La pionera oculta: la mujer que ayudó a tejer el Internet

Imagina tu día a día sin Internet. Sin redes sociales, sin videos, sin mensajes instantáneos. Ahora, imagina que una de las mentes brillantes que hizo posible toda esa magia tecnológica fue una mujer cuyo nombre casi nadie conoce. Su nombre es Sharla Boehm, y su historia es un faro de inspiración para cualquier joven que sueñe con cambiar el mundo.

En la década de los sesenta, durante la Guerra Fría, Estados Unidos vivía con un miedo constante: si un solo punto de comunicación recibía un ataque, todo el país podía quedarse incomunicado y vulnerable. El sistema era extremadamente frágil. Fue entonces cuando un ingeniero llamado Paul Baran tuvo una idea revolucionaria para proteger la información: ¿qué pasaría si creamos una red sin un centro? Imagina tomar una carta, cortarla en pedacitos (o “paquetes”) y enviar cada pedazo por caminos distintos; si un camino está bloqueado, el pedacito simplemente busca otra ruta y, al final, la carta se vuelve a armar sola para darte el mensaje. El problema era que nadie le creía. Los expertos de la época, compuestos en su mayoría por ingenieros de sistemas tradicionales, pensaban que era una locura y rechazaron la idea.

Aquí es donde entra nuestra heroína. Sharla era una brillante maestra de matemáticas que, en sus veranos y tiempos libres, trabajaba escribiendo código de computadora. En una época donde las mujeres programadoras eran una rareza entre un mar de hombres, ella no se dejó intimidar y aceptó el reto de probar que esta red descentralizada podía existir. Con las computadoras básicas de los sesenta, Sharla creó una simulación asombrosa que demostró que esta “loca” idea funcionaba a la perfección. El poder computacional de la época era sumamente limitado, lo que hace que su logro sea verdaderamente asombroso e “impensable” para aquellos años. Resulta casi incomprensible que haya podido programar una simulación tan compleja utilizando las computadoras de esa década.

De hecho, si Sharla hubiera escrito este código en la actualidad, su trabajo sería clasificado directamente como “aprendizaje automático” o ‘machine learning’. Básicamente, le enseñó a la red a “curarse a sí misma”: la red aprendió por sí sola cómo responder y adaptarse cuando perdía alguna de sus conexiones. Logró dotar a la red de un chispazo inicial de inteligencia artificial que le permitía comprenderse a sí misma y reorganizarse en tiempo real, algo profundo y revolucionario en una época en la que el ‘machine learning’ definitivamente no existía. Si una parte de la red fallaba o era destruida, la información encontraba otro camino en tiempo real, reorganizándose en menos de un segundo. Esa tecnología que ella logró programar y probar se llama “conmutación de paquetes”, y es exactamente la misma base sobre la que funciona el Internet que usas hoy.

Sin embargo, su enorme contribución quedó en la oscuridad. Cuando el Departamento de Defensa de Estados Unidos no otorgó los fondos para la construcción de la red, debido a la falta de confianza en la capacidad técnica de la agencia militar encargada de implementarla, el brillante código de Sharla quedó guardado. Poco tiempo después, en 1965, ella decidió dejar la programación para dedicarse a su familia y criar a sus hijas, un sueño personal que valoraba profundamente después de haber tenido una infancia difícil.

Mientras los años pasaban y el Internet nacía usando la tecnología de “conmutación de paquetes”, varios de sus colegas masculinos debatían públicamente para llevarse el título de “padre del Internet”, pero el nombre de Sharla nunca fue mencionado. Incluso los libros de historia más importantes sobre los orígenes de la red la omitieron por completo durante décadas.

Sharla Boehm, nacida como Sharla Perrine, nunca buscó la fama ni el reconocimiento; vivió una vida plena, apoyando a su comunidad, liderando grupos de niñas exploradoras (Girl Scouts) e impulsando a otras jóvenes a alcanzar sus metas con la idea de que “podían hacer cualquier cosa”. Pero hoy es vital sacar su nombre de las sombras. Su legado nos recuerda que el ingenio y el talento no tienen género. Cada vez que envíes un mensaje o compartas una foto, recuerda que esa conexión existe en gran parte gracias a la mente brillante de Sharla Boehm.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fuente: elcomercio.pe

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