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Todos hemos tenido uno de esos días en los que entramos a una habitación y olvidamos a qué íbamos. O releemos el mismo párrafo tres veces. O no encontramos las llaves que llevamos en la mano. O intentamos concentrarnos en una tarea simple y el cerebro parece estar funcionando con una señal de Wi-Fi muy débil. Y aunque solemos culpar al estrés, a la edad o a la falta de café, pocas veces pensamos en algo fundamental: nuestro cerebro también come.
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A pesar de representar apenas el 2% del peso corporal, tu cerebro consume cerca del 20% de la energía que utilizamos cada día. Es uno de los órganos más demandantes del cuerpo. Y como cualquier motor de alto rendimiento, funciona mejor cuando recibe el combustible adecuado. La buena noticia es que la nutrición puede influir mucho más de lo que creemos en la memoria, la concentración, el estado de ánimo e incluso en la salud cerebral a largo plazo.

Empecemos por el protagonista estrella: los omega-3. Estas grasas saludables forman parte de las membranas de las neuronas y participan en la comunicación entre las células cerebrales. Los pescados grasos como el salmón, la trucha, el atún, la caballa, las sardinas o el bonito son algunas de las mejores fuentes. No es casualidad que una dieta rica en omega-3 se asocie con mejor función cognitiva y menor riesgo de deterioro cerebral con el paso de los años.
Luego tenemos algo que suele sorprender: el cerebro también ama los carbohidratos. Sí, los carbohidratos. Porque la glucosa es su principal fuente de energía. El problema no son los carbohidratos en sí, sino los picos y caídas bruscas de glucosa que generan algunos alimentos ultraprocesados. Cuando desayunamos únicamente algo muy azucarado, es común sentir un subidón de energía seguido por una caída de concentración unas horas después. Por eso, combinar carbohidratos con proteína, fibra y grasas saludables suele ayudar a mantener una energía más estable para el cerebro.

Y las proteínas son los obreros de la construcción. De hecho, los aminoácidos son los bloques de construcción de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina. En otras palabras, ayudan a fabricar algunos de los mensajeros químicos que participan en la motivación, el enfoque y el bienestar emocional.
Pero si hay una relación fascinante, es la que existe entre el intestino y el cerebro. Hoy sabemos que la microbiota intestinal se comunica constantemente con el sistema nervioso a través del llamado eje intestino-cerebro. Algunas bacterias producen compuestos que influyen en la inflamación, el estado de ánimo y la función cognitiva. Por eso una alimentación rica en fibra, frutas, verduras, legumbres y, sobre todo, alimentos reales no solo beneficia la digestión: también puede beneficiar al cerebro.
Y aquí viene una verdad poco popular: no existe un alimento mágico para la memoria. No hay una semilla exótica, un suplemento milagroso ni un ‘smoothie’ capaz de compensar noches de mal sueño, estrés crónico o una alimentación deficiente. Si quieres pensar mejor, concentrarte más y cuidar tu salud a largo plazo, empieza por mirar tu plato. Porque la salud cerebral no depende de un solo nutriente. Depende de un patrón de hábitos: dormir bien, moverse regularmente, gestionar el estrés y alimentarse con calidad son algunas de las mejores estrategias para cuidar el cerebro hoy y protegerlo hacia el futuro. //
Fuente: elcomercio.pe