Luego del partido del domingo, evitar romantizar lo argento es difícil, trataré. Mientras el resto de América Latina observa a la Argentina debatirse en sus cíclicas y feroces crisis económicas, el fútbol ha vuelto a poner sobre la mesa una paradoja indescifrable para quienes no somos argentinos. Al haber llegado a su segunda final mundial consecutiva, el país que desafía las leyes de la gravedad financiera demuestra, una vez más, una salud identitaria que envidio desde lo más profundo de mi corazón. ¿Cómo un país tan castigado por sus gobiernos y sus crisis posee una cohesión social tan indestructible? ¿Qué es lo que sucede allí, a pesar de ello? La respuesta, por supuesto, no está en las billeteras, sino en una fisonomía social única en la región: Argentina es, acaso, el único país de América Latina que resolvió con éxito su idea de nación. Es una nación, lo logró.
¿Por qué los Ramones fueron tan venerados en Argentina? ¿Por qué existen personajes tan enigmáticos para nosotros como el Indio Solari? ¿Por qué son tan buenos en el fútbol y, en general, en los deportes en equipo? ¿Por qué son tan fanáticos? ¿Por qué lograron exportar su cultura al resto del mundo, regalándonos, de paso, personajes entrañables y panamericanos? ¿Por qué son tan buenos en el rock? ¿Por qué parecen alzaditos? ¿Por qué cada vez que viajaba por estudios o por chamba, las delegaciones argentinas eran las más unidas, cooperativas y argolleras? ¿Por qué Buenos Aires tiene tantos psicoanalistas? Las preguntas sobre lo argento abundan.
Para calibrar la mística de estos once tipos que se matan en la cancha como espartanos, o el orgullo casi disruptor de cualquier argentino en el extranjero, hay que meter las narices en el origen de todo esto, en cómo empezó. Más o menos, guardando las enormes distancias con un ensayo académico —esto es solo una columna de opinión—, la cosa es así:
A diferencia de naciones vecinas con pasados prehispánicos gloriosos y dominantes o aristocracias criollas que perpetuaron castas coloniales, la Argentina no tenía mucho ni de lo uno ni de lo otro. Y lo poco que tenía, tanto lo virreinal como las raíces originarias (tema de intenso debate), se trató de diluir con la masiva fuerza de las migraciones.
En suma, como país, no tenía mucho pasado, mucha mochila irresuelta. La entonces despoblada Argentina construyó la mayor parte de su presente desde un piso parejo, o desde lo más parecido a ello entre los países de la región. Gracias a las políticas migratorias del proyecto de país y a las guerras en Europa, el grueso de su población bajó literalmente de los barcos entre los siglos XIX y XX. Italianos, españoles, alemanes, también armenios, judíos, eslavos, etc., llegaron a la Argentina sin nada, a hacer la América, y compartieron un espacio crucial en esta historia: el conventillo. Casonas coloniales abandonadas donde docenas de familias inmigrantes alquilaban una habitación y compartían un único patio. En ese hacinamiento, en esa incertidumbre, en esa necesidad, el desarraigo se vio obligado a mezclarse bajo casi idénticas condiciones.
La mayor parte de la intelectualidad argentina le atribuye al educador y presidente por seis años (1868-1874), Domingo Faustino Sarmiento, y a toda la Generación del 80 (sus sucesores), el haber sentado las bases para convertir ese laboratorio humano en una patria a través de la educación pública, laica y obligatoria. La escuela que se promovió fue la gran fábrica de ciudadanos argentinos. Décadas más tarde, sentando al hijo del sastre genovés junto al del comerciante gallego bajo un mismo guardapolvo blanco —diseñado precisamente para borrar las diferencias de ingresos—, el Estado cultivó la argentinidad por encima de la nostalgia de los padres que, aunque se mantuvo, terminó rindiéndose ante lo platense. El sueño sarmientino no fue comunismo ni colectivismo diluyente; fue un proyecto liberal de asimilación cultural que buscaba crear ciudadanos productivos e iguales ante la ley. A diferencia de Estados Unidos o Brasil, por ejemplo, otros países con fuerte migración donde la gente formaba guetos aislados, en Argentina el conventillo y el aula los fusionaron en lo gaucho, en el lunfardo, en el tango, en el mate, en el asado y en el fútbol. En la pampa, plana e interminable. La educación pública los cohesionó.
Esta descomunal fuerza centrípeta es tan potente que se mantiene intacta hasta hoy, a pesar de las crisis. En las últimas décadas, el flujo migratorio cambió de rumbo y Argentina recibió oleadas de ciudadanos de países vecinos. Sin embargo, el sistema no se atomizó: los hijos de esta migración limítrofe reciente entran a la misma escuela pública y asimilan el mismo relato con idéntica intensidad orillera.
Esa transversalidad se traduce de manera brutal en su producción cultural, que desborda los nichos internos a través de un ecosistema interconectado. Son los reyes del rock en español porque exportan una actitud existencial ante las crisis, y sus fenómenos musicales —desde el tango clásico hasta la cumbia villera o el trap actual— no quedan segregados; permean las capas sociales y unifican a la sociedad en una misma identidad estética. Tienen códigos comunes que todos entienden, consumen y defienden con el mismo orgullo con el que se alienta a la selección. El asado y el mate operan ahí como rituales democráticos que se consumen igual en una villa que en Recoleta. A esto se sumó, en su momento, el peronismo que, al margen de ideologías, inoculó un profundo orgullo plebeyo y consolidó una inmensa clase media con gran sentido de pertenencia y comunidad. De ahí, se dice, nace esa seguridad ciudadana tan incomprendida afuera. Cuando un argentino protesta en las calles, no lo hace desde la sumisión, sino desde la horizontalidad. Un mozo, un gerente, un colectivero, un músico se hablan de igual a igual porque su mitología fundacional le enseñó, de arranque, que nadie es más que nadie y que todos son argentinos. La cohesión funcionó porque, como sucedió en los conventillos y en la escuela, los hechos respaldaron el discurso. Son una nación en toda regla. Por eso Messi nunca osó hablar con acento ibérico, a pesar de sus años en España; por eso Milei tuvo que tragar saliva frente al fervor transversal por las Malvinas en la cancha, por citar solo los ejemplos más coyunturales.
Por supuesto, este modelo arrastra sus propios fantasmas y oscuridades. Desde el exterior, naciones mucho más atormentadas los acusan siempre de "creerse blancos". Es cierto, e innegable, que persiste un sesgo eurocentrista, parte del relato unificador, que aún intenta invisibilizar las raíces mestizas de sangre africana e indígena, así como la realidad de las provincias del interior, donde la Argentina profunda late a un ritmo distinto al de Buenos Aires. No obstante, la diferencia con países vecinos como el Perú es abismal. Aquí, entre nosotros, los relatos históricos se enfrentan y las heridas del pasado —como la colonia, la guerra con Chile o las muertes que produjo el terrorismo— tienen una naturaleza groseramente dividida por la etnia, la clase y la distancia geográfica entre la sierra y la capital. En Argentina, en cambio, hasta los traumas son, digamos, mucho más unificados. La inmigración, las dictaduras, los desaparecidos de los setenta y la tragedia de la Guerra de Malvinas no quedaron segregados como dolores de un solo sector. El luto por los conscriptos que murieron en las islas es un dogma transversal; atraviesa clases sociales, ideologías y provincias. Sus tragedias, al igual que sus éxitos, se procesan como un solo cuerpo social. Lo que logra su nacionalismo, pienso, es disociar la política de la patria. Cuando el Estado les falla, les queda esa memoria compartida y esa identidad como salvavidas colectivo.
Lo que vemos en el fútbol es el resultado de este proceso, el premio. El éxito en equipo exige un código común y la capacidad de subordinar el ego al grupo. En sociedades separadas por castas, los triunfos suelen ser individuales. En Argentina, el triunfo es estrictamente tribal. Cuando la pelota rueda, esos jugadores no solo representan a una federación; son el espejo de una nación que se resolvió hace más de un siglo en los patios de las escuelas públicas. Podrá crujir la economía, pero la fe en esa patria civil permanece intacta. Gane o pierda, Argentina ya triunfó en el partido más difícil: el de saber, con absoluta certeza, quiénes son.
Fuente: larepublica.pe