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Lejos de las playas y los viajes que suelen marcar las vacaciones de verano en Europa, 180 adolescentes italianos decidieron dedicar dos semanas a levantar viviendas y espacios deportivos en algunos de los sectores más vulnerables de Lima. Con palas, martillos y brochas en mano, los estudiantes, de entre 14 y 16 años, participaron en la construcción de 24 viviendas prefabricadas de madera en Lurín y dos losas deportivas en Pamplona, obras que beneficiarán a cientos de familias.
Los jóvenes forman parte de la ONG Wecare, una organización internacional de voluntariado fundada hace dos décadas por el peruano Fernando Lozada Baldoceda. El grupo llegó al país el pasado 27 de junio y culminó este miércoles su labor social antes de emprender el regreso a Italia.
Lo que comenzó hace más de 20 años con apenas nueve adolescentes se ha convertido en un proyecto internacional que moviliza cada verano a cientos de voluntarios en distintos países.
Fernando Lozada explica en una entrevista a El Comercio que la iniciativa nació mientras trabajaba con jóvenes italianos que crecían en contextos privilegiados y que pocas veces tenían contacto con realidades distintas a las suyas.
“Quise traerlos al Perú para que descubrieran que su tiempo y sus manos podían cambiar la vida de otras personas, pero también la de ellos mismos”, señala.

Actualmente, Wecare desarrolla proyectos de voluntariado en Perú, Argentina, Brasil y Ruanda, y este año movilizará a más de 520 voluntarios. Solo en el Perú participaron 210 personas entre adolescentes, coordinadores juveniles y personal adulto.
Para Lozada, el objetivo va mucho más allá de construir infraestructura.
“Queremos poner juntos dos mundos, el de personas que viven situaciones muy difíciles y el de jóvenes que han tenido muchas oportunidades. Cuando ambos se encuentran descubren que, más allá de las diferencias, comparten el mismo deseo de ayudar”.
La primera parte del voluntariado se desarrolló en Pamplona, donde los adolescentes construyeron dos losas deportivas que durante más de veinte años habían sido esperadas por los vecinos.
Cada una beneficiará aproximadamente a 170 familias y permitirá que decenas de niños cuenten, por primera vez, con un espacio seguro para practicar deporte.
Posteriormente, los voluntarios se trasladaron a Lurín para construir 24 viviendas prefabricadas destinadas a familias en situación de pobreza extrema.
Organizados en equipos de ocho y nueve integrantes, levantaron las estructuras prácticamente desde cero.
“Construimos los cimientos, el piso, las paredes, las ventanas y el techo”, cuenta Nicolo, estudiante de 15 años procedente de Milán.
Aunque ninguno de los adolescentes tenía experiencia previa en construcción, el fundador de Wecare destaca que el entusiasmo terminó imponiéndose sobre la falta de práctica.
“Son jóvenes que nunca habían tocado una pala o un martillo, pero el deseo de transformar la vida de otras personas termina siendo más grande”.
Para Paola Martínez, la casa entregada por Wecare llegó en el momento más importante de su vida.
Hasta hace unos días vivía junto con su esposo, sus dos hijos y otros familiares en una vivienda prestada. Ahora cuenta con un espacio propio que, además, recibió pocos días antes de cumplir 36 años. En una entrevista brindada a El Comercio, nos cuenta que esta vivienda la recibe como si fuese su regalo de cumpleaños.
“Es un regalo de vida. Es un regalo de cumpleaños. Nadie viene y te dice que te va a regalar una casa. Para mí es una bendición de Dios”, afirma.

La vivienda también representa un alivio económico para su familia. Su hija de cuatro años padece hipoacusia bilateral profunda y actualmente recibe terapias mientras espera un implante coclear.
“Ya no me voy a preocupar por el alquiler. Ahora ese dinero podrá servir para otras necesidades de mi hija”.
Una historia similar vive Anabel Flores, madre soltera de dos hijos, quien hasta ahora residía en un cuarto alquilado.

“Yo pensaba que no iba a salir beneficiada. Cuando me avisaron fue una felicidad enorme. Ahora podré ahorrar un poco más para seguir mejorando mi casa”, comenta.
Ambas familias conocieron el proyecto gracias a vecinos de la zona y fueron seleccionadas tras un proceso de evaluación realizado por las organizaciones que ejecutan el programa.
Si las familias recibieron una vivienda, los adolescentes italianos aseguran haber regresado con una nueva manera de entender la realidad.
Elisa, de 15 años y procedente de la ciudad de Varese, reconoce que antes del viaje imaginaba un país distinto al suyo, pero no esperaba cuestionar la forma en que valoraba las cosas cotidianas.
“Me di cuenta de lo afortunados que somos. Muchas veces creemos que todo lo que tenemos es normal, pero aquí los niños comen lo que tienen porque necesitan crecer. Esta experiencia me enseñó a ser mucho más agradecida”.

La estudiante recuerda que las jornadas fueron físicamente exigentes, aunque el resultado compensaba cada hora de trabajo.
“Fue duro, pero al final del día todo vale la pena”.
Además de la construcción, uno de sus recuerdos más especiales fue compartir tiempo con los niños de las comunidades.
“Jugamos, bailamos y pasamos momentos muy bonitos con ellos. Todos son muy cercanos y amables”.
Para Nicolo, el mayor aprendizaje estuvo en descubrir la forma en que conviven los vecinos de las zonas donde trabajó.
“En Milán ni siquiera conozco a todas las personas que viven en mi edificio. Aquí todos se saludan, todos se ayudan y son como una gran familia”.

El adolescente recuerda especialmente la inauguración de una de las losas deportivas en Pamplona que será una zona para que los niños y adolescentes puedan divertirse de manera segura.
“Ver a las madres y a los padres llorando porque sus hijos por fin tenían un lugar seguro para jugar fue algo que llevaré siempre conmigo”.
Aunque este grupo regresará a Italia, el trabajo de la organización en el país continuará.
En los próximos días llegará un nuevo grupo de voluntarios para desarrollar proyectos sociales en Arequipa y la organización ya proyecta nuevas intervenciones en el Perú durante los próximos años.
Para Fernando Lozada, el mayor legado del programa está representado en la construcción de las viviendas y en las losas deportivas construidas, pero sobre todo en la transformación que viven quienes participan.
“No tengan miedo de donar su tiempo. La vida es una sola y compartirla con quienes más lo necesitan también nos transforma a nosotros. Ojalá aprendamos a trabajar juntos y a ser más solidarios, porque muchas veces la diferencia entre quien tiene y quien no tiene simplemente ha sido cuestión de suerte”.
Fuente: elcomercio.pe