hace tiempo. Gigantes como LEGO, Mattel y Hasbro han desarrollado líneas exclusivas para adultos, mientras que franquicias como Star Wars y Marvel han encontrado en los coleccionables una fuente de ingresos incluso más rentable que sus películas. Según Huamán de los Heros, por cada dólar generado en taquilla, Star Wars produce entre 2,5 y 3 dólares adicionales en juguetes, ropa y licencias.
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COLECCIÓN PERSONAL
La nostalgia es uno de los principales motores detrás de este consumo. “Permite reconectarse con experiencias positivas de la infancia, con momentos en los que la principal responsabilidad era jugar”, señala Huamán. Sin embargo, no es el único factor. El bienestar emocional también juega un papel importante.

Para el psicólogo Juan Pablo Castro, de Mapfre, el coleccionismo funciona muchas veces como una pausa frente a las exigencias de la vida adulta. “Los juguetes son objetos asociados a un significado emocional y simbólico. Mantienen un vínculo con el pasado y ayudan a preservar la identidad personal a lo largo del tiempo”, explica.
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El auge de las ‘blind boxes’ —cajas sorpresa que contienen figuras aleatorias— es un ejemplo claro de cómo las emociones influyen en el consumo. El atractivo está precisamente en no saber qué se recibirá. “La incertidumbre resulta estimulante porque activa circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y la dopamina”, comenta Castro sobre ellas. En otras palabras, la expectativa puede ser tan emocionante como el premio.
Las redes sociales han amplificado esta tendencia. Videos de ‘unboxing’, comunidades de coleccionistas y lanzamientos de edición limitada convierten cada compra en una experiencia compartida. Para muchos, además, completar una colección representa algo más profundo que acumular objetos: es encontrar pertenencia.
“Las colaboraciones entre marcas y franquicias permiten que las personas expresen aspectos de su identidad y pertenencia cultural”, afirma Huamán de los Heros. Castro coincide: el coleccionismo no solo valida gustos personales, también crea espacios de conexión con otros.
Si antes crecer significaba dejar atrás ciertos intereses infantiles, hoy ocurre lo contrario. Los adultos consumen nostalgia sin culpa y con orgullo. Porque, al final, esos juguetes ya no representan una etapa superada, sino una forma de recordar quiénes fueron y, en cierta forma, quiénes siguen siendo. //
Fuente: elcomercio.pe