Los científicos sociales recurrimos frecuentemente a dos marcos interpretativos para entender fenómenos políticos como, por ejemplo, los resultados electorales. El primero apuesta por una explicación estructural. Las divisiones y fracturas sociales, congeladas en el tiempo, ayudan a comprender la mayoría de los eventos políticos. Profundos desencuentros históricos, ya sean de clase, de territorio, de presencia estatal, entre otros, explican que, por ejemplo, el país se divida previsiblemente en dos cuando vamos a las urnas en un balotaje. El segundo, por su parte, pone énfasis en la capacidad de agencia que tienen los actores políticos que son capaces de escapar del fatalismo impuesto por la historia y las estructuras. Es decir, decisiones estratégicas y narrativas persuasivas de los líderes partidarios permiten relativizar el peso de variables “tan determinantes” como clase y origen geográfico en la decisión que finalmente marcarán los electores en una segunda vuelta.
En las recientes elecciones peruanas, la mayoría de los analistas optó por la primera interpretación, tanto en primera como en segunda vuelta. En los cuatro últimos comicios, se registran patrones recurrentes, más allá de la estrechez de las diferencias. Lima y la costa norte, un circuito urbano integrado y comunicado, con mayor presencia estatal, terminan optando por endosar su apoyo a las opciones de derecha, especialmente al fujimorismo. Por otro lado, el mundo andino, especialmente en el sur, de altas tasas de ruralidad y espejismo estatal, el electorado se inclina recurrentemente por opciones de izquierda, cada vez más radicales que la anterior. Para muestra, unos botones del pasado domingo. En el solvente distrito limeño de San Isidro, el 84% de votos válidos fueron hacia la candidata de Fuerza Popular (y solo 16% para Sánchez), mientras que, en el altiplánico departamento de Puno, el 86% optó por el candidato de Juntos por el Perú (dejando a un 14% en la opción por Fujimori). Dime de dónde eres y te diré cómo votas.
Las tendencias se repiten una y otra vez, cada cinco años, con una misma candidata naranja y, en las dos últimas campañas, con un mismo sombrero como rival. Si a ello le sumamos la definición milimétrica del ganador, parecería que los peruanos estuviésemos atrapados en un mismo día electoral que se repite, una y otra vez, con el mismo mapa electoral, con los mismos triunfadores y vencidos, con el mismo desenlace. Es como ese fatídico ‘loop’ del que no sale el personaje que interpreta Bill Murray, en la película “El día de la marmota”. Hasta que, finalmente, un día se rompe el maleficio. Algo que los politólogos estructuralistas no pronosticaron.
Los que optamos por el enfoque de la agencia política, preferimos hacer notar los cambios a las continuidades. Es que mucho ha cambiado en nuestro país en los cinco años. Una dramática crisis de inseguridad pública y una agudización en la inestabilidad del Ejecutivo que hacían prever una mayor demanda de orden y mano dura. Consecuentemente con ello, la sociedad peruana viró levemente a la derecha, según diversas encuestas nacionales (entre las que destaco las del IEP), que movieron la media ideológica hacia la derecha del espectro político. Como he insistido en mis análisis durante esta campaña, el colchón electoral de la derecha creció en los últimos años. Hay otros dos factores que se suman a la capacidad que tienen los actores de enmarcar las coyunturas a su beneficio. Por un lado, la dinámica de péndulo que orienta al electorado para votar en oposición a la vez anterior. Cada cinco años, los votantes hacen un balance de su decisión anterior y permiten que los candidatos presidenciales practiquen narrativas en provecho de los que proponen el cambio. Por otro, los líderes políticos peruanos, históricamente, tienen esa habilidad de convencer de que merecen una segunda oportunidad. Todos vuelven. Volvió Prado Ugarteche y volvió Fernando Belaunde. Volvió Alan García después de un desastroso primer gobierno. Y el fujimorismo está a punto de concretar lo que pocos creían. Volver a gobernar el país después de 26 años. Estos factores, sin duda, jugaron para la candidata de Fuerza Popular en contra de lo que preveían quienes se aferraban a lecturas estructurales.
Pero también hubo decisiones de los actores políticos que jugaron a favor de Sánchez. Sin duda, la principal, la coalición que forjó de cara a la segunda vuelta. ¿Cómo se explica que el candidato radical de izquierda pasase, en Lima, del 3% al 36% de los votos válidos, en menos de dos meses, superando incluso lo que había obtenido Pedro Castillo en la capital? Muchos analizaron la alianza política de la segunda vuelta de Juntos por el Perú en términos de inconsistencia programática, pero no en su consistencia sociológica. Sánchez mostró la capacidad de convocar a representantes de la mesocracia limeña, a los Francke y los Dancourt, a los Belmont y a los Forsyth, a los Rodríguez Cuadros y a los Guerra García, a la GCU de la China Tudela, para que los limeños culposos cambiaran el Panama hat de un día playero por el sombrero chotano. Asimismo, la activación del antifujimorismo de derecha favoreció a Sánchez. Esta vez no fueron los No A Keiko o los Keiko No Va los que más golpearon al fujimorismo, sino un compañero de barrio ideológico: Rafael López Aliaga. Si bien el exalcalde de Lima terminó plegándose a favor de Fujimori, había movilizado hasta pocos días antes a un sector de sus seguidores en contra de la naranja. Se puede decir que todos los izquierdistas votaron por Sánchez, pero no que todos los de derecha lo hicieron por Fujimori. Como ven, hubo mucho margen de maniobra para cambiar el destino (estructural) del país.
Fuente: elcomercio.pe