Anatomía de una colegiatura

Lo admirable de los congresistas es su peculiar capacidad para establecer prioridades. Mientras el país soporta extorsiones, hospitales hacen malabares para seguir funcionando y escuelas públicas continúan esperando mejoras que nunca llegan, el Congreso decidió atender una urgencia de otra naturaleza: la creación de un Colegio Profesional de Artistas.

No es una broma. Tampoco una sátira. Es una ley. La Ley 32645 ha creado el Colegio Profesional de Artistas del Perú. El principal impulsor de la iniciativa fue el congresista cerronista Segundo Montalvo, aunque la norma terminó alimentándose de varios proyectos acumulados de otros parlamentarios.

La justificación parece razonable: fortalecer la representación de los artistas, defender sus intereses profesionales y ordenar el ejercicio de las disciplinas artísticas.

Es precisamente esa última palabra la que provoca un escalofrío: ordenar.

Hay profesiones que necesitan orden. Uno agradece que un neurocirujano haya estudiado anatomía antes de abrir un cráneo. También resulta tranquilizador que un ingeniero conozca sobre puentes antes de construirlos.

Pero el arte pertenece a otra familia. Su historia está hecha de desobediencias, insolencias y desacatos. Los artistas suelen llegar a lugares donde nadie los ha invitado y formular preguntas que nadie quiere escuchar. Por eso resulta inquietante la idea de crear una institución encargada de supervisar aquello que existe precisamente para escapar de la supervisión.

La experiencia histórica no invita al optimismo. En la Alemania nazi, la Cámara de Cultura del Reich terminó convirtiéndose en un mecanismo para decidir quién podía crear y quién debía desaparecer de la vida pública. La Unión Soviética perfeccionó el modelo. Las organizaciones artísticas oficiales dejaron de ser espacios gremiales para convertirse en guardianes ideológicos.

Boris Pasternak, autor de “Doctor Zhivago”, comprobó que un artista puede ser castigado sin necesidad de ir a prisión. Bastan los expedientes, las sanciones administrativas y el cierre de las puertas adecuadas. Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1958, la presión del régimen soviético fue tan intensa que terminó obligado a rechazarlo.

Las dictaduras suelen tener un talento especial para la burocracia. La censura también. A veces imaginamos la censura como un policía confiscando libros o prohibiendo películas. La realidad suele ser menos cinematográfica. La censura moderna prefiere reglamentos, formularios y comisiones disciplinarias. Se presenta vestida de procedimiento administrativo.

Por eso importa leer con atención algunas palabras de esta ley: supervisar, fiscalizar, disciplinar. ¿Quién decidirá qué conducta es compatible con la ética artística? ¿Quién establecerá los límites? ¿Quién tendrá autoridad para juzgar una obra incómoda o políticamente incorrecta? Las respuestas dependen siempre de quién ocupe el cargo de turno. Y ese es exactamente el problema.

Existe además otra contradicción. La ley privilegia la formación académica como puerta de entrada al reconocimiento profesional. Pero el arte peruano no nace necesariamente en las universidades. Nace también en las plazas, los barrios, las comunidades andinas y amazónicas y los escenarios improvisados. Muchos de nuestros mejores artistas fueron autodidactas o aprendieron su oficio lejos de cualquier aula. Resulta difícil entender por qué una norma destinada a representar a los artistas termina levantando barreras contra algunos de ellos.

La creación de este colegio coincide, además, con uno de los momentos políticos más curiosos de los últimos años. Durante meses hemos visto a la izquierda y a la derecha acusarse mutuamente de capturar instituciones. Sin embargo, cuando se trata de ampliar espacios de control, las diferencias parecen volverse menos profundas.

Lo verdaderamente llamativo es que nadie parece haber preguntado cuál era el problema que se intentaba resolver. Los artistas enfrentan precariedad laboral, informalidad, falta de seguridad social, escaso acceso al crédito y una inversión pública en cultura que sigue siendo modesta. Ninguno de esos problemas desaparecerá gracias a un colegio profesional.

La historia cultural de la humanidad nunca avanzó gracias a quienes vigilaban las fronteras de la imaginación. Avanzó gracias a quienes las cruzaban. Vallejo, Arguedas y Eguren no pidieron permiso para incomodar a su tiempo.

La creación artística prospera en la incertidumbre. La burocracia prospera en el orden. Cuando ambas se encuentran, una de las dos termina imponiéndose.

La historia ofrece pocas dudas sobre cuál suele salir victoriosa. Tampoco sobre quién termina pagando las consecuencias.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fuente: elcomercio.pe

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