Hay una señora en Ate que lleva años esperando que le asfalten la calle. No sabe quién es el ministro de Vivienda –tampoco tiene por qué saberlo–, pero sabe, con la certeza de quien ha esperado demasiado, que el funcionario que prometió la obra ya no está en el cargo, que el que vino después tampoco, y que la calle sigue igual. Esa señora no habla de institucionalidad, pero vive sus consecuencias todos los días.
El Perú ha tenido ocho presidentes en 10 años. Detrás de cada cambio de cabeza hubo un alud de cambios silenciosos: ministros que salieron antes de aprender el nombre de sus viceministros, directores que no llegaron a leer los diagnósticos que heredaron, políticas que quedaron a medias como obras abandonadas en la sierra. La inestabilidad no es un problema de titulares; es un problema de pavimento, de hospitales sin médicos, de policías sin equipos, de pequeños empresarios que no invierten, porque no saben qué reglas regirán mañana.
Si los números se confirman y Keiko Fujimori llega a Palacio, la primera señal de que algo puede cambiar no será su primer discurso ni su gabinete inicial. Será, simplemente, que siga ahí en el 2027. Que los ministros tengan tiempo de cometer errores y corregirlos. Que una política de seguridad no muera con el funcionario que la diseñó. Que un escándalo de corrupción no frene un programa de alimentación. En un país normal eso sería el piso mínimo; en el Perú de hoy es un triste avance.
Pero la estabilidad, por sí sola, no alcanza. Estabilidad sin dirección es solo quietud, o el conocido piloto automático. Lo que el Perú necesita con urgencia es que esa estabilidad se use para hacer lo que ningún gobierno de la última década tuvo tiempo ni voluntad de hacer: construir instituciones que funcionen más allá del nombre de quien las conduce. Un sistema de justicia que no dependa de quién llama por teléfono. Una policía con recursos, doctrina y orgullo. Un Estado que llegue a los territorios donde hoy solo llegan el crimen organizado y las largas uñas de la corrupción municipal y regional.
Keiko Fujimori llega con el peso de un apellido que divide y con la experiencia de haber estado tres veces al borde del poder sin alcanzarlo. Eso puede ser una condena o puede ser una oportunidad. Alan García llegó a su segundo gobierno marcado por el desastre del primero y eligió gobernar distinto. No fue un gobierno sin manchas, pero fue un gobierno que entendió que el país necesitaba otra cosa. Fujimori tiene la misma oportunidad: demostrar que aprendió, que el fujimorismo puede ser algo más que un reflejo del pasado.
Para eso, sin embargo, necesita entender que no puede gobernar sola ni gobernar contra. El 50% que no la votó no es un enemigo por neutralizar: es la mitad del país que también tiene una señora esperando que le asfalten la calle.
El Perú está agotado de promesas y de crisis. Está agotado de esperar que alguien se quede el tiempo suficiente para terminar lo que empieza. Esa es, en el fondo, la demanda más humana que existe: no un salvador, no un milagro económico, no una refundación. Solo alguien que se quede. Que trabaje. Que entienda que gobernar es un oficio de paciencia y que los grandes cambios no salen en el noticiero del día siguiente, sino en la vida de las personas, cinco años después.
El Perú no puede darse el lujo de otro gobierno corrupto y/o banal que se rompa antes de tiempo. Esta vez, que alguien se quede.
Fuente: elcomercio.pe