“Caminar al pasado”, por Alonso Cueto

Caminar siempre es una aventura aun cuando uno recorra siempre las mismas calles, los mismos parques y las mismas avenidas. El ruido y el silencio son los mismos pero siempre llegan tamizados por los sonidos que vienen de dentro. Hoy los árboles que vimos el día anterior lucen algo distintos, con un balanceo inusual en el viento. En el parque hay un festival de niños pequeños, todos en sus cochecitos, como reyezuelos en unas carrozas que reconocen el imperio que ejerce la infancia. Algunos pequeños están con sus madres y muchos con sus abuelas y abuelos. En el otro extremo de las edades, el parque también es refugio de las personas que miran al mundo desde esas otras carrozas, esas de la tercera edad, las sillas de ruedas y los andadores. Unas miradas recias y dulces, con una melancolía petrificada, los enfrentan al mundo. A su lado, hay algunas escuderas que sostienen a estos ancianos, dándoles la compañía que supone la certeza de una conversación breve y casual.

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Caminar supone un recorrido de azares en torno al mundo. Esta tarde, mientras camino por el parque cerca de la casa, oigo la voz de alguien que me llama por mi nombre. Volteo y me encuentro con Alberto, un amigo al que no había visto en cincuenta años. No reconozco su cara después de tanto tiempo, pero sí su conversación. La serie de reuniones que tuvimos en su antigua casa, sus hermanos y hermanas. Le digo que yo era amigo de Jorge, su hermano. Soy yo, dice alguien a su lado. Lo veo. Jorge era uno de mis mejores amigos de entonces y resulta que ahora sigue viviendo en mi barrio y es capaz de seguir conversando y recordando. Pero el tiempo que ha pasado es un abismo. Durante algunos años, estas personas con las que ahora converso de pie, en el parque, eran amigos cercanos. Ahora han resultado accidentes en la caminata, escalas de unos recuerdos entrañables y perdidos. El pasado siempre vuelve pero solo con estos fogonazos que nos iluminan por un momento. La charla es breve y afectuosa. No nos recuperamos de la sorpresa. La generosidad del azar nos ha reunido por unos instantes maravillados. En el recuerdo, éramos tan distintos a quienes somos ahora. Y sin embargo, mientras hablamos somos quienes éramos y seguimos siendo.

Luego de despedirnos, sigo hacia mi casa, sabiendo que esta escala en el recuerdo que me ha permitido la caminata, puede repetirse en algún momento. Seguiremos encontrándonos a lo mejor, seguiremos recordando y nos sentaremos en una banca de parque a mirar la breve juventud que se empeña en seguirnos.

Mientras tanto, el parque sigue poblado de niños de meses o de pocos años. A su lado, los padres o abuelos mantienen un rostro lleno de ilusiones. “No hay presente ni futuro. Solo el pasado, pasando una y otra vez”, dijo Eugene O`Neill en algún momento. No pensaba lo mismo su colega Oscar Wilde quien comentó: “El único encanto del pasado es que es pasado.”

En el camino de regreso, pienso en estos amigos que he perdido y que acaso he recuperado. El oleaje de la vida cotidiana los puede llevar y traer de vuelta. Dependemos de las disposiciones del azar. La caminata por cualquier lugar es un viaje, una exploración y una revelación. Una brisa corre estirando las hojas. Mañana saldremos a caminar de nuevo. Alguien asoma su cabeza en el follaje del tiempo.

Fuente: elcomercio.pe

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