Pensar la universidad peruana

Rubén Quiroz ha reunido en “La cuadratura del círculo. Pensar la educación y la universidad en el Perú contemporáneo” (editado por el Fondo Editorial de la Universidad Científica del Sur) una conversación sostenida durante seis años sobre los problemas y las posibilidades de nuestra educación. A través de una sucesión de reflexiones nos devuelve la convicción de que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos ni en entregar títulos. Consiste en desarrollar el talento humano, ampliar las oportunidades de las personas y formar ciudadanos capaces de participar en la transformación de su entorno.

La educación continúa siendo una de las vías más importantes para romper el círculo de la pobreza. No porque un diploma garantice el éxito, sino porque los conocimientos y las capacidades adquiridas mejoran las posibilidades de acceder a empleos productivos, generar mayores ingresos y responder a los cambios económicos y tecnológicos. Según la OCDE, en el Perú los trabajadores con educación superior ganan, en promedio, considerablemente más que quienes solo culminaron la secundaria. Además, la Unesco estimó que, si todos los adultos completaran la educación secundaria, cientos de millones de personas podrían salir de la pobreza.

Sin embargo, los jóvenes no llegan a la universidad en las mismas condiciones. Sus aprendizajes están influidos por la escuela a la que asistieron, la alimentación recibida, la conectividad, los recursos de sus hogares y el tiempo que pudieron dedicar al estudio. PISA 2022 encontró en el Perú una diferencia de 86 puntos en matemática entre los estudiantes socioeconómicamente más favorecidos y los más desfavorecidos. La universidad no puede corregir por sí sola todas las desigualdades acumuladas desde la infancia, pero tampoco debería profundizarlas ni convertirlas en definitivas.

La expansión de la educación superior ha permitido que más jóvenes ingresen a la universidad. En el 2020, según la Sunedu, el 66% de la matrícula universitaria de pregrado se concentraba en instituciones privadas. Este crecimiento respondió a una demanda que las universidades públicas no habían logrado atender. El problema es que ampliar el número de vacantes, instituciones y sedes no asegura por sí mismo una buena formación. El acceso solo cumple su promesa democratizadora cuando permite aprender, culminar los estudios y mejorar efectivamente las oportunidades de vida.

La Ley Universitaria colocó en el centro de la discusión la responsabilidad del Estado frente a la calidad de la educación. La autonomía universitaria es indispensable para preservar la libertad académica y evitar que el conocimiento quede subordinado al gobierno de turno. Pero no puede justificar que una institución oculte información, simule investigación, precarice la docencia o incumpla lo ofrecido a sus estudiantes. La libertad para elegir una universidad solo puede ejercerse plenamente cuando las familias disponen de información confiable y existen mecanismos que las protejan frente al engaño.

Quiroz recuerda también que la universidad no forma únicamente profesionales. Forma personas que luego intervendrán en la vida pública. Una institución que tolera el plagio, castiga la discrepancia o trata la educación como una simple transacción transmite una manera de relacionarse con la sociedad. No puede enseñar ética mientras normaliza el fraude ni formar ciudadanos democráticos mediante prácticas autoritarias.

En ese sentido, las humanidades y los estudios generales no son adornos curriculares. En una época en la que los algoritmos suelen estrechar nuestra visión del mundo, la cultura general la ensancha y nos ayuda a comprender experiencias distintas de la propia. Tampoco basta con incorporar plataformas o inteligencia artificial. Virtualizar una clase no equivale necesariamente a transformar la educación. Lo importante sigue siendo qué experiencias de aprendizaje queremos producir y bajo qué criterios pedagógicos, éticos y democráticos utilizaremos la tecnología.

Quizá la cuadratura del círculo consista en construir instituciones universitarias que logren ampliar el acceso sin resignarse a una formación deficiente, que preserven su autonomía sin eludir sus responsabilidades y que preparen para el trabajo sin abandonar la formación humanista. Rubén Quiroz mantiene abiertas estas preguntas y nos recuerda que el futuro del país depende, en gran medida, de cómo decidamos responderlas.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fuente: elcomercio.pe

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