Cada 15 de junio, el Perú celebra el Día de la Canción Andina, fecha instituida en 2006 por decreto del presidente Alejandro Toledo mediante el Decreto Supremo 013-2006-ED, con iniciativa de cantantes como Amanda Portales. Sus considerandos destacan que la canción andina es la más genuina, ancestral, tradicional y anónima riqueza testimonial que los pueblos andinos han legado a las generaciones. El 15 de junio abre, además, el ciclo de festividades altoandinas en honor a la tierra y al Sol que se extiende hasta el Día del Campesino el 24 de junio.
Ese reconocimiento tiene una historia que vale la pena recordar. Durante décadas, el huayno, la wifala, la kashua y otras expresiones de la canción andina encontraron en las radios limeñas y en la cultura oficial un espacio reducido. Era la expresión de un Estado que miraba hacia el extranjero en busca de referentes culturales mientras pasaba por alto la riqueza del país que gobernaba. Hoy, 20 años después del decreto que instituyó esta fecha, la canción andina ocupa escenarios que antes le cerraban las puertas. Que el reconocimiento siga siendo más simbólico que real, más decreto que presupuesto, revela una deuda que todos los gobiernos han atendido solo parcialmente.
El Perú que acaba de votar mostró una sociedad dividida territorialmente. Esa fractura tiene causas económicas y políticas, pero también culturales. Un Estado que trata la diversidad como un problema a gestionar en lugar de un activo a desarrollar contribuye a la fragmentación que luego deplora en las urnas. Las políticas culturales sostenidas, con financiamiento real, presencia en las escuelas y alcance en las provincias, son una herramienta de cohesión que el país tiene disponible y subutiliza.
El gobierno que asuma en julio llega en un momento en que la cohesión social importa más que nunca. Dotar al Ministerio de Cultura de presupuesto y capacidad de ejecución real es una decisión que trasciende lo simbólico. El Perú tiene en su música, sus lenguas, sus tradiciones y su cosmovisión una riqueza que puede ser puente entre las mitades que el voto reveló. Lo que la canción andina lleva siglos construyendo desde abajo, el Estado todavía puede aprenderlo desde arriba.
Fuente: larepublica.pe