Attawalpa: el músico que convierte los sueños en canciones entre Lima y Londres

Hay una madrugada que Luis Felber todavía recuerda con una claridad casi física: despertó con la sensación de haber tocado una canción completa en sueños, con bajo, melodía y una frase que no sabía de dónde venía —“I feel like Peter Gabriel”— todavía vibrando en la cabeza. No era una metáfora del proceso creativo, sino una experiencia que terminaría marcando su forma de entender la música como algo que no siempre se escribe, sino que aparece. “Muchas veces las melodías o progresiones llegan así. No sé exactamente de dónde vienen, pero aparecen”, dice el músico británico-peruano que hoy firma su proyecto como Attawalpa, un nombre que no solo funciona como identidad artística, sino como punto de retorno a una biografía que durante años intentó comprender desde fuera.

Ese nombre, Atahualpa, no fue una invención de escenario ni una estrategia estética. Fue siempre suyo, aunque durante mucho tiempo le costó habitarlo. Luis Delfín Atahualpa Saúl Felber creció con un nombre que lo conectaba a una herencia cultural compleja, pero recién años después entendió su peso simbólico. El punto de inflexión llegó en 2018, tras dejar las drogas, en un proceso de reconstrucción personal donde empezó a buscar un nombre artístico sin encontrar ninguno que lo representara. “Tenía miedo de mirar dentro de mí, de ver qué tenía que decir realmente”, confiesa. Fue una amiga quien le devolvió lo evidente: el nombre ya estaba allí, y era parte de su identidad más profunda.

Luis Felber adoptó el nombre artístico Attawalpa en 2018, recuperando el segundo nombre que figura en su pasaporte y que terminó convirtiéndose en el eje identitario de su proyecto musical. (Foto: Johanna Assen)

Desde entonces, Attawalpa dejó de ser una firma para convertirse en una forma de exploración. Ese recorrido está atravesado por una dualidad constante: el inglés y el castellano como dos formas distintas de percibir el mundo. Felber no traduce simplemente entre idiomas, sino entre estados emocionales. A veces sueña en inglés, otras en español, y esa oscilación termina definiendo su escritura. “El castellano es un lenguaje más psicodélico que el inglés. Puedes decir más sin diciendo mucho”, afirma. En esa idea se sostiene gran parte de su música: la búsqueda de una expresividad que no dependa de la explicación, sino de la sensación.

Esa sensibilidad se hace evidente en sus composiciones sobre el Perú, donde el paisaje no es solo escenario, sino memoria activa. En una de sus canciones dedicadas a Ancón, el tiempo parece condensarse en imágenes simples: el muelle, el Malecón, la juventud que queda suspendida entre el recuerdo y la pérdida. “Ancón estás en mi corazón… paseando por el Malecón”, canta en una pieza que no intenta traducirse a otro idioma porque perdería parte de su carga emocional. Para Felber, la música no es un producto terminado, sino una forma de registro espiritual, “como un diario de sanidad”, donde lo que no puede decirse en la vida cotidiana encuentra otra vía de expresión.

Esa lógica también atraviesa su relación con los sueños, que funcionan como un estudio de grabación paralelo. En el caso de Peter Gabriel’s Dream, la canción nació literalmente de una escena onírica en la que se veía tocando con un amigo fallecido en un estudio. Al despertar, grabó de inmediato lo que recordaba en su celular antes de que se desvaneciera. Luego, junto a su productor Mac Ochen, reconstruyó la pieza a partir de ese fragmento. “Lo grabé usando mi oreja, porque todavía tenía la música en la cabeza”, recuerda. El resultado no busca explicar el sueño, sino extenderlo, mantenerlo vivo en otra forma.

Pero la vida de Attawalpa no ocurre solo en ese plano intuitivo. También está atravesada por una realidad mucho más concreta: la industria musical contemporánea. “Desde el primer día estás dentro de la industria”, explica. Para él no existe una separación entre el artista y el sistema; ambos conviven desde el inicio. Hoy, dice, un músico debe ser al mismo tiempo creador, gestor, productor y estratega digital. “Tienes que ser músico, manager, director, social media… todo al mismo tiempo”. Esa multiplicidad no es opcional, sino estructural.

Antes de lanzar Experience, Attawalpa compartió cartel con artistas como The Pixies, LCD Soundsystem, Bruce Springsteen, Grace Jones, The Rolling Stones y Nick Cave & the Bad Seeds. (Foto: Isis Mur)

En su caso, esa complejidad se sostiene gracias a una red de colaboradores que ha sido clave en su desarrollo. Productores, directores creativos y músicos que funcionan como extensiones del propio proyecto. “Yo siempre he sido el negocio y el artista”, admite. Esa tensión entre ambos roles no se resuelve, pero se administra a través de la comunidad, que aparece como un elemento central en su forma de trabajar.

Aunque su carrera se consolidó en Londres, donde encontró una escena y una red de trabajo sólida, Lima ha empezado a ocupar un lugar inesperado en su universo creativo. Allí percibe una energía distinta, más directa y menos mediada por la industria. “Hay una comunidad muy poderosa en Lima”, señala. Tras la pandemia, observa una generación que volvió a los conciertos, a las bandas, al encuentro físico con la música. En sus visitas recientes no solo presentó su trabajo en vivo, sino que grabó con músicos locales e incorporó nuevas texturas a su sonido.

Ese proceso desemboca en Experience, su segundo álbum, que amplía el universo iniciado en Presence (2023), un disco que recibió reconocimiento internacional y cuatro estrellas en MOJO. A diferencia del primero, este nuevo trabajo no busca definir una estética cerrada, sino abrir preguntas sobre el acto mismo de crear en tiempos de hiperconectividad. El álbum se mueve entre la ansiedad de la espera, el caos de la producción constante y la necesidad de sostener una identidad artística en medio del flujo digital.

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“Cada disco es un monumento a lo que he hecho”, explica Felber. Pero Experience no funciona como un monumento estático, sino como una estructura en movimiento, atravesada por contradicciones. En su centro aparece la idea del artista contemporáneo atrapado entre la inspiración y la exposición permanente, entre el impulso creativo y la lógica de las redes sociales.

Cuando intenta definir su música, Felber recurre a una imagen que condensa su universo: “Es algo entre Prince y Nirvana, con un gusto peruano dentro”. Esa mezcla no es solo estética, sino también vital. Su proyecto habita un espacio donde lo pop y lo alternativo no se oponen, donde lo emocional y lo caótico conviven sin jerarquías claras.

No me siento inglés en Inglaterra ni peruano en Perú”, afirma. “Mi cultura es otra cosa”. Esa “otra cosa” es probablemente el lugar donde se construye Attawalpa: un espacio intermedio donde las canciones no se escriben del todo, sino que aparecen entre el sueño y la vigilia, entre dos idiomas, entre dos geografías que nunca terminan de cerrarse.

Fuente: elcomercio.pe

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