Hace 2,400 millones de años, en un océano sin nombre, algo empezó a respirar luz. Unos organismos microscópicos llamados cianobacterias habían descubierto la fotosíntesis oxigénica; convertir agua y luz solar en energía, liberando oxígeno como desecho. Funcionó tan bien que se multiplicaron sin freno. Y el oxígeno, ese subproducto invisible, empezó a acumularse en el agua, después en el aire, hasta saturar la atmósfera entera del planeta.
Para casi toda la vida que existía entonces, el oxígeno era veneno puro. Los organismos anaeróbicos no tenían defensas contra una molécula tan corrosiva a nivel celular. Lo que siguió fue lo que muchos científicos creen fue la primera gran extinción masiva de la historia de la Tierra, causada no por un asteroide ni por un volcán, sino por el éxito reproductivo desmedido de un organismo que ni siquiera podía enterarse de lo que estaba provocando.
Bautizado como la Gran Oxidación, este evento destruyó gran parte de la vida existente y, por si fuera poco, desestabilizó el clima global. Al destruir el metano atmosférico que mantenía el planeta templado, muy probablemente disparó la Glaciación Huroniana, un episodio de Tierra congelada que duró decenas de millones de años.
Cuento esta historia bio-geológica porque, sospecho, es el reflejo más incómodo que tenemos disponible.
El patrón se repite
La Tierra ha vivido esto más de una vez. Hace unos 400 millones de años, las primeras plantas terrestres desarrollaron raíces profundas y colonizaron los continentes con un éxito arrollador. Sin querer, aceleraron la meteorización química de las rocas, un proceso que absorbe dióxido de carbono atmosférico a gran escala. Lo hicieron tan bien que se sospecha que causaron una glaciación global y contribuyeron a la extinción masiva del Devónico Tardío. Las plantas, en otras palabras, casi se congelaron a sí mismas de tan exitosas.
El patrón es siempre el mismo; un organismo encuentra una innovación (fotosintetizar, echar raíces, quemar carbono fósil) que le da una ventaja tan grande que se expande sin control. Ese éxito reconfigura, como efecto colateral, la química de la atmósfera o del océano entero. Y el planeta, que no distingue entre intención y accidente, responde con una crisis climática que termina afectando al organismo que la causó, junto con casi todo lo demás.
Ahora estamos nosotros. Los Homo sapiens estamos haciendo, en unos pocos miles de años, lo que las cianobacterias tardaron millones en lograr; estamos alterando la composición química de la atmósfera a través de un éxito metabólico. Aunque en nuestro caso, ha sido el descubrimiento de que quemar carbono fósil produce energía barata y abundante. El CO2 que liberamos es, estructuralmente, el mismo tipo de “desecho exitoso” que fue el oxígeno hace 2,400 millones de años; un subproducto de una innovación que funcionó demasiado bien.
Sin embargo, las cianobacterias no podían saber que estaban envenenando el mundo. Nosotros sí. Tenemos climatólogos, satélites, modelos matemáticos, décadas de evidencia revisada por pares. Somos la primera especie capaz de observar su propio impacto planetario mientras ocurre. Y aun así, el resultado medible se parece bastante al de una especie que no se entera de nada.
Hay explicaciones para esa brecha, y ninguna requiere culpa. Puede que nuestro cerebro solo esté calibrado para detectar amenazas inmediatas como un depredador al acecho o, que se trate de un problema de acción colectiva donde el beneficio de contaminar es individual y el costo se reparte entre miles de millones.
El experimento que todavía no sabemos cómo termina
Lo honesto es admitir que no sabemos si la conciencia realmente cambia algo a esta escala, o si es solo una anécdota que nos contamos mientras el patrón geológico sigue indefectiblemente su curso. Las cianobacterias no eligieron nada y transformaron el planeta entero. Las plantas del Devónico tampoco y casi se congelaron a sí mismas. Nosotros sí, al menos en teoría, podemos elegir cada día qué energía usamos, qué gobiernos votamos, qué exigimos. Y sin embargo el resultado medible, hasta ahora, se parece sospechosamente al de las especies que no tenían ninguna opción de elegir nada.
A veces creo que la conciencia no es una excepción biológica, sino una variable más lenta que las demás; sabemos, pero el saber tarda generaciones en convertirse en estructura, en ley, en infraestructura nueva… y el planeta no está dispuesto a esperar tanto. O quizás sí importa, y estamos apenas a mitad de un proceso que, visto dentro de mil años, se leerá como el momento exacto en que una especie usó su conciencia para evitar repetir el error de sus ancestros geológicos.
No lo sabemos todavía. Es, literalmente, el primer experimento de este tipo en 4,500 millones de años de historia del planeta.
La pregunta que me queda, y que no tengo forma honesta de responder, es si dentro de un millón de años algo (otra especie, otra forma de inteligencia) encuentra el registro geológico de lo que hicimos, ¿va a leer nuestra historia como la de la primera especie que rompió el patrón, o como una más de las que, sabiéndolo todo, lo repitió exactamente igual?
O quizás es lo que la vida hace después de todo; morir de éxito.
Fuente: elcomercio.pe