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Durante años, el protagonista romántico por excelencia en el cine, las series y la literatura seguía una receta casi infalible: era frío, emocionalmente inaccesible, con traumas sin resolver y trataba a la persona que más quería como si demostrar afecto fuera una derrota. Personajes como Chuck Bass, Hache o incluso Edward Cullen, construyeron el ideal romántico del “chico malo”, donde el misterio, la intensidad y el sufrimiento parecían mucho más atractivos que la comunicación o la estabilidad emocional.
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Pero algo ha cambiado. En las últimas semanas TikTok se ha llenado de videos de miles de mujeres hablando de un personaje que rompe por completo con ese molde. No es el más atormentado ni el más distante. Tampoco conquista porque juegue con la ambigüedad o haga sufrir a la protagonista. Al contrario: Garrett Graham, uno de los protagonistas de la serie Off Campus, se ha convertido en un fenómeno precisamente porque escucha, pregunta cómo se siente su pareja, respeta sus límites, admite cuando se equivoca y pide perdón sin que eso ponga en duda su masculinidad.
Basta una escena para entender por qué. Después de uno de los partidos más importantes de la temporada de hockey, todo hace pensar que Garrett reaccionará como el típico protagonista romántico: encerrándose en sí mismo o dejando que la frustración marque el momento. Sin embargo, ocurre lo contrario, su primera preocupación es su novia Hannah. Le pregunta si está bien y le dice que lo único que necesitaba era saber que estaba a salvo, dejando en segundo plano su propia decepción.
Es un gesto sencillo, pero es justo esa simplicidad lo que ha llevado a las espectadoras a convertirlo en una de las escenas más comentadas de la serie. Y es que en un género acostumbrado a romantizar la intensidad, Garrett conquista haciendo algo mucho menos espectacular: poner el cuidado del vínculo por encima de su propio ego.
Tal es el impacto que las publicaciones, además de acumular millones de visualizaciones, coinciden en una misma idea: Garret Graham se ha convertido en el “nuevo estándar”. Para miles de usuarias representa un tipo de hombre que sabe comunicarse, muestra empatía y posee una inteligencia emocional que muchas echan de menos en sus propias experiencias sentimentales.
Y quizá ahí reside el verdadero fenómeno de Off Campus. No tanto en haber creado al “novio perfecto”, sino en haber convertido en extraordinarias conductas que, en realidad, deberían ser normales. Porque detrás del llamado “efecto Garrett Graham” hay una conversación mucho más profunda sobre cómo entendemos hoy las relaciones, la masculinidad y, sobre todo, la responsabilidad afectiva.
Del chico malo al hombre emocionalmente disponible
El hombre distante, incapaz de expresar lo que sentía —pero aparentemente irresistible— se convirtió en uno de los grandes ideales románticos de varias generaciones. Su silencio se interpretaba como profundidad y su frialdad como fortaleza.
Sin embargo, esa narrativa no surgió por casualidad. Como explicó el psicólogo Álvaro Álvarez, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) a Somos, durante mucho tiempo, la cultura popular asoció a este tipo de masculinidad con el poder, el control y una idea tradicional de lo que significaba “ser un hombre”.

Desde la psicología social, este modelo responde a normas de género profundamente arraigadas, donde a los hombres se les enseñaba a mostrarse fuertes, autosuficientes y poco expresivos, mientras que a las mujeres se les atribuía, de forma implícita, la responsabilidad de “rescatar” emocionalmente a sus parejas.
“Hoy ese imaginario empieza a perder fuerza gracias a una mayor conciencia sobre la salud mental, la igualdad de género y la importancia de construir vínculos saludables. Por eso, las nuevas generaciones valoran más la comunicación, la reciprocidad y la responsabilidad afectiva”, señaló.
Además, cada vez gana más terreno una cualidad que durante años fue confundida con debilidad: la disponibilidad emocional. Para Natacha Duke, psicoterapeuta de Cleveland Clinic, una masculinidad emocionalmente saludable no consiste en dejar de ser fuerte, sino de ampliar el repertorio emocional, lo cual se refleja en hombres capaces de reconocer y validar sus propias emociones, pedir ayuda cuando la necesitan, comunicarse con honestidad, escuchar activamente y construir confianza mediante acciones consistentes.
En definitiva, este cambio también ha transformado la manera en que entendemos el atractivo.
Si antes el hombre distante podía parecer seductor precisamente por su inaccesibilidad, hoy muchas personas valoran más a quien transmite seguridad emocional, coherencia y presencia. Y es que la estabilidad ya no se percibe como aburrida, sino como una base desde la que es posible construir relaciones más sanas y satisfactorias.
“El éxito de estos personajes lo demuestra: los jóvenes ya no solo quieren historias de romance intenso, sino que buscan cuidado, respeto y responsabilidad afectiva. Aquí, la ficción actúa como un espejo de deseos colectivos: no refleja la realidad, sino aquello que sentimos que falta en ella. Frente al ghosting, la ambigüedad y el miedo al compromiso, estos modelos ficcionales conectan con una necesidad urgente: el deseo de sentirse visto, validado y emocionalmente seguro en un vínculo recíproco”, destacó el psicólogo.
¿Qué es realmente la responsabilidad afectiva?
La responsabilidad afectiva suele confundirse con la obligación de hacer feliz a los demás, evitar cualquier conflicto o responder siempre a las expectativas de la pareja. Sin embargo, esa definición está muy lejos de la realidad.
Como aseguró la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional, ser emocionalmente responsable implica reconocer que nuestras palabras, acciones y decisiones tienen un impacto en los demás, y tener la madurez de actuar en consecuencia.
“No se trata de renunciar a las propias necesidades ni convertirse en una persona complaciente. En realidad, significa ser capaz de poner límites, de expresar los desacuerdos o incluso terminar una relación cuando es necesario desde la claridad y el respeto. La diferencia está en la motivación: mientras la responsabilidad afectiva nace del cuidado por el otro y por el vínculo, la complacencia suele estar impulsada por el miedo al conflicto, al rechazo o al abandono”.

Y quizá ahí reside una de las razones por las que Garrett Graham ha conectado con tantas personas. No porque sea un personaje perfecto ni porque nunca se equivoque, sino porque demuestra que es posible afrontar los conflictos sin recurrir al silencio, la manipulación o la indiferencia, comportamientos que durante años fueron normalizados en muchas historias románticas.
Pero llevar este principio a la práctica requiere mucho más que buenas intenciones. De acuerdo con el psicólogo Álvaro Álvarez, la base de la responsabilidad afectiva es el autoconocimiento, ya que nadie puede comunicar con claridad lo que siente si antes no ha aprendido a identificar sus propias emociones.
En el caso de muchos hombres, el principal obstáculo no es la ausencia de sentimientos, sino la falta de permiso social para expresarlos. Desde pequeños, muchos aprenden a transformar la tristeza, el miedo o la inseguridad en silencio, distancia, irritabilidad o evasión, patrones que terminan influyendo en la manera en que se relacionan con los demás.
Por eso, desarrollar responsabilidad afectiva implica adquirir también educación emocional: aprender a reconocer lo que se siente, regular los impulsos, tolerar conversaciones incómodas, diferenciar una crítica de un ataque personal y gestionar el propio ego sin interpretar cada desacuerdo como una amenaza.
“Es importante recordar que un hombre emocionalmente responsable no es perfecto, sino alguien capaz de detenerse a revisar su conducta, comunicar con claridad y reparar cuando corresponde”, recalcó el experto de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Y esa última idea resulta especialmente importante porque hablar de responsabilidad afectiva no significa aspirar a relaciones sin errores ni conflictos. De hecho, todas las parejas los tienen. La diferencia está en cómo se gestionan. Porque no es lo mismo herir a alguien y actuar como si nada hubiera pasado que reconocer el daño, asumir la propia responsabilidad e intentar reparar el vínculo.
Por eso también conviene evitar convertir a la responsabilidad afectiva en una lista rígida de comportamientos ideales. Hacerlo solo genera expectativas poco realistas y puede llevar a interpretar cualquier error como un fracaso moral.
Más que una etiqueta para distinguir a quienes “sí saben amar” de quienes no, la responsabilidad afectiva es una práctica que se aprende y se fortalece con el tiempo. La comunicación, la empatía, la escucha, el establecimiento de límites y el autoconocimiento son habilidades que pueden desarrollarse a lo largo de la vida.
Así actúa un hombre emocionalmente responsable
La responsabilidad afectiva no se demuestra con discursos sobre inteligencia emocional ni con frases aprendidas en redes sociales. Se pone a prueba en la vida cotidiana, en esos pequeños momentos donde una relación se fortalece o empieza a desgastarse.
Ahí es donde aparece la diferencia entre reaccionar por impulso o responder desde la responsabilidad afectiva.

Una de las conductas que mejor refleja esta capacidad emocional es saber escuchar de verdad. Para muchas mujeres, sentirse escuchadas no significa que su pareja tenga todas las respuestas, sino que sea capaz de reconocer lo que están sintiendo sin minimizarlo.
Como explicó la psicoterapeuta Lizbeth Cueva, las relaciones de pareja se construyen sobre las emociones y validarlas transmite respeto, consideración, honestidad y compromiso. En otras palabras, decir “entiendo que esto te dolió” fortalece mucho más el vínculo que intentar convencer al otro de que está “exagerando”.
Escuchar, sin embargo, no es lo mismo que esperar el turno para responder. Según Paul Brocca, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur, comprender implica aceptar y empatizar con las necesidades de la otra persona. En cambio, cuando alguien escucha únicamente para corregir, dar consejos o solucionar el problema de inmediato, muchas veces está intentando escapar de la incomodidad que le generan las emociones del otro.
Esa forma de acompañar también se refleja durante los conflictos. Para el psicólogo Álvarez, un hombre emocionalmente responsable no convierte cada desacuerdo en una competencia para demostrar quién tiene la razón. Aunque mantenga una opinión distinta, intenta comprender por qué determinada situación afectó a su pareja y busca resolver el conflicto sin invalidar sus emociones.
Tampoco desaparece cuando necesita distancia. En lugar de aplicar la llamada “ley del hielo”, comunica que necesita un tiempo para ordenar sus ideas y deja claro que retomará la conversación. Aunque puede parecer insignificante, reduce la incertidumbre y evita que el silencio se interprete como abandono o desinterés.
Lo mismo ocurre cuando la otra persona expresa una inseguridad. En vez de responder con burlas, impaciencia o fastidio, abre un espacio para conversar sobre lo que está ocurriendo y cómo ambos pueden afrontar esa situación sin caer en el control o la desconfianza.
Porque, como resumió el especialista, la responsabilidad afectiva rara vez se construye a partir de grandes gestos románticos. Se sostiene, sobre todo, en pequeñas acciones que se repiten una y otra vez: comunicar con claridad, respetar, ser coherente y saber reparar cuando se comete un error.
Al final, el llamado “efecto Garrett Graham” habla de mucho más que un personaje de ficción. Refleja cómo han cambiado las expectativas sobre el amor y la masculinidad. Si antes la intensidad era sinónimo de atracción, hoy cada vez más personas encuentran atractivo aquello que ofrece bienestar emocional.
Fuente: elcomercio.pe