“Al nuevo mejor amigo de Donald Trump le falló el timing”: Ortiz Bisso y un análisis en frío de los errores de Infantino que pudieron matar el fútbol

El tic tac que por estos días se escucha en Zúrich no corresponde a uno de esos maravillosos relojes mecánicos que aún se ensamblan en Suiza. El sonido que invade los cinco sótanos de la Casa de la FIFA, el búnker donde se delibera sobre el futuro del fútbol mundial, es apenas reconocible. Suena distinto. Es una vibración urgente, acuciante, nerviosa. Se parece al que acompaña a las bombas de tiempo de las viejas películas de espías. Es el sonido del fin. El sonido de la caída de Gianni Infantino.

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Al nuevo mejor amigo de Donald Trump le falló el timing. Su estrecha relación con el presidente de Estados Unidos, el escándalo Balogun, el ‘cooling break’ y otras poco transparentes lindezas estaban aún calientes cuando se le ocurrió apresurar su propuesta de vender una parte de la Copa del Mundo. Por eso se le fue encima la vieja Europa, que en estos momentos reúne fuerzas para sacarlo de la presidencia de la FIFA.

Es curioso que al modelo de Infantino se le llame “privatizador” cuando el planeta fútbol vive gobernado por clubes-estado y fondos de inversión. Como recuerda el periodista Luis Carrillo Pinto, fórmulas similares se vienen aplicando desde hace años en otros deportes con mucho éxito. Usar una empresa que centralice la organización y la comercialización de los eventos le ha permitido a la NBA y la Fórmula 1, solo en la última temporada, generar ingresos por más de US$11 mil millones y US$ 1,400 millones respectivamente.

¿Por qué no replicar este modelo en el fútbol? Aquí la discusión se puede hacer eterna y, por momentos, hipócrita, sobre todo con directivos que ahora se dan golpecitos en el pecho y hablan de “la defensa de los valores” cuando han vendido su alma a las casas de apuestas.

La mejor explicación la ha brindado Carlos Cordeiro, el renunciante asesor de Infantino, quien en un largo post en Linkedin explicó los motivos de su decisión: “La FIFA ya tiene acceso a recursos financieros extraordinarios y si las federaciones y sus miembros consideran que se necesita una inversión adicional para desarrollar este deporte, cuenta con la capacidad financiera para proporcionar ese apoyo a partir de sus recursos actuales”.

Añadió: “Vender una participación permanente en el activo más valioso del fútbol para recaudar 4,2 mil millones de dólares no tiene mucho sentido. Supone hipotecar el futuro del fútbol sin ninguna explicación convincente”.

La desesperación de Infantino lo llevó a oficializar que se estudiaba aumentar a 64 el número de participantes para el próximo mundial. Es que el dinero, dicen, suele calmar los nervios. Pero ni ello consiguió aminorar la presión. La noche del viernes el proyecto se vino de bruces. El sueño de la FIFA Forward Enterprises se fue al hoyo, como lo poco de credibilidad que le quedaba al sonriente Gianni, quien preso de su megalomanía creyó por un momento que podía ser rey.

“La codicia es buena”, decía Gordon Gekko, el avaricioso personaje que interpretara Michael Douglas hace cuarenta años. Por eso, a pesar de esta humillante derrota, no descarten que hoy cuando su destino parece estar definido, aparezca un salvador que ponga stop a la cuenta regresiva y permita a Infantino seguir paseando su pelada cabeza por el mundo, montado en el jet de US$65 millones que le proporcionó a la FIFA el emirato de Qatar. En la vida real, no siempre ganan los buenos.

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Fuente: elcomercio.pe

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