La pobreza vista desde el bolsillo y desde la percepción de los hogares, por Javier Herrera

Quién sabe mejor si un hogar es pobre: ¿los expertos estadísticos o las propias personas? ¿Debemos escoger entre un enfoque objetivo o uno centrado en cómo las personas perciben su propia situación económica y su nivel de vida?

En el Perú, como en la mayoría de los países, la pobreza monetaria se define como el porcentaje de personas que viven en hogares cuyos gastos son insuficientes para adquirir la canasta básica de consumo. Es una medida objetiva, basada en el consumo efectivo de los hogares y no en la percepción que estos tienen sobre sus condiciones de vida. Es por ello que constituye una herramienta indispensable para diseñar, monitorear y evaluar las políticas de lucha contra la pobreza. Precisemos que el hecho de que la pobreza se mida en términos monetarios no significa que pueda resolverse únicamente mediante transferencias de dinero. Su reducción sostenida exige generar empleos de calidad, de mayor productividad e ingresos estables. El crecimiento económico es una condición necesaria para lograrlo, pero no suficiente.

Pero el bienestar depende de mucho más que del ingreso. La calidad de la educación y la salud, el acceso al agua segura, la conectividad, la infraestructura y la seguridad ciudadana también forman parte de las condiciones de vida. Estas dependen crucialmente de la acción del Estado y pueden ampliarse con inversión pública, inversión privada o asociaciones público-privadas, sin esperar a que el crecimiento económico por sí solo beneficie a toda la población. Esta idea ha sido ampliamente documentada. En El gran escape, Angus Deaton, premio Nobel de Economía, muestra que, en numerosos países, los avances sanitarios precedieron al crecimiento económico gracias a políticas públicas como las campañas de vacunación, el acceso al agua segura, la electrificación y la educación gratuita. Muchas mejoras del bienestar pueden alcanzarse antes de que aumenten los ingresos de los hogares. Estas políticas no sustituyen al crecimiento, pero amplían las oportunidades, atienden las urgencias y reducen las desigualdades mientras este llega.

Por ello, aunque la pobreza monetaria siga siendo el principal indicador de privación económica, no agota el concepto de bienestar. Una sociedad progresa no solo cuando aumentan los ingresos, sino también cuando mejoran la salud, la educación, la seguridad, la calidad del empleo y el funcionamiento de sus instituciones. Afortunadamente, contamos con un sistema estadístico que permite observar esa realidad desde múltiples dimensiones y perspectivas. Además de la pobreza monetaria, el INEI mide la vulnerabilidad —es decir, el riesgo de caer en pobreza ante un evento adverso: pérdida del empleo, enfermedad o desastre natural— y las necesidades básicas insatisfechas, considerando la calidad de la vivienda, el hacinamiento, la asistencia escolar y la dependencia económica.

A ello se suman indicadores provenientes de otras encuestas, como la ENDES y la ENAPRES, sobre anemia y desnutrición infantil, seguridad ciudadana y calidad de los servicios públicos, así como módulos especializados de la ENAHO sobre empleo, discriminación, asistencia escolar, confianza en las instituciones y otros aspectos del bienestar. Ninguno reemplaza a los demás. Juntos ofrecen una visión mucho más completa de las condiciones de vida de la población que la que podría proporcionar una sola cifra.

A estas mediciones objetivas se suman las subjetivas, basadas en la percepción que tienen los propios hogares sobre su situación económica. La ENAHO pregunta si el nivel de vida ha mejorado o empeorado, si los ingresos son suficientes para cubrir las necesidades del hogar, si estos son estables o si, por su situación económica, el hogar se ve obligado a recurrir a sus ahorros o endeudarse. También consulta cuál consideran que es el ingreso mínimo mensual necesario para vivir adecuadamente. Cuando los ingresos se sitúan por debajo de ese umbral, puede hablarse de pobreza monetaria subjetiva.

Lejos de sustituir a las mediciones objetivas, estos indicadores permiten saber cómo experimentan las personas su situación económica y cuáles son sus expectativas. El bienestar no depende únicamente de los recursos disponibles, sino también de la estabilidad de los ingresos, de la incertidumbre y de las oportunidades que las personas perciben para mejorar sus condiciones de vida.

Lo notable es que ambos tipos de indicadores han evolucionado de manera muy similar. Entre 2007 y 2019, cuando la pobreza monetaria cayó de 42.4% a 20.2%, también disminuyeron el estrés financiero (de 32.5% a 21.9%), la proporción de hogares que declara vivir mal o muy mal con sus ingresos (de 40.8% a 22.5%), la percepción de inestabilidad de estos (de 42.2% a 23.2%) y el porcentaje que considera que su nivel de vida había empeorado (de 22.3% a 12.3%). La desaceleración económica frenó esa mejora y la pandemia provocó un deterioro generalizado. Entre 2024 y 2025, el estrés financiero se redujo (de 21.0% a 18.7%), al igual que la inestabilidad de los ingresos (de 32.5% a 29.6%), así como la proporción de quienes consideran que viven mal o muy mal (de 25.9% a 23.6%) o que su nivel de vida empeoró (de 24.7% a 17.4%). En el primer trimestre de 2026, comparados con el mismo periodo de 2025, todos los indicadores subjetivos de peores condiciones se desaceleraron significativamente, aunque no tanto como para compensar los años perdidos.

percepcion subjetiva de condiciones de vida y pobreza monetaria

percepcion subjetiva de condiciones de vida y pobreza monetaria

Existe, sin embargo, una diferencia interesante. La pobreza monetaria subjetiva suele disminuir más lentamente que la pobreza monetaria objetiva durante las fases de crecimiento económico. La explicación es conocida como la paradoja de Easterlin o el fenómeno de las preferencias adaptativas: a medida que aumentan los ingresos, también aumentan las aspiraciones y el nivel de vida que las personas consideran aceptable. En consecuencia, la percepción de suficiencia económica mejora con mayor lentitud que los ingresos efectivos.

Precisamente por ello, la discusión no debería centrarse en cuál indicador es "mejor". Cada uno responde a una pregunta distinta. La pobreza monetaria cuantifica las privaciones económicas de manera objetiva y comparable en el tiempo; los indicadores no monetarios muestran dimensiones específicas del bienestar que el ingreso no alcanza a reflejar; y los indicadores subjetivos revelan cómo las personas perciben su situación y enfrentan el futuro. Utilizados conjuntamente, ofrecen una visión mucho más rica y útil para la formulación de políticas públicas.

No necesitamos reemplazar el indicador de pobreza monetaria ni buscar una cifra única capaz de resumir una realidad compleja. Lo que se necesita para comprender cómo evolucionan las distintas dimensiones del bienestar y orientar con mayor eficacia las políticas públicas es aprovechar mejor la información que ya produce el sistema estadístico. La pobreza monetaria seguirá siendo el principal termómetro de las privaciones económicas. Pero ningún médico diagnostica el estado de salud de un paciente observando únicamente su temperatura y sin preguntarle cómo se siente. Del mismo modo, ninguna sociedad puede evaluar su bienestar mirando una sola cifra. Medir la pobreza monetaria es indispensable, pero solo adquiere todo su significado cuando se interpreta junto con los demás indicadores que describen las múltiples dimensiones del desarrollo humano.

Fuente: larepublica.pe

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *