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Argentina es la aristocracia del genio: en el arco, el capitán indiscutible que odiaba el fútbol, al que consideraba un juego estúpido y una pérfida invención de los ingleses: Jorge Luis Borges es un atajador inmutable. No necesita moverse porque cada pelota que llega ya fue soñada, pateada y refutada por otro Borges enfáticamente circular.
Frente a él, la línea de contención es un dechado de inteligencia desconfiada. Piglia sabe leer la jugada del rival antes de que al rival se le ocurra: para él todo partido es una conspiración y él tiene las pruebas que lo demuestran. Juan José Saer retiene la pelota hasta la exasperación, fiel a su zona, al río, a la frase que no termina nunca porque pervive en la memoria del espectador. Y Bioy, el socio perfecto, nos recuerda que no siempre hay que ser la estrella para ganar el partido.

En el mediocampo reina Cortázar, el ‘10’, que pierde tres pelotas por intentar una gambeta imposible y a la cuarta fabula una jugada que no existe en los manuales. Juan Gelman distribuye hondo, siempre entregando al compañero indicado: capitán moral sin brazalete. Y Aira, extremo perpetuo, corre hacia adelante sin mirar nunca atrás porque enmendar es de cobardes y de cada 10 desbordes desconcertantes, no menos de tres acaban en gol.
El tridente de ataque es una maravilla: muy pocas selecciones del continente pueden exhibir tal poderío. Se despliega con una ferocidad que el resto del once contempla con respeto. Hebe Uhart es una jugadora de maravilloso y bucólico potrero con un humor seco que se ríe de la solemnidad de sus compañeros y contrincantes. Mariana Enríquez sabe causar terror en las defensas contrarias. Ejerce una técnica sucia y mortífera: hace verosímil lo impensable, la mejor manera de quedar en soledad ante el arco. Y la imprescindible Samanta Schweblin, cuya obra es concisa, pero todos sus goles son importantes. Es un elenco que juega con la soberbia hermosa de la posteridad y del mito fundacional. La mejor de las coartadas posibles.
España: el bloque, la memoria y el oficio
España no se acompleja. Deslumbrar no es lo suyo. Salió a resistir, al juego de la paciencia y a todas las formas austeras con las que es posible ganar. Donde Argentina apuesta a la genialidad que en un minuto lo cambia todo, España arma un bloque coral, curtido en los campos de la historia, a puro pulmón, ejerciendo una táctica violencia cuando hace falta.
Bajo los tres palos, Javier Marías sabe demorar las cosas cuando es necesario. Tres páginas de subordinadas para hipnotizar al rival y desactivar cualquier arremetida peligrosa. La defensa es un muro de macizas disidencias. Juan Goytisolo se fue a jugar a Marrakech, pero su rabia es intrínsecamente española, aunque se esfuerce en negarlo cada jugada. Luis Goytisolo, ya inmortal, marca sin fallas y en silencio, sin pensar en los aplausos fugaces: destino de central elegante y rocoso, como los que no se encuentran ahora. Chirbes baja al barro, hace entradas a destiempo y nunca sonríe en las fotos antes del partido, porque no encuentra ningún motivo válido para ella. Y Vila-Matas, imposible de marcar porque nunca está donde se supone: el ideal del líbero invisible.

El mediocampo es altamente laborioso. Muñoz Molina cubre toda la banda, infatigable, dueño de un físico labrado con puro oficio, siempre dispuesto a sacrificarse para que otros brillen. Cercas organiza desde la duda: cada novela suya está protagonizada por un jugador preguntándose en voz alta si debe hacer el pase o no y esa vacilación resulta ser la lucidez que conduce al gol, casi siempre hermoso y extraño. Almudena Grandes corre y crea y marca por los que ya no pueden hacerlo, sin pedir nunca el cambio; el vestuario nacional es más cálido con ella.
Y entonces aparecen los dos poetas, que son el talento raro capaz de decidir un partido donde el marcador no quiere abrirse. Gil de Biedma es intermitente y tiende a aislarse, pero cuando aparece no perdona. Antonio Gamoneda, capitán y ariete mineral, establece su propio partido en una lengua que él mismo ha forjado, y por ello indescifrable para los defensas. En punta, Marsé, nueve tosco y héroe de barrio, repleto de gambetas y quiebres aprendidos en las calles de una Barcelona que ya no existe más.
Es un equipo que, si va a ganar, lo hará por convicción. ¿Tiene menos genio que el rival? Seguramente. Pero es más equipo y eso siempre suma.
Fuente: elcomercio.pe