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José Peláez habla de su hijo y el rostro se le ilumina. Desde que nació Lucas, aprendió que la paternidad empieza en los gestos pequeños. En preparar una leche temprano, cambiar un pañal, bañarlo con cuidado, verlo caminar o escucharlo decir “papá”. A puertas de celebrar su segundo Día del Padre, el conductor habla de su hijo como quien habla de una vida que volvió a empezar.
“Desde que soy papá, me he dado cuenta de que un hijo viene a darle color a la vida, a llenarla y a darle otra dimensión. También viene a retarte constantemente y a enseñarte muchas cosas de ti mismo. En mi caso, me enseñó a soltar”, reflexiona.
Lucas tiene un año y seis meses. Ya camina, dice algunas palabras, imita al perro y convierte cualquier gesto mínimo en un acontecimiento. Para Peláez, acompañar esa etapa le ha devuelto la capacidad de sorprenderse con lo simple.
“Te recuerda que vivir es un milagro, pero también que damos por sentadas muchas cosas”, asegura.

La paternidad lo encontró feliz, pero no necesariamente preparado. Antes de la llegada al mundo de Lucas, pensaba en si podría pagar el colegio, si la economía alcanzaría, si lograría ordenar su vida alrededor de esa nueva responsabilidad. Lo que no había dimensionado era las noches interrumpidas, los horarios que cambian, la casa apagada a las siete de la noche, el cansancio y esa extraña felicidad que puede aparecer incluso en medio del caos.
“Yo no estaba preparado para ser papá”, reconoce. Su esposa, dice, había profundizado mucho más en lo que significaba tener un hijo. Él, en cambio, fue aprendiendo sobre la marcha. Y en ese aprendizaje descubrió también todo lo que sus propios padres hicieron por él.
“No había interiorizado todo lo que mi papá y mi mamá hicieron por mí. Ahora digo: ‘Wow, qué cantidad de cosas hicieron’”.
Lucas llegó antes de lo previsto y cambió todos los planes. Su esposa tenía programada una cesárea porque el bebé venía en posición podálica, pero ambos querían evitar elegir la fecha de nacimiento. Mientras tanto, en “El gran chef famosos” se emitía un episodio dedicado al baby shower de Peláez. Esa misma noche, él tenía un matrimonio de una pareja de amigos en el sur. Era, de algún modo, su última fiesta antes de convertirse en padre.

Entonces sonó el teléfono. Su esposa le dijo que era mejor que regresara, que se sentía diferente. Él pensó que podía ser una falsa alarma, pero volvió lo más rápido que pudo. Al llegar a la clínica, encontró a su esposa monitoreada y poco después el médico le dio la noticia: Lucas nacería esa misma noche.
“No estaba preparado para que me dijeran eso. Literalmente el día del nacimiento de mi hijo, yo estaba de resaca”, recuerda con una sonrisa. Así empezó su vida como padre: de golpe, sin ensayo.

Ver nacer a su hijo, dice, fue lo más cercano a un milagro que ha presenciado. “De la nada sale una persona con la que vas a estar conectado el resto de tu vida”, afirma. Desde entonces, todo parece tener otro peso. “Cuando veo a mi hijo reír, siento que no importa absolutamente nada más”, dice.
Amor heredado
La llegada de Lucas también lo conectó con la memoria de su propio padre, fallecido hace algunos años. Peláez fue hijo único y recuerda una infancia marcada por el amor y la presencia paterna. Su padre, cuenta, fue un hombre bondadoso, cariñoso y muy presente, aunque también cargó una historia difícil.
“Mi papá fue preso político en Cuba mucho antes de que yo existiera. Estuvo 12 años preso, antes de conocer a mi mamá, y eso dejó secuelas. Después sufrió depresiones. Yo lo veía llorar con cierta facilidad; de pronto lo encontraba en la cama, llorando. También tuvo cáncer y un infarto cerebral. Hubo una parte dura, retadora, en nuestra vida, pero aun así siento que tuve una infancia muy bonita y llena de amor”, detalla.
De su padre heredó, sobre todo, el amor físico, la presencia, el abrazo. De niño, tanta demostración podía incomodarlo. Hoy entiende de dónde venía. “Mi papá era muy besucón. Y yo no puedo parar de besar y abrazar a mi hijo”, confiesa.
Esa necesidad de estar presente también lo llevó a ordenar el trabajo de otra manera. Cuando nació Lucas, Peláez tenía licencia de paternidad, pero decidió cerrar primero la temporada de “El gran chef famosos” y luego tomar un tiempo para concentrarse en su familia. Después vinieron proyectos más manejables, trabajos independientes, redes, podcast y una pausa de la exigencia diaria de la televisión. Necesitaba mirar crecer a su hijo sin sentir que el tiempo familiar quedaba siempre en segundo plano.
Ahora, con su regreso a la pantalla en “Me caigo de risa”, Peláez reconoce que la paternidad también le enseñó a trabajar de otra manera. El formato exige juego, improvisación y soltar el control, algo que hoy enfrenta con más naturalidad desde que Lucas llegó a su vida.
Esa misma capacidad de soltar atraviesa también su segundo Día del Padre. El primero lo encontró todavía cerca del nacimiento, entre el asombro y el aprendizaje inicial. Ahora Lucas ya camina, responde y empieza a construir con él una complicidad nueva.
“La vida del hogar y la vida en familia me hacen muy feliz”, dice. Y en esa felicidad simple, José Peláez parece haber encontrado algo más que una nueva etapa. Encontró el color que no sabía que le faltaba.
Fuente: elcomercio.pe