- “La Grazia”: conversamos con Paolo Sorrentino sobre su película que aborda a un presidente y el dilema de la eutanasia
- “Sacar la política del cine no es posible”: hablan las estrellas detrás de “El agente secreto”
No recuerdo demasiadas películas en las que los animales, por más protagonistas que sean, tengan un rol y una presencia absolutamente central en la trama y la pantalla (una más o menos reciente es la extraordinaria “EO” del polaco Jerzy Skolimowski, con su burro estelar). Y en eso encaja “Good Boy”, cinta de terror sobrenatural en la que el perro Indy –su nombre en la ficción y en la realidad– lo abarca todo: la cámara está casi siempre a su altura, sus ojos se confrontan con los nuestros, lo seguimos de cerca cuando se mueve de una habitación a otra, e incluso nos detenemos a observarlo cada vez que no hace nada.
MIRA: Renovando incertidumbres, por Alonso Cueto
Dirigida por Ben Leonberg, la película se centra en Indy y su dueño Todd, quien decide mudarse a la vieja casa de su fallecido abuelo, bastante aislada dentro de un bosque. El asunto es que Todd enfrenta una enfermedad pulmonar que a ratos lo sume en severas crisis, con el perro como su único acompañante. A la par de esa situación, en la antigua casa a la que la dupla se ha traslado comienzan a manifestarse situaciones extrañas, con señales espectrales y maléficas que solo el can protagonista parece detectar.
Así, los raptos de horror en “Good Boy” no son gruesos ni estruendosos, y están más bien presentados a través de la mirada fija y concentrada de Indy. Quien haya visto a su propio perro en estado de alerta, mirando algún rincón oscuro de la casa, sabrá entender la pregunta de si es que acaso existe algo imperceptible a nuestros ojos que estos animales pueden captar. Con esa idea parece jugar el director, que denota una empatía y una comprensión bastante especial por las conductas perrunas (de hecho, Indy es su propia mascota, no un perro entrenado para actuar).
Pero además de no ser una cinta que gire en torno a los humanos (aquí las personas aparecen sumergidas entre sombras o directamente cortadas mediante el encuadre), “Good Boy” posee otro valor destacable: no cae en la manía de volcar en el animal habilidades humanas y menos aún poderes inverosímiles. Aquí no hay necesidad de saltos heroicos, ladridos exageradamente comunicativos o piruetas imposibles. Indy se desenvuelve como un perro promedio, y le bastan sus naturales gestos caninos para transmitir lo que el director desea. Como todo perro, su mirada es sencilla, pero dice mucho.
Esa renuncia al habitual antropocentrismo en este tipo de historias es lo mejor de “Good Boy”. Pero también su mensaje más subliminal, por decirlo de algún modo; aquello que está sujeto a la interpretación: la idea de que el horror en la película es la manifestación de la enfermedad y la muerte, y de que su percepción no solo pasa por un olfato agudo o un oído fino. Como si alguna aprehensión diferente, superior, especial, fuera inherente a estos animales, en la forma de un misterio tan hermoso como conmovedor.
Fuente: elcomercio.pe