Keiko, ¿a la cuarta la vencida?, un perfil de la lideresa de Fuerza Popular, por Fernando Vivas

A Keiko Fujimori no es necesario presentarla como a Roberto Sánchez. Todos la vimos crecer con la política. Su ‘coming of age’ sentimental fue ocupar el cargo de primera dama de la república en 1994 (tenía 19), tras la estrepitosa separación de sus padres, Alberto Fujimori y Susana Higuchi. Más adelante, en el 2000, se opuso públicamente a la decisión de su padre de lanzarse a la re reelección y apañar a Montesinos. Hoy es más fujimorista que eso.

Alguna vez, cuando el cerco judicial se cerraba sobre ella amenazando con llevarla a detención preliminar seguida de un pedido de prisión preventiva -cosa que en efecto sucedió en el 2018, por un cargo de lavado de activos que hoy se cayó – confesó que la idea de ser primero congresista y luego candidata presidencial no nació de ella sino de su padre. Ella se lo pensó dos veces, como se lo ha pensado en cada una de las cuatro oportunidades en las que se lanzó y llegó a la segunda vuelta. Se curtió tanto para perder como para perseverar.

(ARCHIVO) Foto de julio de 1990 de la familia de Alberto Fujimori en al inicio de su primer mandato. AFP PHOTO/FILES/Palacio de Gobierno (Photo by FILES/PALACIO DE GOBIERNO / AFP)

Su presencia en la política ha estado acompañada de una judicialización extrema que convirtió armas legales en nucleares, con efecto devastador sobre la estabilidad de su familia, partido y patria. Fue su bancada la que esgrimió y logró que se aprobara la primera moción de vacancia de nuestra historia por incompatibilidad moral permanente contra PPK en el 2017 (es cierto que su padre fue vacado por esa misma causal en el 2000, pero fue un añadido simbólico a la vacancia expedita por abandono de cargo) hasta lograr su renuncia en marzo del 2018. La réplica fue un paquete de mortíferas cuestiones de confianza y una bomba atómica retardada, ejecutada por Martín Vizcarra: la disolución del Congreso en el 2019, cuando Fuerza Popular (FP) tenía la mayoría absoluta.

No se puede entender a Keiko sin su padre y su partido. Lo fundó con el nombre de Fuerza 2011, con el mismo desdén organizativo con el que Alberto fundaba partidos con fecha de emergencia y pronta caducidad. En el 2012 lo rebautizó como Fuerza Popular, decidida a crear un fujimorismo con identidad propia, la suya. Le costó mucho, en la campaña del 2016, afirmar sus diferencias abrazando ideas liberales y dejando fuera de la lista a cuadros ligados a su padre. Nos quedamos con la duda de si su derrota se debió a esos guiños a su anti electorado ‘caviar’ o a que no hizo los suficientes. En todo caso, su entorno escogió la primera respuesta y la atrapó en el dogma de la derecha conservadora. Con esa constricción, volvió a ser derrotada en el 2021 ante Castillo. ¿Qué le trajo de nuevo la última campaña?

Sin rencores

El partido no dio en el quinquenio ninguna señal de retomar experimentos liberales. Por el contrario, la moda de extrema derecha lo afirmó en su conservadurismo.

Sin embargo, a los fujimoristas de viejo y nuevo cuño les sucedió algo políticamente extraordinario: apareció a su costado, con amplia ventaja en la intención de voto pro 2026, alguien más de derecha.

Rafael López Aliaga y Renovación Popular, hacían palidecer el derechismo de FP, empujándolo, por puro efecto óptico, hacia la moderación. He ahí una fuerza que la movió hacia el centro.

A a la vez hubo una fuerza que mantuvo en su mismo sitio, aunque solitaria. La fragmentación de la oferta y la demanda política, con tantos partidos como nichos electorales, hizo posible que dos pasaran a la segunda vuelta con núcleos duros, sin abrir el abanico: Keiko y Roberto Sánchez. Ella con los seguidores naranjas, fuesen albertistas o keikistas; él con el radicalismo castillista.

Pero en la segunda vuelta, rápido y obligatoriamente, hubo que abrir los brazos a otros, pelear los márgenes, seducir a los tantos indecisos que no votaron por ninguno de los dos. Por eso invitó a ajenos al debate técnico, por eso se apareció con Rafael Belaunde Llosa el domingo pasado, intentando en pocos días hacer lo que en el 2016 concibió desde la primera vuelta.

Más importante que las tácticas y estrategias electorales es lo que pasó a Keiko durante el quinquenio y le dieron una capa de experiencia y madurez que le permite estar más segura de sus posturas: la muerte de su padre y el divorcio de Mark Vito Villanella. Del primero aludió a su herencia política pero no mencionó su nombre en el debate; quizá para no activar innecesariamente el antivoto, quizá porque quiere reafirmar su identidad propia sin dejar de asumirse parte de una dinastía.

En ese debate y en toda la campaña, Keiko Fujimori se entrenó para replicar ataques pero, muy poco, para atacar. Ha prometido no dejarse dominar por rencores, porque sin duda los siente y porque algo tiene que haber aprendido de tres segundas vueltas.

Fuente: elcomercio.pe

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