El sombrero cajamarquino se ha convertido en el nuevo símbolo cultural de la “política de la resistencia de los pueblos” en la batalla cultural gramsciana que las izquierdas desarrollan. Desde Pedro Castillo, el sombrero cajamarquino ha venido a quedarse en la vida política y electoral del país. De acuerdo con la tesis de Laclau –ese gigante del revisionismo postmarxista–, este sombrero cajamarquino es un “significante vacío”, un “punto ciego del lenguaje”. Es un significante que se llena a través de la lingüística con un contenido ideológico (“el populismo de izquierda”). Así, siguiendo a Laclau, el sombrero es un “significante vacío” que ha logrado unificar diversas demandas políticas (la “cadena de equivalencias”) en una sola plataforma hegemónica: la “resistencia de los pueblos indígenas [sobre todo] frente a 500 años de oprobio”. El ‘sombrero cajacho’, en la lógica laclaudiana, es la “piedra peronista” o el mural mexicano; es la construcción simbólica del “otro” como antagonista, es el “ellos contra nosotros”.
Hoy nos toca observar ese sombrero cajamarquino, ese “significante vacío” convertido en un símbolo político e ideológico, primero por Pedro Castillo, y luego por su aún heredero político, Roberto Sánchez. Lo curioso es que el origen de ese sombrero cajamarquino (vendido en las tiendas o escaparates de los mercados y plazas en Bambamarca o Celendín) se remonta al mismísimo virreinato (o a la colonia), espacio temporal que es parte de esos “500 años de oprobio y genocidio”.
¿Cómo es que el sombrero cajamarquino (virreinal de origen, fabricado con bombonaje importado desde las provincias ecuatorianas de Manabí y Santa Elena, y cuyo costo va entre S/150 y S/5.000, o incluso más) se ha convertido en el símbolo ideológico y político de la “resistencia del mundo indígena” frente a la excluyente “Lima colonial”? ¿Cómo es que ese mismo sombrero cajamarquino, cuyo significado simbólico durante largos años en Cajamarca ha sido de estatus y poder social y económico, se ha resignificado ahora como el símbolo de la resistencia y del poder contingente indianista e indigenista?
Lo que sucede con el sombrero cajamarquino es un ejemplo de ese grave desfase entre lo que se denomina la “memoria histórica” y la propia historia. La “memoria histórica” señala que el sombrero es el símbolo de la lucha y la resistencia decolonial; mientras que la ciencia de la historia indica que es un “objeto sincrético” traído por el Imperio Hispánico Católico a estas tierras, mejorado y adaptado por artesanos cajamarquinos. No hay nada más virreinal o colonial que los caros sombreros de bombonaje que Castillo usó en su momento y que hoy los lleva Sánchez, perdedor del 2026. Así, ambos orgullosos, promueven con su sombrero una “memoria histórica” inventada y asumida por ellos y por sus intelectuales de izquierda; “memoria histórica” que no es sino su “relato verdadero” frente a la propia realidad. La “memoria histórica” no es lo que se recuerda, sino lo que se construye, se organiza y se difunde.
Ahora vamos a la relación entre este sombrero cajamarquino –resignificado como el símbolo de la resistencia de los pueblos– con la “nación doliente”, sintagma inspirado en uno de los libros más potentes escrito por Tomás Pérez Vejo: “México, la nación doliente”. De acuerdo con Pérez Vejo, el relato actual y oficial del nacionalismo mexicano originado en el siglo XIX tiene una estructura similar a tres de los misterios dolorosos del rosario: nacimiento (misterios gozosos), muerte (misterios dolorosos) y resurrección (misterios gloriosos). Pérez Vejo indica que la construcción de esta estructura del relato, que inventa la nación mexicana, está plasmada en la “pintura de historia”, auspiciada y controlada por el Estado Mexicano liberal del siglo XlX. Es la pintura de historia “donde un cuadro no es un cuadro sino el capítulo de un libro doliente”. El nacimiento mexica, la muerte de Cuauhtémoc, la resurrección con el “grito de dolores” de Hidalgo.
En el Perú, el uso simbólico del ‘sombrero cajacho’, con sus abismales diferencias, se asemeja a esa compleja estructura cristiana de la nación doliente mexicana. Aquí, la “memoria histórica”, la que ahora se enseña en las aulas escolares, dirá que el nacimiento del Perú y, por tanto, la peruanidad, tiene su origen prehispánico (la figura mítica de Manco Cápac), tiene su muerte con la ejecución de Atahualpa y tiene su propia resurrección aquel 28 de julio de 1821. El relato oficial/liberal bolivariano, que ganó la partida de San Martín, construirá cristianamente el relato de la nación gozosa, dolorosa y gloriosa, aunque incluso el uso del ‘sombrero cajacho’ sería la resurrección de ese mundo indígena que tuvo su propio misterio doloroso con la muerte de Túpac Amaru.
México y el Perú son “naciones dolientes”, sus Estados –herederos de la modernidad y la ilustración– terminaron inventando unas naciones basadas en relatos poderosos de estructura mítica cristiana, utilizando la pintura, las letras, la música y las artes en general. Hasta hace poco más de 50 años, el velasquismo –el Estado oficial– construía todavía el relato de la resurrección indígena y hasta hoy –en las escuelas– se recurre a la vieja historia del sueño de San Martín para explicar que la bandera peruana salió de un “chiripazo”.
Fuente: elcomercio.pe