Familias y empresas ya cambiaron sus expectativas

El Perú arrancó el 2026 con la mejor racha económica en varios años. La inversión privada se expandió 13%, el empleo formal privado creció 6%, las exportaciones aumentaron 38% en valor y las ventas de vehículos livianos subieron casi 40%, luego de haber crecido ya 20% el año anterior. A fines del primer trimestre de este año, cerca del 30% de consumidores limeños señalaba que su situación económica había mejorado respecto al año anterior, el porcentaje más alto desde antes de la pandemia.

¿Por qué tan bien? Varios factores se alinearon simultáneamente. Los precios de los metales alcanzaron niveles máximos históricos, impulsando los ingresos del sector exportador y la recaudación tributaria. La confianza empresarial para invertir se había consolidado luego de años de incertidumbre política. Y la inflación baja —alrededor de 2%— permitió que los salarios reales recuperaran terreno a buen ritmo, fortaleciendo el consumo de los hogares. Era, en suma, un crecimiento fuerte y generalizado.

Sin embargo, ese entorno ya cambió. Y lo hizo por tres razones simultáneas que vale la pena entender con claridad.

La primera es el conflicto en Medio Oriente. La guerra ha derivado en el cierre del Estrecho de Ormuz, lo que ha reducido significativamente la oferta global de petróleo y disparado su precio. El efecto no se limita a los combustibles: también se encarecieron el gas, los fertilizantes y varios commodities agrícolas. En el Perú, la inflación saltó de 2% a 4% en abril y mayo, su tasa más alta desde 2023. Si estas presiones persisten, los márgenes empresariales —que hasta ahora han absorbido parte del golpe— empezarán a trasladarlas a los precios al consumidor, erosionando la capacidad adquisitiva de las familias justamente cuando empezaba a recuperarse.

La segunda es el clima. El calentamiento del mar frente a la costa peruana alcanzó niveles similares a los del Fenómeno El Niño del 2023, que generó un invierno cálido y seco. Esto ya afecta la pesca: la primera temporada de anchoveta avanza con apenas el 25% de su cuota capturada y parte de la zona centro permanece con veda hasta mediados de junio. Asimismo, el otoño inusualmente cálido ha comenzado a afectar al retail. Hay una probabilidad cercana al 60% de que esta anomalía climática se sostenga durante el invierno, lo que pone en riesgo la agroindustria y las siembras del sur en la segunda mitad del año.

La tercera es la incertidumbre política. El pase a segunda vuelta de un candidato que nuevamente plantea modificar el modelo económico peruano generó un quiebre abrupto en la confianza del sector privado. El índice de confianza empresarial que mide Apoyo Consultoría —construido a partir de un sondeo a los CEO de las empresas más grandes del país y que históricamente anticipa con precisión lo que ocurre con la

inversión privada en los siguientes seis meses— se desplomó luego de la primera vuelta: el porcentaje de empresas que planea acelerar sus inversiones cayó de 37% en enero a 15% en mayo, mientras que el porcentaje que planea reducirlas se duplicó, de 4% a 9%. En términos del índice neto, eso representa una caída de 33 a 6 puntos en apenas cuatro meses.

La confianza del consumidor también cayó bruscamente en mayo. El índice había alcanzado en febrero y marzo su nivel más alto en seis años, pero retrocedió casi 10 puntos en dos meses. Una caída de esa magnitud y velocidad no se registraba desde marzo-abril de 2020, cuando el inicio de la pandemia y el primer confinamiento sacudieron la economía. El deterioro fue generalizado, pero se concentró en las expectativas sobre la situación familiar a doce meses y en la percepción de que los precios son hoy más altos que hace un año.

Ambos indicadores apuntan en la misma dirección: una moderación de la demanda interna —inversión, empleo y consumo— en la segunda mitad del año.

Lo que finalmente ocurra dependerá de la intensidad y persistencia de estos tres factores, y, de manera crítica, de la calidad del gobierno que viene. Un entorno de sequías en el sur, inflación elevada y familias con menos poder adquisitivo requiere decisiones técnicas, no titulares. Y al mismo tiempo, los precios altos de los metales abren una oportunidad que sería un error desperdiciar: consolidar el ciclo de recuperación de la inversión minera y mejorar el manejo de las cuentas fiscales y la ejecución de los miles de proyectos de inversión pública paralizados.

El Perú tiene por delante un entorno más difícil, pero no está indefenso. Lo que falta no son los recursos ni las condiciones: es un gobierno con la capacidad técnica y la estabilidad institucional para gestionar los retos y aprovechar las oportunidades.

Fuente: elcomercio.pe

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