Centro de Lima: La casona del siglo XVIII que renace convertida en Ancestral

La nueva sede de la cafetería Ancestral abrió sus puertas en una histórica casona del Jr. Azángaro. Tras un año de restauración y bastante esfuerzo, el espacio busca convertirse en un punto de encuentro entre la memoria limeña y una propuesta gastronómica. Pero antes de convertirse en una cafetería, la casona del Jr. Azángaro 260 ya tenía varias vidas encima. Sus paredes habían sobrevivido a terremotos, reformas y décadas de abandono en pleno Centro Histórico de Lima.

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La historia de esta casa se remonta al siglo XVIII, según la memoria descriptiva, que guarda celosamente Prolima, la vivienda perteneció a Antonio de Mena y Roldán Dávila, IV marqués de Villablanca, y fue reconstruida tras el terremoto de 1746. A lo largo de los años pasó por manos del monasterio de la Concepción, el Estado y posteriormente el Arzobispado de Lima. La fachada fue remodelada a inicios del siglo XX y todavía conserva elementos tradicionales como corredores de madera, patios interiores y estructuras de quincha y adobe.

Cuando Oscar Tejo la encontró, el panorama era muy distinto. “Esto parecía Berlín en el año 45”, bromea el socio de Ancestral mientras recorre los ambientes restaurados del local. “Yo camino mucho por Lima y vi esta casa vacía. Averigüé por un lado, por otro y llegué”.

La recuperación tomó un año completo. La casona, ubicada a pocas cuadras de la Plaza Mayor, fue refaccionada respetando buena parte de su estructura original. Hoy, el espacio combina pisos antiguos, balcones, techos altos y patios coloniales con una propuesta contemporánea de cafetería y restaurante.

La apuesta no nació de cero. Ancestral ya tenía un local en Barranco que, según Tejo, funcionaba bien desde hacía dos años. Pero el Centro de Lima comenzó a llamarles la atención. “Veía que la zona estaba creciendo mucho, mejorando gracias a Prolima. Cada vez vienen más empresas, más movimiento, hoteles nuevos. Sentimos que era el momento”, cuenta.

El resultado es una cafetería de casi mil metros cuadrados con capacidad para 400 personas y que, en apenas tres meses de funcionamiento, ya encontró un público constante: trabajadores de oficinas, funcionarios de ministerios cercanos, turistas curiosos y grupos de amigos que llegan por las tardes.

Una casona del siglo XVIII que hoy vuelve a la vida.

Una carta pensada para quedarse

Detrás de la cocina está Pedro Mio Ocampo, chef de Ancestral y uno de los responsables de adaptar la propuesta gastronómica al ritmo del Centro Histórico.

La carta mezcla brunch, desayunos, platos criollos, postres y coctelería. Algunos clásicos del local barranquino se mantienen, aunque con diferencias pensadas especialmente para esta sede.

“Queríamos que cada local tenga personalidad propia”, explica el chef. “En Barranco puedes comer frente al mar algo más sofisticado. Aquí, en el Centro, quisimos conectar mucho más con la cocina peruana tradicional”.

Por eso aparecen platos como el tacu tacu con lomo, el ají de gallina, cebiches y uno de los más pedidos del local: el cabrito a la norteña.

El cabrito a la norteña es el favorito de los almuerzos.

El plato llega a la mesa después de una cocción larga y paciente. El cabrito se marina desde el día anterior con chicha de jora, ajíes peruanos, culantro y especias. Luego pasa horas a fuego bajo hasta quedar extremadamente suave. Se sirve con arroz blanco y yuca. “Es un plato que no pensamos que iba a pegar tanto aquí, pero se ha vuelto uno de los favoritos”, cuenta el chef.

Otro de los protagonistas es la pasta en salsa huancaína con lomo fino, una versión más cremosa y delicada del clásico sabor peruano. La salsa, explica el chef, parte de una demi-glace de larga cocción que concentra los sabores y acompaña el lomo sin opacarlo.

El lomo saltado con pasta en salsa huancaína, uno de los platos más pedidos.

Pero si hay un espacio donde Ancestral parece jugar con más libertad es en los postres: la tarta de chirimoya, inspirada en el suspiro limeño, combina masa sablée de castañas, tres leches con canela y pisco, compota de chirimoya y merengue italiano. También destacan el alfajor de lúcuma con crumble de café y la torta de chocolate rellena con crema pastelera. “Siempre buscamos darle un sello personal a todo”, dice Mio Ocampo.

El nuevo ritual del Centro

La dinámica del local cambia según la hora. Por las mañanas predominan los desayunos y cafés. En las tardes aparecen los postres, las bebidas y las reuniones después de oficina. Los viernes, cuenta Tejo entre risas, el público cambia completamente. “Después de las cuatro de la tarde esto se llena de mujeres. Piden muchísimos postres y pisco sour”.

La carta de bebidas incluye versiones clásicas y otras más estacionales: cócteles con maracuyá, sandía, coco o hierba luisa, además de una versión de pisco sour con esencia de maíz morado preparada en casa, el famoso Chicha Sour.

El espacio también apuesta por crear ambiente. Hay pianistas, violinistas y música en vivo varios días a la semana. Arriba, la casona revela otra cara: salones más íntimos, corredores antiguos y rincones donde todavía se siente el eco de la Lima antigua.

Para Tejo, el objetivo es que Ancestral no sea solamente un restaurante. “La idea es que la gente venga a disfrutar el Centro. Que vea que Lima está cambiando, que se puede recuperar una casa histórica y devolverle vida”.

La respuesta, asegura, ha sido mejor de lo esperado. Tanto así que ya planean abrir una nueva sede, probablemente en Miraflores o San Isidro. Mientras tanto, en Jr. Azángaro, la vieja casona que sobrevivió a décadas de deterioro y hoy vuelve a llenarse de gente.

Fuente: elcomercio.pe

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