En tiempos confusos y binarios, como los de una segunda vuelta electoral, responder sobre tu intención de voto es un ejercicio peligroso. La impertinencia de la pregunta tiene una carga. Algunos buscan validación (“¿serás como yo?”); otros, controversia (“¿por qué no eres como yo?”); están los de la descalificación y el estigma (en sus variantes “siempre supe que eras un imbécil” o “no puedo creer que seas tan imbécil”); están los menos, que van en busca de consuelo (“¿soy el único que ve esto?”), y, finalmente, los pocos auténticamente entusiastas, que van por la exhibición de su orgullo (“no me importa nada, feliz de votar por”).
Para evitarle este zarandeo emocional al elector, desde hace mucho tiempo, el voto es personal, igual, libre, secreto y obligatorio. Eso es exactamente lo que dice la Constitución. No le quito ni le agrego nada. Es personal, porque nadie puede sustituir tu voluntad al momento de votar. No es un acto que puedas delegar en otro ni puedes tener un representante. Tienes que hacerlo solo. Sin ayuda. Es igual, porque tu voto y el mío valen exactamente lo mismo y esa es la belleza de la democracia en el Perú. En un país repleto de desigualdades, el voto del analfabeto vale exactamente igual que el voto del académico (para ira de algunos). No importa quién eres ni cuáles son tus circunstancias; importa lo que dice ese voto para su conteo. Es libre y obligatorio, a la vez, lo que parece ser contradictorio, pero no lo es. Eres libre y tienes que serlo porque una voluntad coaccionada es una voluntad viciada. El contenido de tu voto responde a una conciencia autónoma. Pero, si bien ejerces el voto en libertad, estás obligado a ir a votar. No cumplir con la obligación cívica se pena con una multa. No todos los Estados siguen este camino, pero, si queremos garantizar la participación en un país tan defraudado por autoridades tan poco representativas, no queda otra. Así pues, votar no es un placer. Es un deber. Guste o no, hay que hacerlo.
¿Por qué el voto es secreto? Por varias razones. La primera está justamente en el derecho a la libertad de conciencia. No hay persecución por razón de ideas o creencias y, por ende, no hay delito de opinión. La segunda es el derecho a guardar reserva sobre cualquier convicción. Ambos son derechos constitucionales, olvidados por la Santa Inquisición Electoral que se erige, como diría Sabina, en “la Cofradía del Santo Reproche”. Es decir, tú no tienes (y yo creo que no debes, si quieres evitar un debate) que decirle a nadie cómo y por qué votas de tal o cual manera. No sin someterte al inevitable juicio crítico que, con buena suerte, es el silencio y, con mala, la violencia verbal.
Por supuesto, somos humanos y está el problema de la soberbia. Algunos creen que la manifestación pública y unilateral de su intención de voto convierte a sus interlocutores en sus súbditos electorales. Hay vocación autoritaria en el padre, la madre, el maestro, el cura y, en general, en quien se siente infinitamente superior moralmente a todos sus prójimos. Hay figuras públicas que se sienten obligadas a contarnos por quién van a votar, en la vanidad de creer que su decisión puede tener alguna influencia en el voto ajeno. Francamente, lo dudo. Solo les sirve para el doloroso apanado de rigor.
Sin embargo, en política, cuando un partido fija posición, sabe perfectamente que no puede sustituir la libre voluntad de sus electores. Por más disciplina en los militantes, siempre hay espacio para el libre albedrío. Dada la precariedad de nuestros partidos, se suele decir que “en la política peruana, no hay endoses”. Lo que hacen, en realidad, los partidos que indican cuál será su voto militante es anunciar su posición frente a quien llegue a gobernar. Solo hay dos posibilidades: cooperar o confrontar. Una tercera sería posponer ese juego, que, tarde o temprano, se dará. Más allá de quién resulte ganador este domingo, esto es lo que nos dicen los alineamientos de la segunda vuelta. Es en ese plano que hay que entenderlos.
En el caso del periodismo político, gane quien gane, nuestro trabajo es criticar al que lo logre. Anunciar un voto equivale, como hacen los partidos, a anunciar un respaldo ex post. La vanidad de creer que puedes influir en algo lo único que hace es destruir tu futura imparcialidad para tratar a todos por igual. No vale la pena. Primero, porque las opiniones ajenas no suelen ser muy valoradas por la audiencia y, segundo, porque, más allá de tus miedos o de tus esperanzas, el lunes hay que trabajar en la crítica permanente al poder. Adicionalmente, esta elección particular hace nuestro trabajo más fácil: hay mucho para criticar en ambos candidatos. No en vano fueron descartados en primera vuelta por el 75% de los electores.
Me alegraba, en estos días, al observar que el nivel de violencia política verbal había bajado bastante desde el 2021, pero especialmente desde que López Aliaga salió de escena con sus PorkyTrolls en redes, al perder las elecciones. Venía pensando en eso esta mañana, mientras caminaba por el Malecón de Miraflores con un grupo de amigos, cuando un sujeto enardecido, joven y atlético, acompañado de otros dos silenciosos, me gritó algo así como “antipatriota”. Llevaba una camiseta partidaria. Lo seguí y le indiqué que esa era una falta de respeto y no una manera correcta de hablarme. Creo que se descolocó. Estos energúmenos no suelen esperar una respuesta educada y firme. Repitió lo dicho, pero ya había más testigos (gente amable, que siempre hay) que no lo miraban bien. Le exigí su nombre y comenzó a huir apresurado, negándose a darlo. Digamos que era el cobarde de libro, el que se siente validado insultando, pero corre al ser confrontado.
Yo nunca digo por quién voto y eso me parece correcto. Esa es también una decisión muy personal. Tampoco le pregunto a nadie por quién va a votar. ¿Con qué derecho? Eso sí, siempre me he declarado abiertamente una persona muy de derechas, de las de la libertad, por supuesto. Entonces, ¿por qué me han botado de medios tras campañas en las que no ganan los favoritos de los dueños? ¿Por qué he tenido ocho veces una portátil violenta, brazo operativo de alquiler de Renovación Popular y Fuerza Popular, en la puerta de mi casa gritándome “comunista, terrorista” si es obvio que no lo soy? ¿Por qué un sujeto, rompiendo elementales reglas de convivencia educada, se atreve a insultarme un día antes de votar? Por un problema más profundo: hay personas y colectividades que quieren obtener por la fuerza lo que jamás obtendrán: tu libertad, tu conciencia, tu derecho a elegir.
A estas alturas, deben estar pensando: ¿qué camiseta llevaba el impertinente vulgar del malecón? Pues les diré algo que tal vez les sorprenda: ¿importa? La verdad es que no. La intolerancia no tiene camiseta. La pueden encontrar en cualquier lugar, ejercida por cualquier ser humano. Si la democracia, el gobierno del pueblo, tiene un sólido enemigo, es ese: la intolerancia que no reconoce al otro y que no quiere respetar tu identidad ni tu voto. Hoy, no preguntes por quién vota este o aquel. Pregunta si todos ellos, y tú mismo, están dispuestos a respetar a las personas y su derecho a elegir, te guste o no el resultado.
Fuente: larepublica.pe