EE.UU. e Irán chocan por las inspecciones nucleares y ponen en riesgo el acuerdo: ¿quién tiene más mecanismos de presión?

La frágil paz en Medio Oriente pende otra vez de un hilo con nuevos desacuerdos entre Estados Unidos e Irán. Tras un fin de semana de negociaciones en la localidad suiza de Bürgenstock, volvió a relucir como manzana de la discordia el programa nuclear iraní, en particular la posibilidad de que inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) puedan regresar a los sitios de enriquecimiento nuclear en el país, bombardeados por fuerzas israelíes y estadounidenses en el 2025.

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Desde que Israel lanzó su guerra de 12 días contra Irán el año pasado, Teherán ha bloqueado el acceso del OIEA a sus instalaciones nucleares, donde se cree que conserva alrededor de 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, una cantidad que, de seguir siendo enriquecida hasta niveles militares, podría alcanzar para la fabricación de aproximadamente una decena de armas nucleares.

Mostrando la precariedad de las negociaciones, las posiciones de ambos países son distantes y hasta contradictorias. Por un lado, replicando lo dicho por el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, el mandatario estadounidense Donald Trump aseveró que Teherán “acordó plena y completamente” permitir el regreso de los inspectores nucleares a la República Islámica. Su postura mantuvo la línea de las declaraciones del director general del OIEA, Rafael Grossi, quien sostuvo que las verificaciones comenzarán “pronto”.

Sin embargo, esto fue tajantemente rechazado por Irán, con el viceministro iraní de Exteriores, Kazem Garibabadi, afirmando en X que no hubo ninguna reunión con Grossi en Suiza y que “no existe ningún plan para permitir el acceso a las instalaciones que fueron objeto de ataques ni al material nuclear”.

¿Quién dice la verdad?

La contradicción entre las declaraciones de Washington y Teherán ha generado dudas sobre si Irán aceptó realmente las inspecciones nucleares o Estados Unidos, en particular la administración Trump, se está adelantando un acuerdo que todavía no existe.

La situación empeora con el propio texto del memorando de entendimiento firmado por las naciones, que utiliza un lenguaje ambiguo para referirse al asunto al decir, en su artículo 8, que “la República Islámica de Irán reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares. Estados Unidos y la República Islámica de Irán han acordado resolver la disposición de su arsenal de material enriquecido mediante un mecanismo que se acordará mutuamente, en conformidad con el calendario mencionado en el párrafo siete, con la metodología mínima de desnaturalización in situ bajo la supervisión del OIEA”.

El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, interviene antes de una reunión cuadrilateral en el Buergenstock Resort, en Obbuergen, cerca de Lucerna, Suiza, el 21 de junio de 2026. Foto: EFE/EPA/FABRICE COFFRINI / POOL

Para el analista internacional Jorge Antonio Chávez Mazuelos, esta falta de claridad es utilizada por ambas partes para presentar avances diplomáticos sin haber resuelto los aspectos más sensibles del acuerdo. Por un lado, la administración Trump busca una victoria que pueda utilizar para lavar una guerra altamente impopular entre los estadounidenses a miras de las elecciones de medio término en noviembre. Mientras tanto, el gobierno iraní quiere mantener fuerte su herramienta para presionar a Washington.

“El diablo está en los detalles. En el papel, Irán se ha comprometido a que los inspectores del OIEA puedan visitar esos centros nucleares, eso está sujeto a coordinaciones posteriores para fijar fechas”, explicó. “Irán entiende que tiene una herramienta de presión y quiere asegurarse de conseguir algún tipo de concesión de parte de Estados Unidos, principalmente en el levantamiento de sanciones y la liberación de activos congelados”.

Su colega, el internacionalista Roberto Heimovits, señala que sin el asentimiento de Teherán no habrá inspecciones, no importa lo que diga Washington.

Quien tiene que aceptar las inspecciones es Irán, no Estados Unidos, y hasta este momento los iraníes dicen claramente que no hay un compromiso para realizarlas”, señaló. “Hay que tener presente que el acuerdo contiene muchos puntos abiertos y ambiguos. Irán puede utilizar cualquiera de ellos para argumentar que Estados Unidos no está cumpliendo con sus compromisos y, mientras no exista una confianza mínima entre las partes, es difícil de pensar de que habrá un sistema de inspecciones efectivo”.

Una negociación marcada por la desconfianza

Es justamente esta falta de confianza entre las partes la que se presenta como el mayor obstáculo para llegar a un acuerdo nuclear.

Por el lado estadounidense, la prioridad es determinar el verdadero estado del programa nuclear iraní tras los bombardeos del 2025. Los inspectores buscan conocer qué ocurrió con las reservas de uranio enriquecido, en qué estado se encuentran las centrifugadoras utilizadas para aumentar la pureza del combustible nuclear y si Irán mantiene una capacidad clandestina para continuar su programa.

Nadie sabe dónde están esos 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60% ni cuántas máquinas centrifugadoras han quedado intactas después de los ataques”, advirtió Heimovits, quien opinó que cualquier acuerdo debe incluir “un sistema de inspecciones sumamente riguroso” que impida que Teherán pueda reanudar un programa militar de manera secreta.

Chávez Mazuelos coincide en que las inspecciones son un elemento indispensable para cualquier pacto. “Lo que quisieran ver los inspectores es cuánto material nuclear hay, en qué estado están las centrifugadoras y dónde está el material enriquecido”, indica.

Sin embargo, convencer a Irán de aceptar controles estrictos no será sencillo. Heimovits consideró que, de manera similar a la fábula de “El pastor mentiroso” de Esopo, las múltiples amenazas lanzadas por parte de Trump de una respuesta militar contundente que finalmente no se materializaron han mermado cualquier credibilidad que podría blandir EE.UU. La estrategia de presión de Washington perdió efectividad. “Teherán considera que Washington probablemente no volverá a recurrir a la fuerza y, en consecuencia, no tiene grandes incentivos para hacer concesiones”, afirmó.

El presidente de Estados Unidos Donald Trump informa a los medios de comunicación sobre la guerra en Irán el 6 de abril de 2026. (EFE/EPA/YURI GRIPAS).

Chávez Mazuelos, quien notó que desde la perspectiva iraní también existen razones diplomáticas, así como una resistencia política interna – la población y los sectores más duros del gobierno-, a dar la impresión de que la República Islámica no está cediendo ante Estados Unidos. En particular, la Guardia Revolucionaria, uno de los principales centros de poder dentro del país, busca demostrar que todavía conserva capacidad de presión frente a Washington.

Ellos no quieren dar el mensaje de que se pliegan a lo que Estados Unidos decide, sino que realmente tienen margen de negociación”, sostiene.

A ello se suma una diferencia de fondo sobre qué debe incluir un acuerdo. Para Irán, una cosa es aceptar límites a su enriquecimiento de uranio y comprometerse a no desarrollar armas nucleares, y otra muy distinta renunciar completamente a su programa nuclear civil.

“De lo que sí están en contra es de abandonar completamente el programa nuclear, porque consideran que es un derecho soberano al ser parte del Tratado de No Proliferación”, explicó el experto.

Incertidumbre

Aunque el plazo inicial de las negociaciones es de 60 días, ambos expertos consideran poco probable que se alcance un acuerdo definitivo en ese periodo.

“Yo no soy muy optimista de que se pueda llegar a un acuerdo en ese plazo”, sostiene Chávez Mazuelos, quien considera más probable una extensión de las conversaciones debido a que tanto Estados Unidos como Irán tienen incentivos para evitar una nueva confrontación inmediata.

Heimovits coincide en que el escenario más probable en el corto plazo es una prolongación de la actual tregua. “Lo más probable es que se extienda el plazo por otros 60 días y así sucesivamente”, afirma, ya que Washington busca evitar una nueva guerra en Medio Oriente mientras Teherán necesita tiempo para reconstruir sus capacidades militares.

Sin embargo, un fracaso definitivo de la diplomacia podría desencadenar una crisis mucho más grave a mediano y largo plazo. El principal factor de incertidumbre es Israel, que considera que un Irán con capacidad de fabricar armas nucleares representa una amenaza existencial.

Soldados israelíes se congregan en una posición en la frontera entre Israel y Líbano, el 18 de junio de 2026. (EFE/EPA/ATEF SAFADI).

“Desde su perspectiva, el levantamiento de sanciones permitiría a Irán recuperar sus capacidades militares, fortalecer su programa de misiles y continuar apoyando a grupos armados en la región”, destacó Chávez Mazuelos.

Una opinión similar a la de Heimovits, que remarcó que si el gobierno israelí concluye que las negociaciones no están deteniendo realmente el programa nuclear iraní, podría optar por una nueva ofensiva, incluso sin el apoyo estadounidense. “Desde la visión israelí, esperar a que Irán obtenga armas nucleares equivaldría a aceptar una amenaza existencial”, advirtió el internacionalista. “Entonces se vería ante la disyuntiva entre quedarse tranquilo hasta ser destruido o atacar de nuevo”.

Fuente: elcomercio.pe

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