¿Cuánto nos cuesta la intolerancia al error? No es una pregunta retórica. En un país donde el error pesa más que el intento, la innovación –ese motor que se repite como mantra en directorios y discursos– termina convertida en una declaración de intención. Innovamos en los PowerPoints. En los procesos, somos conservadores.
Aquí conviene una distinción que Amy Edmondson, profesora de Harvard Business School, ha desarrollado: no todos los fracasos son iguales. Existen los prevenibles –los que nacen de la negligencia– y los inteligentes, los que ocurren cuando exploramos en incertidumbre, minimizando riesgos innecesarios. Los primeros deben corregirse; los segundos, analizarse para extraer aprendizaje. Cuando los confundimos, castigamos al que se atrevió y toleramos al que se descuidó.
Dar espacio al error inteligente no es promover la mediocridad. Es exigir más rigor: hipótesis claras, indicadores relevantes y la madurez de reconocer cuándo algo no funcionó y por qué.
Las innovaciones que dejan huella, además, rara vez ocurren en solitario. Nacen de alianzas que combinan capacidades y, en el camino, mitigan riesgos. El proyecto Volar, de Aporta –plataforma de innovación e impacto social de Breca–, lo demuestra: la articulación con el Programa Nacional Cuna Más, DIRIS Lima Este, empresas de Breca y otras organizaciones, ha permitido alcanzar a más de 260 mil niños de 0 a 5 años. Ese resultado no es obra de un protagonista; es la prueba operativa de que la innovación social escala cuando lo público y lo privado complementan capacidades desde la confianza.
El Perú necesita ecosistemas que hagan posible la innovación si queremos desafiar el status quo para inspirar nuevas realidades. La pregunta para empresas, sector público, academia y sociedad civil no es si toleramos el error, sino si sabemos distinguir cuál vale la pena y fomentar una cultura que incentive el coraje para fallar, la humildad para aprender y la colaboración.
Fuente: elcomercio.pe