Conclusiones de la segunda vuelta

Al escribir estas líneas, y por lo visto durante algunos días más, no sabemos quién será nuestro próximo presidente o presidenta. Pero un resultado tan ajustado nos deja varias lecciones.

Recordemos que las primeras encuestas de cara a la segunda vuelta registraban un empate en la intención de voto entre Fujimori y Sánchez, en la última semana de abril, con altos niveles de indecisión. Comparando con la segunda vuelta del 2021, en la que Castillo partió con una gran diferencia a favor, parecía que en esta ocasión Fuerza Popular tenía un favoritismo claro. Hace cinco años, Fuerza Popular remontó porque logró desnudar la precariedad de la propuesta de Castillo y Perú Libre. Conforme se desarrolló la campaña, con las presentaciones de los equipos técnicos y el debate entre candidatos, Fujimori logró canalizar los miedos y la desconfianza que despertaba una propuesta que se percibía radical, pero al mismo tiempo altamente precaria e improvisada. De esta manera, logró hacer muy disputada una contienda que al inicio parecía irremediablemente perdida.

Esta vez, Sánchez pareció haber entendido mucho mejor qué es lo que necesitaba hacer para ganar que Fujimori, logrando emparejar una contienda que parecía muy desfavorable. Sánchez entendió que necesitaba mostrarse como un candidato viable y solvente, no como la simple repetición de la candidatura de Castillo. Si bien en primera vuelta había establecido alianzas y desarrollado estrategias que lo relacionaron con las izquierdas más extremistas –la primera opción de candidatura presidencial de JP fue Antauro Humala y la segunda Pedro Castillo, pero ambas resultaron legalmente inviables–, y mostró premeditada distancia con sectores tildados como “inconsecuentes”, por decir lo menos, rápidamente asumió que debía, para enfrentar la segunda vuelta, buscar acercamientos con Obras, Ahora Nación, Primero la Gente, Venceremos, el Partido Morado, entre otros. Así, Sánchez enfrentó el debate entre equipos técnicos con un equipo solvente, aunque ciertamente armado a la carrera.

En la otra orilla, Fujimori también buscó respaldos más allá de Fuerza Popular y reconstituyó el apoyo de figuras que había logrado convocar en procesos previos, como Luis Carranza y Vladimiro Huaroc, además de ampliarlo hacia otros sectores, como Carlos Neuhaus y Rafael Belaunde. Sin embargo, en el debate técnico del 25 de mayo, Fuerza Popular no logró establecer una clara diferencia a favor, que es lo que supuestamente lograría con comodidad. Con “empatar” en ese debate, JP logró lo que necesitaba: superar la imagen de precariedad que proyectaba al inicio. El debate presidencial del 31 de mayo siguió una tónica similar: dada su mayor experiencia –cuarto debate presidencial de segunda vuelta–, Fujimori debió haber marcado una diferencia a favor, mientras que Sánchez tuvo un desempeño mejor que el esperado.

En el tramo final de la campaña, Sánchez logró el apoyo de una gran diversidad de agrupaciones y personalidades que al inicio se habían mostrado reticentes a apoyarlo, pudiendo así mostrar amplitud y diversidad. Por el contrario, Fujimori no logró movilizar adhesiones que pudieran ampliar significativamente su convocatoria y tampoco tuvo un discurso convincente dirigido a votantes posibles pero reticentes. Acaso subestimó al adversario o no estuvo dispuesta o no tenía margen para hacer concesiones que necesitaba hacer.

Es así como llegamos al empate de estas horas. La moraleja es clara: un discurso y una lógica amplios y convocantes deben caracterizar al próximo gobierno, para que pueda ser viable. Tanto para Fujimori como para Sánchez.

Fuente: elcomercio.pe

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