Si hay una película que todo cinéfilo debe ver, así suene posero lo dicho, esa es Nouvelle Vague (2025) del cineasta estadounidense Richard Linklater. La sola seña de Nouvelle Vague/nueva ola francesa despierta no pocas epifanías y enciende las historias personales de los cinéfilos. Cuando se habla de este movimiento, del que se ha escrito mucho (al respecto, recomiendo el libro La Nouvelle Vague. La modernidad cinematográfica (2009) de Javier Memba), es referirnos a una de las etapas de la historia del cine caracterizada, principalmente, por la experimentación formal, la modestia de medios para hacer cine y el pensamiento crítico.
La nueva ola francesa es un término que usaron los críticos de la mítica revista Cahiers du Cinéma para referirse al cine que en la Francia de la segunda mitad de los años 50 empezó a hacerse como respuesta al cine de la gran industria. Entre varios factores, ese cine de grandes presupuestos no estaba sintonizando con la sensibilidad de la época (tengamos en cuenta que había pasado poco más de una década del final de la Segunda Guerra Mundial) y quienes proponían un cambio radical eran los críticos de esta revista que luego pasaron a la dirección de películas y se convirtieron, de este modo, en los arietes de este movimiento. La lista es para pararse y aplaudir: François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Éric Rohmer y Jacques Rivette.
Como en todo movimiento, hay obras que resultan fundacionales. En el caso de La nueva ola francesa, y solo por mencionar tres de ellas, tenemos las siguientes: El bello Sergio (1958) de Chabrol, Los 400 golpes (1959) de Truffaut y À bout de soufflé (Sin aliento, 1960) de Godard. A pesar del paso de las décadas, muchas películas de este periodo (1958-1964), en el que se filmaron más de 200 trabajos, aún mantienen frescura y conforman el canon de innumerables cineastas en el mundo entero. Para la mayoría, Sin aliento de Godard es la que más luces brinda.

La historia de Sin aliento (un delincuente, llamado Michel, roba un auto, mata a un policía y va a París a buscar a Patricia para irse a Italia) se la contó Truffaut a Godard. Este argumento sería el punto de partida del primer largometraje de Godard. Pero lo que diferencia a Sin aliento de las otras películas del movimiento es el abandono decidido de la linealidad narrativa y una apuesta radical por la improvisación. Para que tengamos una idea de la importancia de Sin aliento, de los ecos que suscita, pensemos en Quentin Tarantino. Pulp Fiction (1994) no existiría sin esta obra de Godard. Tarantino es un seguidor de la Nouvelle Vague, al punto que su productora A Band Apart fue un homenaje a la película Bande à part (1964) de Godard. No pocos cinéfilos se preguntan, y con justa razón, por qué no hizo una película de estas características antes.

Richard Linklater es un cineasta de culto. Es un capo del cine independiente. Tiene varias películas influyentes, pero una obra maestra: Boyhood (2014). Su cinefilia nace de su admiración por la Nouvelle Vague y desde hacía varias décadas tenía en mente filmar el rodaje de Sin aliento de Godard.
Linklater estrenó Nouvelle Vague el año pasado en el Festival Internacional de Cine de Cannes. Este trabajo ya está disponible en algunas plataformas, pero sugiero que lo vean en pantalla grande. Quien escribe vio Nouvelle Vague este pasado domingo 5 en el CCPUCP (hay otra función el miércoles 8) y se proyectará también, en el marco de Liberté, Égalité, Cinéma, ciclo organizado por la Alianza Francesa de Lima, el viernes 10. Apunten estos datos.

En Nouvelle Vague, vemos a todos los personajes que conformaron el movimiento homónimo. Linklater se valió de actores no muy conocidos, pero con experiencia para interpretar, por ejemplo, a los icónicos Jean Seberg y Jean Paul Belmondo. Linklater apeló al humor, subrayó el carácter disruptivo de su Godard (Guillaume Marbeck), quien se ve presionado por el productor del proyecto. Sin aliento se filmó en 23 días entre agosto y septiembre de 1959, con París como la gran locación en la que el cineasta se cruzaba a la vez con otros gigantes rodando, como Robert Bresson y su Pickpocket.
En Nouvelle Vague, como es evidente, abundan las referencias al cine, la literatura y el pensamiento. Es una obra hecha para amantes del cine. Solo el tiempo dirá si es una obra maestra, pero lo que es innegable es que está hecha con mucho corazón.
Fuente: larepublica.pe