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Durante mucho tiempo, la muerte ha sido un asunto que se suele esquivar. Escondida en eufemismos, procesada en privado y susurrada en voz baja, son pocos quienes le dan la importancia que merece. Sin embargo, en paralelo al creciente interés por la salud mental, empieza a abrirse un espacio para hablar también de lo inevitable: la pérdida. En ese terreno, aún poco explorado, aparece la tanatología, una disciplina que propone acompañar el duelo desde una mirada más amplia, humana y honesta.
“La tanatología es una ciencia que se dedica al estudio de la muerte y de los fenómenos sociales y humanos que surgen a raíz de la muerte y la pérdida”, explica la médica y tanatóloga Karina Zegarra. En la práctica, en tanto, la tanatología no se reduce únicamente a acompañar la muerte, sino a entender todo lo que se mueve alrededor de ella.
En esa línea, Tiza Martínez, tanatóloga, explica el universo del duelo: “El duelo es cualquier pérdida que nos rompe el corazón. Cualquier cosa que amamos profundamente y ya no está”, indica. Bajo esa lógica, la tanatología no se limita a la muerte de un ser querido, sino que también incluye el acompañamiento en rupturas amorosas, mudanzas, cambios de vida, enfermedades o incluso la pérdida de una versión de uno mismo.

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“Si lo analizas, la vida es un conjunto de pérdidas. Por los cambios que se suceden en las distintas etapas, por el crecimiento en sí mismo, estamos constantemente despidiéndonos de algo”, reflexiona Zegarra. En ese sentido, la tanatología no aparece solo en momentos críticos, sino que puede ser una herramienta útil en cualquier etapa significativa de la vida.
Duelos cotidianos
Uno de los aportes más importantes de esta disciplina es ampliar la idea de duelo. Culturalmente, solemos validarlo solo cuando se trata de una muerte cercana. Todo lo demás (una separación, la pérdida de la salud, una mudanza, por ejemplo) tiende a minimizarse.
“Un duelo poco visibilizado es el del cambio de estilo de vida”, señala Zegarra. “Dejar una actividad que te gustaba, una carrera, tu casa, incluso perder una mascota”, añade. Sin embargo, todas esas experiencias implican una ruptura emocional que merece ser atendida, emociones que tienen que ser visibilizadas.
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Martínez coincide: “Una niña que se muda de casa puede sentir un duelo profundo, mientras que su hermana mayor puede estar feliz por la situación. Y es que cada uno vive las situaciones de manera única”. Esa individualidad es clave: no hay duelos correctos ni comparables. Cada proceso tiene su propio ritmo, intensidad y expresión.
El problema es que, como sociedad, aún solemos incomodarnos frente al dolor ajeno. Intentamos apurarlo, suavizarlo o incluso negarlo. “Muchas veces se comete el error de decirle a la persona que no llore, que sea fuerte, que lo supere, que ya pasó el tiempo. Pero el duelo no es lineal, es cíclico. Puede reaparecer en distintos momentos y es válido”, advierte Zegarra.
Martínez lo explica también: “El duelo es como una herida. Si te cortas, le das tiempo para cicatrizar. Con el dolor emocional debería pasar lo mismo. Ignorarlo o minimizarlo no lo hace desaparecer; al contrario, puede acumularse y reaparecer en el futuro. Asimismo, otro error que suele cometerse es compararse: tu duelo no tiene por qué ser el mismo que el de tu amiga o tu familiar”, precisa.
Reconciliarse con la muerte
La tanatología ofrece algo que muchas veces falta: un espacio seguro para transitar el dolor sin juicios ni apuros. “Lo que ayuda es validar el dolor, independientemente del tipo de duelo. Brindar un espacio donde la persona se sienta escuchada y acompañada”, explica Zegarra, para quienes tenemos a alguien cercano viviendo un duelo y no sabemos cómo actuar.
“No hay que buscar ‘arreglar’ el dolor ni eliminarlo, sino vivirlo”, aclara por su parte Martínez. “En estas situaciones el ser humano tiende a querer solucionar, pero en el duelo a veces basta con acompañar, escuchar”, agrega.
En la situación específica de enfrentarse a la muerte (por enfermedades terminales, por ejemplo) el acompañamiento de la tanatología no solo es pertinente para quienes se encuentran viviéndolo en primera persona, sino también para su entorno, ya que saber cómo estar presentes frente al dolor de otro puede ser igual de desafiante. “La mejor manera de acompañar es estar ahí. Sin dar consejos, sin comparar, sin tratar de llenar el vacío. Sostener incluso el silencio”, apunta Martínez.
No hay un único momento correcto para acudir a un tanatólogo. Puede ser tras la muerte de un ser querido, ante un diagnóstico médico, después de una ruptura o incluso en procesos de cambio personal.
Zegarra señala que los casos más frecuentes que acompaña están relacionados con fallecimientos y enfermedades que implican cambios radicales en la vida, como el cáncer o condiciones autoinmunes. Pero también son comunes los duelos por separaciones, pérdida de vínculos, mascotas o transformaciones importantes en la rutina.

Martínez, por su lado, insiste en que no hay que esperar a “tocar fondo”. “Buscar acompañamiento te permite transitar el dolor de la mejor manera”, dice. No para evitarlo, sino para atravesarlo con mayor conciencia.
La paradoja es evidente: todos sabemos que la muerte es inevitable, pero actuamos como si no existiera. Y en ese silencio se pierde la posibilidad de prepararse emocionalmente, de cerrar ciclos y de decir lo que queda pendiente.
“Cuando no queremos ver la muerte, no nos entregamos a la vida”, reflexiona Martínez. En ese sentido, si reflexionamos lo suficiente, pensar en la finitud puede no ser un miedo, sino un impulso para vivir con mayor conciencia. //
Fuente: elcomercio.pe