En noviembre de 1963, una erupción submarina frente a las costas de Islandia dio origen a un nuevo territorio en medio del océano. En cuestión de días, el suelo emergió de las aguas del Atlántico Norte y captó la atención de científicos. Bautizada como la isla Surtsey, esta formación volcánica se convirtió en un sitio único para estudiar la colonización de la vida en un lugar nuevo.
Más de seis décadas después de su nacimiento, Surtsey continúa bajo estricta protección. El acceso humano permanece restringido para evitar alteraciones en un experimento natural. Gracias a esta decisión, investigadores lograron documentar paso a paso la llegada de plantas, aves, microorganismos y otros organismos a una superficie que comenzó siendo roca volcánica expuesta al viento, la lluvia y las olas.
¿Cómo nació la isla volcánica?
El primer indicio visible apareció el 14 de noviembre de 1963, a unos 18 kilómetros al suroeste de Heimaey, en el archipiélago de las Islas Vestman, al sur de Islandia. Sin embargo, los expertos consideran que la actividad volcánica había comenzado varios días antes en el fondo marino, a aproximadamente 130 metros de profundidad.

Cuando el magma alcanzó el agua del océano, se produjo una intensa interacción entre ambos elementos. El enfriamiento repentino fragmentó el material volcánico y generó enormes columnas de vapor, ceniza y roca pulverizada que alcanzaron la superficie. Apenas un día después, una nueva masa de tierra sobresalía del mar.
Las erupciones continuaron hasta junio de 1967. Durante ese periodo, sucesivas explosiones y flujos de lava ampliaron la isla hasta alcanzar cerca de 1,41 kilómetros cuadrados. Aunque esa extensión puede parecer modesta, el fenómeno representó una oportunidad excepcional para la ciencia, ya que pocas veces la humanidad ha presenciado el nacimiento de una isla desde sus primeras etapas.
¿Por qué los científicos aislaron la isla?
Poco después de la aparición de Surtsey, investigadores islandeses comprendieron que tenían ante sí un laboratorio natural sin precedentes. El territorio ofrecía la posibilidad de observar cómo se establece un ecosistema desde cero, sin la influencia de carreteras, agricultura, urbanización o especies introducidas por las personas.

Con ese objetivo, Islandia declaró la isla reserva natural en 1965. Desde entonces, solo científicos autorizados pueden visitarla, bajo estrictos protocolos de control.
Las normas prohíben introducir animales, semillas, plantas, restos orgánicos o cualquier elemento que pueda alterar los procesos naturales. Incluso pequeñas acciones podrían modificar décadas de observaciones. Una semilla adherida a una bota o a una prenda de vestir podría introducir una especie de forma artificial y alterar los registros científicos.
La vigilancia constante ha permitido que los investigadores documenten con precisión cada etapa de la colonización biológica. Esta información resulta valiosa para comprender cómo se recuperan los ecosistemas tras erupciones volcánicas, incendios o eventos extremos que transforman completamente un paisaje.
¿Cómo apareció la vida en la isla?
Aunque la isla parecía un entorno hostil para cualquier organismo, la naturaleza comenzó a ocupar el territorio poco tiempo después de su formación. En sus primeros años, Surtsey presentaba una superficie inestable, cubierta por cenizas y rocas volcánicas, sometida a fuertes vientos y a la influencia constante del agua salada.
A pesar de estas condiciones, los primeros seres aparecieron. En agosto de 1964, los científicos detectaron diatomeas en las playas de arena. Estos organismos microscópicos, conocidos por sus estructuras de sílice, constituyeron algunas de las primeras formas de vida registradas en la isla.
Durante la primavera siguiente llegaron semillas y fragmentos vegetales transportados por las corrientes marinas. En 1965 se identificó la primera planta vascular: la oruga de mar, una especie adaptada a ambientes costeros.
Este proceso recibe el nombre de sucesión primaria. Se trata de un fenómeno ecológico que ocurre cuando la vida coloniza un terreno donde antes no existía suelo. Con el paso del tiempo, los organismos pioneros modifican el entorno, enriquecen el sustrato y crean condiciones favorables para nuevas especies.
Décadas después, Surtsey alberga diversas plantas, aves e invertebrados que transformaron de a poco un paisaje estéril en un ecosistema cada vez más complejo.
Las aves se convirtieron en jardineras
Durante años, muchos especialistas atribuyeron la llegada de las plantas principalmente al viento y a las corrientes oceánicas. Sin embargo, investigaciones recientes revelaron que las aves desempeñaron un papel mucho más importante de lo que se creía.
Un estudio publicado en 2025 y difundido por la Estación Biológica de Doñana, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, analizó 78 especies de plantas vasculares registradas en Surtsey desde 1965.
Los resultados mostraron que gran parte de esas especies no poseían características típicas para dispersarse a largas distancias mediante el viento. En cambio, las evidencias apuntan a que gaviotas, gansos y aves costeras transportaron numerosas semillas en su aparato digestivo, entre las plumas o mediante materiales utilizados para construir nidos.
'Las aves resultaron ser las verdaderas pioneras de Surtsey', afirmó el investigador Pawel Wasowicz, del Instituto de Ciencias Naturales de Islandia. Por su parte, el científico Andy Green destacó que estos animales desempeñan un papel fundamental en el movimiento de plantas entre ecosistemas.
Cada ave que aterriza en la isla puede transportar nuevas especies vegetales sin proponérselo. De esta manera, estos visitantes ocasionales contribuyen a enriquecer la biodiversidad y aceleran la transformación del paisaje.
Fuente: larepublica.pe