La crisis de seguridad en el Sahel ha dejado de ser un problema exclusivamente africano para convertirse en un eje de inestabilidad con un alcance transcontinental. La confluencia de movimientos separatistas, redes yihadistas, tráfico ilícito y rivalidades geopolíticas, incluidas las persistentes acusaciones sobre el papel de Argelia con ciertos actores armados no estatales, está transformando la región en un corredor estratégico de riesgo. Para América Latina, esta evolución tiene implicaciones directas en dos ámbitos sensibles: las cadenas de suministro de minerales críticos y el narcotráfico transnacional.
En primer lugar, el Sahel alberga o conecta rutas vinculadas a oro, uranio, litio y otros minerales esenciales para las industrias tecnológicas, la transición energética y los sistemas de defensa. La creciente inseguridad amenaza los corredores de transporte, la inversión y la estabilidad de los mercados internacionales de materias primas. Paralelamente, la debilidad estatal permite que grupos armados y redes ilícitas penetren y se beneficien de estos sectores estratégicos, afectando a economías dependientes de dichos minerales, incluidas varias de América Latina.
En segundo lugar, el Sahel se ha consolidado como zona de tránsito clave para la cocaína y otras drogas que conectan América Latina, África Occidental, Europa y Medio Oriente. Las fronteras porosas y la frágil gobernanza han facilitado una creciente cooperación entre redes africanas de contrabando y organizaciones criminales sudamericanas. Grupos armados y traficantes se refuerzan mutuamente mediante acuerdos de protección, financiación y apoyo logístico. Como resultado, la inestabilidad en el Sahel fortalece indirectamente a las redes del crimen organizado transatlántico, haciendo que esta crisis sea cada vez más relevante no solo para África y Europa, sino también para los responsables políticos latinoamericanos.
En conclusión, ignorar la dimensión global del conflicto en el Sahel sería un error estratégico. América Latina debe monitorear activamente estos vínculos, particularmente en lo que respecta a la seguridad de las cadenas de suministro de minerales críticos y la expansión de rutas de narcotráfico que conectan ambos continentes. La cooperación internacional y el análisis geopolítico compartido son herramientas indispensables para mitigar un riesgo que ya no es ajeno al hemisferio occidental.
(*) Julieta Espín es profesora de Relaciones Internacionales e investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI, España)
Fuente: elcomercio.pe