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Mucho antes de convertirse en uno de los cineastas más importantes del Perú, Armando Robles Godoy cruzaba casi a diario las puertas del cine Excélsior. “Parecía venirse abajo”, recordaría décadas después sobre aquella sala donde descubrió su pasión por el séptimo arte. Era el primer cine de Miraflores y funcionaba en el mismo edificio que hoy alberga el Teatro Británico. Casi un siglo después, el recinto vuelve a abrir sus puertas para contar una historia que comenzó con proyectores, continuó entre telones y hoy puede recorrerse más allá del escenario a través de la experiencia “Teatro Británico 360”.
Cuando el cine dejó de funcionar, el recinto encontró una segunda vida como el Corral de Comedias, una sala dedicada principalmente al teatro humorístico que mantuvo vivo su vínculo con las artes escénicas. El siguiente capítulo comenzó en 1980, cuando la Asociación Cultural Peruano Británica adquirió el inmueble con el propósito de rescatarlo y devolverle el protagonismo cultural que había tenido durante décadas. Tras un proceso de restauración, el edificio reabrió sus puertas en 1982 convertido en el Teatro Británico.

La inauguración estuvo marcada por H.M.S. Pinafore, la célebre opereta de Arthur Sullivan y W. S. Gilbert, interpretada por el grupo The Good Companions, integrado por residentes británicos en el Perú. Pronto el escenario comenzó a recibir también a compañías nacionales. La primera fue el Teatro de Cámara, que presentó Yerma, de Federico García Lorca, bajo la dirección de Alfonso Santistevan. Parte del recorrido revive estos episodios mientras el visitante recorre las butacas y el escenario donde se han presentado más de un centenar de montajes.
“La idea es que el público pueda conocer las entrañas de este lugar, saber que figuras como Vivien Leigh pasaron por aquí y que directores como Alberto Ísola lo consideran su hogar”, comenta Pamela Alderson, jefa artística del Teatro Británico.
Detrás de escena
En 2004 el recinto volvió a cerrar sus puertas para una remodelación integral que cambiaría por completo su funcionamiento. Se incorporó un moderno sistema computarizado de iluminación, se construyó un tercer piso para albergar la cabina de control técnico, se reorganizaron los camerinos y se adecuaron nuevos espacios para la producción. El objetivo también cambió: ya no era únicamente albergar espectáculos, sino producirlos.
La nueva etapa comenzó en 2005 con El mercader de Venecia, de William Shakespeare, dirigida por Roberto Ángeles. El escenario se adaptó para montajes más complejos, se optimizaron los camerinos y la sala principal quedó configurada con 283 butacas, distribuidas entre platea y mezzanine, una disposición que favorece la cercanía entre actores y espectadores y crea una atmósfera íntima.
El recorrido también permite descubrir los espacios que hacen posible cada función. En la cabina, una sola persona sincroniza luces, sonido y video con precisión milimétrica; en la tramoya, enormes estructuras suben y bajan mediante un sistema manual de poleas; en el sótano, los actores cruzan de un extremo al otro del escenario sin ser vistos o ascienden mediante una plataforma hidráulica; y en los camerinos, cada intérprete sigue un ritual distinto antes de salir a escena.
Las supersticiones tampoco faltan. Entre actores, maquilladores y técnicos circulan desde hace años historias sobre un hombre vestido con un largo abrigo y una niña que aparecen ocasionalmente entre las butacas o recorren los pasillos cuando el teatro permanece a oscuras. “Se rumora que vienen de la casona contigua y atraviesan el muro para entretenerse un rato”, comenta Alderson.

La visita también revela la influencia británica que ha acompañado al proyecto desde sus inicios. Un ejemplo es el foyer, concebido como un espacio de encuentro antes de cada función y durante el intermedio, donde el público puede prolongar la experiencia más allá del escenario. Sin embargo, ahí se esconde la última deuda pendiente del Teatro Británico: “Terminar de gestar un bar para llamarnos, con propiedad, un teatro inglés en toda regla”, concluye.
Fuente: elcomercio.pe