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Se llama aura. Un viento suave, que ordena las ideas del equipo en los peores minutos -contra Egipto, versus Inglaterra-; una tormenta feroz que impacta en el rival y lo atemoriza al punto que cracks del tamaño de Kane o Bellingham apenas pueden parar la pelota. Digo equipo y aunque todos saben que me refiero a Argentina, lo explico: si hay una selección que “quiere ganar la Copa de verdad” (Páredes dixit) es Argentina. Están sus números, su invicto, Messi, sus dos remontadas y su fervor ante la adversidad. Si hay un vínculo real, afectivo, histórico con alguno de los 4 semifinalistas del Mundial es con Argentina. Y si existe alguna forma de identidad a la cual adhiero, para ganar o para perder, es esta: voltear un partido clásico así, que es fútbol pero también geopolítica, y no cualquier clásico. Así o nada. A los inventores del fútbol mostrándoles cómo se juega hoy al fútbol. En los últimos minutos, atropellando, aguantando. Confundiendo a las tribunas sobre su empapada camiseta, si las gotas que caen de sus pechos son por un diluvio o es el sudor.
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Se llama, por supuesto, jerarquía. Un jugador fenomenal por puesto, para no exagerar a falta de un partido, el más importante este domingo 2 pm contra España. Dibu Martínez en el arco, Cuti Romero en defensa, Enzo Fernández en el medio y Lautaro Martínez arriba. Ellos en la cancha. Lionel Messi en todo Estados Unidos y la historia (jugará su tercera final, como Cafú). El 2-1 contra Inglaterra -otro puente al histórico 2-1 de México 86- tuvo dos tiempos bastante definidos. Hasta el gol de Gordon, a los 55′, era un tiempo de estudio, calculado, sin arriesgar demasiado. Podría explicarse a partir de los dos cerebros de ambas potencias: ni Messi ni Kane administraron su influencia, la tuvieron poco y nunca fueron claros. Luego del gol inglés, un cataclismo, el equipo de Tuchel cometió el grave error de mostrarse temeroso. Empezó a respirar agitado ante el pitbull. Dejó que el tiburón oliera sangre.
Y el tiburón merodeó: Messi encontró a Enzo Fernández en posición de francotirador y luego mandó un centro con la pierna que solo usa para frenar su Ferrari: Argentina ganaba así 2-1 y a la final ante la misteriosa España, que nunca se agita, nunca se desesperá y le ganó 2-0 a Francia en el marcador y 7-0 en el ánimo.
Se llama, finalmente, amor a la camiseta. Que ha sido, casi de carácter exclusivo, el sello de Argentina en este mundial. Los campeones quieren volver a salir campeones, que es lo que quiso decir el megahistórico Lionel Scaloni al final del encuentro, cuando el mundo cabía en el estadio de Atlanta: “No es arrogancia, es corazón. Somos únicos”.
Es verdad y qué envidia. Cómo no fueron los primeros que jugaron al fútbol, decidieron ser únicos.
Fuente: elcomercio.pe