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Argentina llega otra vez a una final con algo más valioso que el talento de Messi o el libreto de Scaloni: llega convencida de que nadie puede contra un grupo sólido en carácter ni con una memoria competitiva tan feroz como entrañable. Más que cualquier sistema táctico o proeza individual, la sensación de inevitabilidad que transmite esta Albiceleste resulta muy difícil de combatir. Y ni hablar del aura que la rodea…
De forma inexplicable, existe cierta certeza que no aparece en las estadísticas ni puede medirse con GPS. Pero que está ahí: en los 500 kilos de carne para los asados entre partidos, en la cumbia villera, en las charlas pacientes en los entrenamientos donde Messi se sienta cruzado de piernas y ve todo pasar, en las invasiones estelares de los argentinos en cada ciudad que juega su selección… en todo (o casi todo).
En uno de los entrenamientos de Argentina, por ejemplo, mientras sus compañeros siguen con la rutina, Lionel Messi suele encontrar unos minutos para sentarse y conversar. A veces habla con los más jóvenes, otras con futbolistas que recién se incorporaron al grupo. Pregunta, escucha, bromea y después vuelve al trabajo. Son momentos pequeños, casi invisibles para quienes miran desde afuera, pero que dentro de la selección explican una parte importante de la convivencia que construyó Lionel Scaloni.
La escena se repite de distintas maneras desde hace años. Hay otro ritual que resume esa relación entre Messi y sus compañeros: cuando Argentina sale a entrenar o a realizar los trabajos de calentamiento, el grupo suele esperar que aparezca el capitán para que sea él quien encabece el camino. Nadie lo ordena, nadie lo anuncia. Simplemente ocurre. Puede parecer una cábala más dentro de una selección acostumbrada a sus pequeñas rutinas, pero también es una muestra del lugar que ocupa Messi en el vestuario.

En esta Argentina, las grandes decisiones no siempre ocurren frente a una pizarra táctica. También suceden alrededor de una mesa, durante un asado después de un partido, en una conversación dentro del hotel o en esos espacios donde desaparecen las jerarquías. El campeón del mundo llegó hasta aquí con una idea que Scaloni instaló desde el primer día: antes que un equipo de estrellas, debía existir un grupo capaz de sostenerse cuando la presión aumentara. Y cuando hay presión, ahí está el Dibu para destrabar los nervios, soltar los músculos con carcajadas…
Los asados se convirtieron en parte del paisaje de esta selección. No por una cuestión folclórica, sino porque allí se reforzaron vínculos que luego aparecen en la cancha. Los futbolistas comparten historias, se conocen lejos de la competencia y encuentran un espacio donde el delantero del momento puede sentarse al lado del último convocado sin que importe la diferencia de nombre o trayectoria: lo vital es comer carne, los 500 kilos que llevaron y que ya casi se acaban.
Algo similar ocurre con las cábalas y los pequeños rituales que acompañan a cualquier selección durante un torneo. Algunos jugadores repiten costumbres, mantienen rutinas antes de los partidos o buscan esos momentos que les recuerdan que todo sigue bajo control. No ganan partidos por eso, pero revelan una característica de este grupo: Argentina encontró una forma de vivir los Mundiales sin dejar que la tensión termine dominándolo todo.
Scaloni fue quien convirtió esa convivencia en una ventaja competitiva. Su mayor aporte no está únicamente en las formaciones o en los cambios que realiza durante los partidos. Está en haber logrado que futbolistas importantes acepten distintos roles sin que eso fracture al grupo. Los suplentes dejaron de ser una lista de espera. Son jugadores que saben que pueden entrar veinte minutos y cambiar una historia. En esta selección, el partido también se juega desde el banco.
Esa mentalidad explica muchas de las respuestas que Argentina encontró en los últimos años. Cuando los partidos llegan al tramo decisivo, cuando aparecen el cansancio y la incertidumbre, el equipo mantiene una tranquilidad que no siempre tiene explicación táctica. Hay una memoria colectiva de situaciones difíciles: finales apretadas, remontadas, tandas de penales, momentos donde parecía que todo podía escaparse y terminó ocurriendo lo contrario.

En el centro de todo está Messi, pero de una manera distinta a la de otras etapas de su carrera. Ya no es solamente el futbolista que debe resolver cada partido. Es la referencia emocional de un grupo que encontró en sus gestos cotidianos una forma de orientación. Su liderazgo dejó de depender exclusivamente de sus goles.
Esa relación también explica por qué la selección argentina actual se siente diferente. Messi no necesita imponer su autoridad porque el vestuario se la reconoce. Rodrigo De Paul asumió un rol de compañero inseparable y protector; los más jóvenes encontraron en él una guía; y los futbolistas que llegaron después entendieron rápidamente que compartir equipo con el capitán implica mucho más que recibir una pelota durante un partido.
Messi encarna la épica pero es el compañerismo del vestuario el que lo hace posible.

La otra figura de esta historia es Scaloni, un entrenador que construyó su poder desde un lugar menos visible. Protegió al grupo del ruido externo, sostuvo decisiones difíciles y consiguió algo que parecía complejo en una selección con tantas figuras: que todos miraran hacia el mismo lugar.
Por eso Argentina llega a esta final con algo más que talento. Detrás de Messi, de los goles y de los resultados hay una estructura construida con conversaciones, códigos, rituales y confianza. Los asados, las cábalas y esas pequeñas escenas (de la vida cotidiana ahora en el Mundial) que ocurren lejos de las cámaras forman parte de la historia de un plantel que aprendió a competir como una familia, pero sobre todo como un equipo. Y esa puede ser la razón por la que vuelve a sentirse tan cerca de otra estrella.
Y claro, también por Messi.
Fuente: elcomercio.pe