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“Arrastraba el mar detrás de ella como un oscuro crimen”, dice el verso de Silvia Plath. Algo parecido sucede con las novelas negras de Charles Williams (1909–1975), ambientadas en grandes espacios, sea en medio del océano o del desierto de Texas. Tomemos, de entre sus 22 novelas, “Calma total”, una de las más populares, adaptada al cine en 1989 por Philip Noyce, con Nicole Kidman, Sam Neill y un desatado Billy Zane. En medio del Pacífico, John y Rae Ingram, una pareja de recién casados, disfruta de la travesía hasta que un bote solitario se aproxima.
A bordo, un joven afirma ser el único superviviente de la tripulación de un yate, en la que todos han muerto intoxicados. Sin embargo, algo en su historia no encaja. Y cuando John, marino experto, decida investigar el barco abandonado, no será una buena idea que su esposa permanezca sola con el desconocido. En la ficción de Williams publicada originalmente en 1963, la calma del mar se convierte en una trampa.

Como un hallazgo sacado de una novela de suspenso, Hernán Migoya, escritor catalán radicado en el Perú, recupera, traduce y prologa una nueva edición española de “Calma total” que ya circula en Lima. Su conexión con Williams, señala, no es reciente: nació en sus lecturas de verano, a los 12 años de edad. Para entonces, el autor fundamental del género noir en la década del 50 ya había fallecido y caído en cierto inesperado olvido. Pero la fascinación del joven lector lo motivó a convertirse en su biógrafo, su traductor y su solitario defensor. “Me gusta divulgar autores que creo merecen mejor suerte en términos de popularidad o de influencia en la cultura popular”, afirma.

Migoya destaca como uno de los puntos más fascinantes de su literatura la capacidad de Williams para subvertir las convenciones del suspenso. Mientras que el género suele asociarse con la claustrofobia de habitaciones cerradas, Williams logró generar una angustia insoportable en espacios abiertos. En un género plagado de “trampas” y giros de guion, Williams se mantenía fiel a las reglas que él mismo establecía. “Es muy honesto con las reglas que te da al servicio del drama y nunca las rompe. Además, siempre sabe de lo que habla, estemos en un velero o entre una comunidad provinciana, y por eso es tan satisfactorio como escritor de suspenso”, afirma el escritor.
Titulada “Charles Williams: la tormenta y la calma” y publicada a finales de los 90, la biografía de Migoya sobre Williams (la única hasta la fecha dedicada al autor) fue fruto de una investigación obsesiva que le permitió acceder a fuentes directas, incluyendo a su agente, Don Congdon, y también a Alison Williams, su hija. Este acceso privilegiado le permitió desmentir mitos sobre la muerte del escritor —quien se suicidó disparándose con una pistola en la cabeza en 1975—, una historia que durante años fue tergiversada por la industria cinematográfica: en concreto por el cineasta François Truffaut, para promocionar una adaptación de su obra.
Las fotos de papá
Pero he aquí que el arco narrativo de esta historia se hace más complejo. Recientemente, durante un intercambio de materiales para la escritura de su prólogo para “Calma total”, Migoya recibió de Alison unas curiosas fotografías, que testimonian el muy poco conocido episodio de su residencia en el Perú en 1951: su padre comprando un tapiz en una feria en Huancayo, (que ella aún conserva en casa), de las calles de Miraflores, de la Embajada de Colombia en el tiempo en que estaba asilado Víctor Raúl Haya de la Torre. Ese año en la capital incluyó la adopción de un perro llamado Pepe. “Como operador de radio en un buque mercante, Willams era un hombre acostumbrado a viajar. Un señor así debía tener un espíritu aventurero”, explica.

El año en que él y su esposa Lasca Foster vivieron en el Perú fue muy importante, porque fue cuando empezó a publicar en Estados Unidos. Su primera novela, “Hill Girl”, data de esa época. Una de las cartas que conservaba su agente Williams la envía apuntando la dirección de su casa, en la calle Torre Tagle 165, en Miraflores. “Su hija no le daba mayor importancia a ese material, pero a mí me voló la cabeza. Williams vivió solo a unos kilómetros de donde yo vivo”, comenta Migoya, para quien este hallazgo cierra un círculo insólito. El autor que viajó a Perú en 1951, recién casado y con una carrera literaria que despegaba, es el mismo que, décadas después, terminó siendo redescubierto por un español que, años más tarde, viviría en el mismo país que su ídolo. Coincidencias espacio-temporales que él advierte conmovido.
Fuente: elcomercio.pe