Paul McCartney, el ídolo que no se desgasta lanza a sus 83 años uno de sus mejores álbumes

Con 83 años encima, Paul McCartney ha logrado que su obra alcance ese raro estatus de inmortalidad reservado para muy pocos. No es para menos: el exbeatle lleva más de seis décadas ocupando un lugar privilegiado en la cultura popular, y eso hace que cada lanzamiento suyo sea seguido con lupa. Pero incluso alguien cuya música parece haber derrotado al tiempo sabe que esa inmortalidad le pertenece al arte, no a las personas. Los cuerpos envejecen, las gargantas flaquean. Hace apenas unas semanas, una presentación televisiva de McCartney, en la que interpretó algunos de sus clásicos, volvió a abrir el debate sobre el inevitable desgaste de nuestros ídolos, recordándonos que el tiempo nos alcanza a todos, incluso a los gigantes del rock. McCartney parece ser plenamente consciente de este momento de su vida.

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De ahí, quizá, el tono reflexivo y melancólico de su nuevo trabajo, un disco que mira menos hacia los ‘charts’ y más hacia el pasado. Desde su lanzamiento la semana pasada, “The Boys of Dungeon Lane” ha sido recibido por la crítica internacional como uno de sus trabajos más logrados en años. Hay algo de testamento emocional en estas canciones, como si el músico hubiera decidido añadir nuevas fotografías a un álbum de vida que el público creía conocer de memoria. La historia de los Beatles —la histeria colectiva, los conflictos internos, la separación— ha sido documentada hasta el hartazgo en libros, películas y documentales. McCartney parece interesado aquí en contarnos otra cosa. En lugar de volver sobre la leyenda, regresa al tiempo anterior a ella: a Liverpool, a las calles de su infancia, a los autobuses que tomaba, a las chicas que observaba de lejos y a los amigos con quienes compartió los años en que el futuro todavía era un horizonte abierto.

La crítica lo captó enseguida. El diario británico “The Guardian” señaló que el álbum lo encuentra “volviendo una y otra vez a su infancia”, mientras que “Rolling Stone” lo describió como una obra tardía y cálida, construida sobre recuerdos, pérdidas y afectos duraderos. El punto de comparación más evidente para “The Boys of Dungeon Lane” es “Chaos and Creation in the Backyard”, el disco de 2005 que le valió algunas de las mejores críticas de su carrera solista. Ambos comparten una mirada introspectiva y un deseo de volver al origen. A diferencia de discos como “New” (2013) o “Egypt Station” (2018), donde trabajó con varios productores en busca de un sonido competitivo para la radio, aquí vuelve a un formato más personal. Junto a Andrew Watt, un productor de apenas 35 años que ha trabajado con Elton John y los Rolling Stones, se encerró en el estudio para escribir, arreglar y hasta tocar gran parte de lo que se escucha en el álbum. En algunas canciones, McCartney llegó a encargarse de ocho instrumentos distintos.

Desde la apertura, “As You Lie There”, se refuerza el carácter nostálgico de la obra. McCartney cuenta que cada noche pasa frente a la ventana de una chica a la que apenas conoció una vez y se pregunta si alguna vez ocupó un lugar en sus pensamientos. No es una canción de amor, porque nunca hubo consumación, y por eso los desgarrados alaridos que se permite el bueno de Paul encajan perfectamente en un tema que comienza como una balada y termina convertido en un rock enérgico. En otras canciones, como “Lost Horizon”, los recuerdos llegan a través de los sonidos: el silbato de un tren, el motor de un automóvil, las risas de unos niños, la música lejana de una feria. Son pequeños detalles que funcionan como puertas hacia el pasado y evocan una época en la que cada día parecía el comienzo de algo eterno.

El Liverpool de su infancia es, sin duda, el gran protagonista del álbum. En “Days We Left Behind”, McCartney contempla fotografías en blanco y negro y recuerda bares llenos de humo, guitarras baratas y a los muchachos que crecieron junto al río Mersey. Es una canción atravesada por la conciencia del paso del tiempo, pero también por una aceptación serena de sus consecuencias. “Nadie tiene la culpa de los días que dejamos atrás”, canta, como si por fin hubiera hecho las paces con la imposibilidad de volver.

Paul McCartney (izquierda), en plena beatlemanía al lado de John Lennon, Ringo Starr y George Harrison. Su nuevo disco tiene canciones sobre ellos.

Uno de los recuerdos más entrañables del disco llega con “Down South”, inspirada en los viajes que hacía junto a George Harrison cuando ambos eran adolescentes. Antes de los estadios repletos y de la beatlemanía, los dos amigos recorrían Inglaterra a dedo, compartiendo autobuses, conversaciones sobre guitarras y sueños de rock and roll. Lo interesante es que McCartney no recuerda a Harrison como la figura histórica que el mundo conoció, sino como el compañero de aventuras que ocupaba el asiento de al lado. Es una de las evocaciones más íntimas y afectuosas que ha escrito sobre su amigo.

El viaje emocional termina donde probablemente tenía que terminar: en casa. “Salesman Saint” y “Momma Gets By” están dedicadas a sus padres y constituyen el núcleo más conmovedor del álbum. En la primera, McCartney recuerda a su padre —vendedor ambulante y bombero durante la Segunda Guerra Mundial— y a su madre, enfermera, enfrentando juntos los años más duros de Liverpool. En la segunda, retrata a una mujer que sostiene a su familia mientras su marido se refugia en el alcohol y en sus propias debilidades. Es una de esas canciones, a la manera de “Eleanor Rigby”, que funcionan como un relato completo y autosuficiente. Paul ha dicho que se trata de una historia ficticia, aunque profundamente inspirada en la generación de sus padres, aquella que supo seguir adelante en medio de la guerra y la incertidumbre. Es un final demoledor y una precisa despedida para un disco sobre nostalgia, memorias y la necesidad de cerrar ciclos. //

Fuente: elcomercio.pe

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