Cuando Casimiro IV Jagellón, rey de Polonia, murió en 1492, nadie podía imaginar la tragedia que ocurriría casi cinco siglos después, cuando su tumba fue reabierta. Tras permanecer sellada durante siglos, la cripta se había convertido en una auténtica bomba biológica, repleta de microorganismos potencialmente peligrosos para quienes se atrevieran a explorarla.
Eso fue precisamente lo que sucedió en 1973, cuando un grupo de arqueólogos abrió la tumba del monarca para estudiar sus restos. Poco tiempo después, varios integrantes del equipo comenzaron a sufrir graves problemas de salud, alimentando una historia que muchos compararon con la famosa "maldición de las momias".
PUEDES VER: Científicos identifican en peces unas células cancerosas transmisibles que se comportan como parásitos
¿Una maldición o una amenaza biológica?
La maldición de las momias es uno de los mitos más populares de la arqueología y ha inspirado innumerables películas, series y novelas. Su origen moderno suele asociarse al descubrimiento de la tumba de Tutankamón en 1922 y a la muerte, pocos meses después, de Lord Carnarvon, el aristócrata británico que financió la expedición.
Una de las hipótesis planteó que la tumba del faraón contenía esporas de Aspergillus, un hongo muy común que, en determinadas circunstancias, puede provocar infecciones graves. Aunque la explicación más aceptada sostiene que Carnarvon falleció por una infección derivada de la picadura de un mosquito, la presencia de hongos en tumbas antiguas es un fenómeno bien documentado.
Un caso similar ocurrió con Casimiro IV Jagellón, Gran Duque de Lituania y rey de Polonia. Según recoge Grunge, en la década de 1970 los arqueólogos rara vez obtenían permiso para investigar sepulturas de gran relevancia histórica. Sin embargo, en 1973 el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyła —quien poco después se convertiría en el papa Juan Pablo II— autorizó a un equipo de 12 investigadores a examinar los restos del monarca.
De acuerdo con investigadores de la Facultad de Medicina Guy's, King's and St Thomas', de los 12 científicos que participaron en la apertura de la tumba, diez fallecieron en las semanas posteriores. Además, los análisis realizados en la cripta revelaron la presencia de diversos tipos de hongos.
Los hongos hallados en la tumba
Un estudio publicado en 2015 volvió a analizar el caso de la tumba de Casimiro IV y recordó que varios de los investigadores que participaron en la apertura de la cripta de Wawel desarrollaron problemas de salud y murieron posteriormente. Para comprender mejor estos ecosistemas, los científicos estudiaron muestras de un cementerio y de la capilla funeraria de la familia Buchholtz, en Supraśl, Polonia.
Los análisis detectaron concentraciones muy elevadas de moho en el aire, favorecidas por las condiciones de temperatura y humedad características de estos espacios cerrados.
"En las muestras de aire recogidas dentro de la cripta, los hongos aislados incluyeron Penicillium sp., Candida sp., Aspergillus sp., Acremonium sp., Scopulariopsis sp., Fusarium sp., Aspergillus niger, Cladosporium sp., Alternaria alternata, Mucor sp., Aspergillus nidulans, Rhodotorula sp. y Verticillium sp.", concluyeron los autores.
Los investigadores añadieron que "el análisis de los hongos presentes en las muestras de aire y en diferentes superficies de la cripta reveló niveles muy elevados de moho en el aire, lo que podría representar un peligro para la salud de quienes trabajan en estos lugares".
La presencia de estos microorganismos en criptas antiguas se conoce desde hace décadas. Ya en 1962, el biólogo Ezzedin Taha, de la Universidad de El Cairo, encontró indicios de toxinas producidas por hongos en tumbas y en tejidos de momias. Según sus investigaciones, cuando las esporas alcanzan los pulmones, pueden provocar fiebre alta, infecciones e inflamación de las vías respiratorias.
Aunque la supuesta maldición de las momias siga perteneciendo al terreno de la ficción, la evidencia científica demuestra que las tumbas selladas durante siglos pueden albergar microorganismos capaces de representar un riesgo real para la salud de quienes las exploran. Quizá la verdadera amenaza nunca fue sobrenatural, sino invisible.
Fuente: larepublica.pe