A dos días de las elecciones presidenciales, los peruanos volvemos a asomarnos al abismo, a caminar mirando el precipicio porque confiamos en que la suerte siempre nos acompaña y que en este país de las maravillas solo el hecho de ser peruano nos salva.
La verdad es muy diferente de lo que nos queremos convencer, y no podemos confiar en que la suerte es para siempre porque en este mundo terrenal nada es eterno.
En el 2021, las advertencias y las señales de alarma estaban por todos lados. Elegir a Pedro Castillo era un error no solo por sus innegables nexos con el ala más radical del sindicato magisterial, sino por sus vinculaciones directas con el Movadef. Los defensores del profesor Castillo decían entonces que eso era “terruquear”, que la “derecha bruta y achorada” ya no sabía qué inventar para que Castillo no llegara al poder. Cuatro años después, uno de los congresistas que llegaron al Parlamento por las filas de Perú Libre resultó sentenciado por pertenecer a Sendero Luminoso.
La corrupción en el corto lapso que duró su gobierno fue clamorosa. Testimonios de aspirantes a colaboradores contaron los pagos que hacían para obtener ministerios o permanecer en ellos, como el caso del exministro de Transportes y Comunicaciones Juan Silva, prófugo de la justicia que vive cómodamente en Venezuela. ¿Y nos queremos olvidar convenientemente de los 20.000 dólares hallados en el baño de Palacio de Gobierno?
Los oportunistas admiradores de Castillo en su momento sacaron de la manga el argumento del racismo, que la gente lo rechazaba porque era un humilde profesor chotano que se “había atrevido” a irrumpir en el establishment político.
Otros aún más ingenuos esgrimían la hipótesis del “voto vigilante”; es decir, “votamos por él y a la primera la sacamos”.
Fue la desesperación de verse descubierto en sus fechorías y haciendo gala de su vena antidemocrática que el 7 de diciembre del 2022 Pedro Castillo cavó su propia tumba cuando ordenó el cierre del Congreso. La respuesta de las instituciones democráticas y de las Fuerzas Armadas y policiales que se colocaron del lado de la legalidad impidió que un remedo de dictador se perpetuase en el poder.
El Perú se vuelve a colocar en una fatal disyuntiva esta vez con un candidato como Roberto Sánchez, a quien sus aliados de ocasión no pueden “romantizar” pintándolo como un humilde ‘maestro rural’, y de quien tampoco pueden negar que es parlamentario de uno de los Congresos más desprestigiados que se conozcan y que gobernó con Pedro Castillo, a quien ahora pretende reivindicar alegando que fue “obligado” a dar un golpe de Estado, ruptura que él mismo condenó.
Por más reediciones que haga de su propuesta de gobierno, Sánchez no puede renegar de su esencia, del ‘plurinacionalismo’ de Bolivia, del estatismo que no oculta aunque intente disimular, y de su manifiesta admiración al condenado por asesinato de policías Antauro Humala.
Esta película ya la vimos, pero esta vez el riesgo de que tenga secuelas interminables es latente.
Fuente: elcomercio.pe