La herencia catastrófica, por Rosa María Palacios

“Hemos heredado un desastre”, dijo Alberto Fujimori al juramentar como presidente el 28 de julio de 1990. Nadie podía dudar de sus impactantes palabras, pese a que había llegado al poder con el apoyo del partido de gobierno aprista (y de toda la izquierda estatista), causante del peor descalabro hiperinflacionario de la historia del Perú. Sendero Luminoso y el MRTA asolaban a un país, con indicadores de pobreza que rondaban el 60% y pobreza extrema en 25%. Como me dijo un ministro de esa época: “no había ni para un té”. El Estado peruano estaba quebrado, aislado del sistema financiero internacional y al punto de no poder pagar ni lo básico. Todos los economistas serios lo sabían y llevaban advirtiéndolo desde tres años antes. Solo así se puede entender cómo Fujimori tuvo que ejecutar, en los primeros días de su gobierno, exactamente lo único que había prometido no hacer. “No schock” se convirtió en un súper shock que devaluó la moneda (el inti millón) en un 400% en un solo día. ¿Cómo lo soportamos? Porque, a pesar del costo brutal en lo más elemental, sabíamos que no había otro camino. La recuperación fue lenta y duró años. Los verdaderos beneficios de la libertad de mercado se vivieron ya en el siglo XXI, cuando alcanzamos una reducción de la pobreza a 19% en el año 2019. Casi sin ninguna esperanza, el país creyó que Fujimori, el padre, tenía un plan que podía funcionar. Y funcionó.

Ese escenario de espanto económico no se parece en nada al Perú de hoy. Por eso, la frase de Keiko Fujimori: “nos están entregando el Estado de manera catastrófica” no puede referirse ni remotamente al escenario en el que su padre pronunció sus famosas palabras. No hay hiperinflación y no hay, (aunque les encanta el terruqueo), ni Sendero Luminoso ni MRTA aterrorizando al país. Ha calificado de “desolador” lo que ha leído en los primeros informes de la Comisión de Transferencia. Luego añadió que se refiere a las “obras paralizadas” y que tendrá un Consejo de Ministros el 29 de julio para abordar ese problema y el de seguridad ciudadana.

Algunos se han burlado de las declaraciones de Fujimori por su tremendismo, otros por su falta de responsabilidad política en un gobierno que ha sido más suyo que de Boluarte, Jeri o Balcázar por el rol de su bancada en el Congreso. Desentenderse del pacto de facto hoy parece fácil porque sus aliados fueron sepultados por el desprecio electoral, salvo el caso de Renovación Popular. Pero que sea fácil no lo hace cierto. Desde que PPK fue acosado y forzado a renunciar, Fuerza Popular ha gobernado imponiendo, desde su cuota de poder, un desastre institucional. Esa es la verdadera herencia.

La frase de Keiko Fujimori, bien leída, es correcta. Es una catástrofe lo que ha sucedido con el Tribunal Constitucional, la Junta Nacional de Justicia, la Defensoría del Pueblo, el Ministerio Público, organismos que deberían tener autonomía constitucional. Ni siquiera han respetado autonomías administrativas cuando se han cruzado con sus negocios, como el caso de SUNEDU.

¿Qué hereda, de su propia autoría, Keiko Fujimori este 28 de julio? En primer lugar, una institución presidencial devaluada y desprestigiada. Una presidencia que no gobierna desde hace 4 años y que ha hecho irrelevante a quien la ocupa. Una presidencia que ya no puede hacer cuestión de confianza, ni frenar (hasta hace una semana) la inconstitucional iniciativa de gasto que se arrogó el Congreso y bendijo el TC. Tan catastrófico ha sido el daño que se han tenido que apurar a enmendar con una “variación de criterio jurisprudencial” que es una vergüenza, con un costo fiscal en leyes populistas brutal y casi imposible de revertir.

¿Qué hereda en materia de justicia? Su absolución y la libertad de Vladimir Cerrón pueden ponerlos en el activo para sus intereses. Pero hereda un sistema de justicia castrado por leyes que favorecen la delincuencia, traban la investigación criminal, exoneran y garantizan impunidad al asesino y al ladrón. Por protegerse entre ellos, nos han legado un conjunto de normas penales que son una aberración. ¿Cómo va a luchar contra la delincuencia con ese sistema? Ese sí es una verdadera catástrofe que se entrega a sí misma. Pero, además, hereda un país con “hambre y sed de justicia”. Un país que no votó por ella en segunda vuelta porque tiene ya demasiados muertos encima como para olvidarlos. Un país que ella no ve o que su entorno no quiere que vea o que no quiere ver. No lo sé. Pero las víctimas, los deudos, no van a desaparecer a punta de terruquearlos o invisibilizarlos. No hay nada más poderoso que el amor. Ese nunca muere. Y es mucho más potente y exige una reparación mucho más generosa que inaugurar un hospital aplazado o un camino olvidado.

La “operación Rospigliosi” para la impunidad perpetua de policías y militares delincuentes le entrega a una casta poderes absolutos sobre la vida y la muerte. Ningún gobernante, incluidos los más astutos e inmorales, le entregaría tanto poder a nadie. No hablemos siquiera de defender los derechos fundamentales de los peruanos (esa batalla está perdida con los Fujimori, padre o hija); hablemos de reparto a un poder fáctico. Keiko Fujimori va a terminar teniendo con las Fuerzas Armadas la misma relación que tuvo con ellas su padre. Esa es una herencia, de verdad, catastrófica.

A esta hora, inscritas las listas para las mesas directivas de senadores y diputados, emerge una buena noticia. Los cuatro partidos de oposición, pese a todo, lograron organizarse. La semana pasada parecía una causa perdida. Con 74 votos pueden conquistar Diputados con Buen Gobierno a la cabeza. Ese puede ser un espacio opositor sólido. En el Senado, 30 a 30, está claro que el fujimorismo ya compró el voto que necesita. Nunca sabremos quién lo puso, pero lo más probable es que pierda la oposición. A Fujimori le basta el Senado para controlar toda la legislación. Pero no podrá controlar la censura a ministros, facultad exclusiva de la Cámara de Diputados, modalidad de acoso al Ejecutivo que ella misma inauguró con Jaime Saavedra hace 10 años. Herencia suya también, que tendrá que padecer.

Una diferencia final con 1990. Casi sin ninguna esperanza, la mayoría del país hoy no cree que Fujimori, la hija, tenga un plan que pueda funcionar. No hay confianza cuando en primera vuelta solo sacas el 17%. Y eso, para el gobierno que entra, es también catastrófico.

Fuente: larepublica.pe

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *