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En mayo de este año, el doctor Enrique Gil viajó a Egipto junto a un equipo de médicos formados en Lima para realizar dos cirugías fetoscópicas. Sin duda, este viaje marcó un hito en la trayectoria de un especialista que ayudó a desarrollar la cirugía fetal en el Perú; sin embargo, el desafío es otro: conseguir que la medicina y la cirugía fetal lleguen también a las gestantes que viven fuera de Lima.
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Operar a una bebé antes de que nazca parece una escena de ciencia ficción. Para Gil de 41 años, sin embargo, esa posibilidad dejó de ser una idea abstracta el día que, durante una rotación en Londres, vio por primera vez un feto de aproximadamente seis meses siendo operado dentro del vientre de su madre.
“Esa experiencia para mí fue impactante, porque marcó el antes y el después”, recordó en conversación con Somos.
Aquel día decidió que quería dedicarse a la cirugía fetal. Años después, aquella elección lo llevaría mucho más lejos de lo que imaginaba: de viajar al extranjero para formarse hasta realizar cirugías fuera de nuestras fronteras.
Pero antes de llegar hasta allí tuvo que aprender a hacer algo que, cuando comenzó a estudiar medicina, ni siquiera estaba en sus planes.
De la ginecología a operar bebés antes de nacer
Cuando Enrique Gil empezó a estudiar medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la cirugía fetal no formaba parte de su proyecto profesional. Hijo de un ginecólogo obstetra y de una anestesióloga, siguió inicialmente el camino de la ginecología casi por herencia familiar y se imaginaba un futuro ligado a la cirugía laparoscópica.
Sin embargo, la experiencia en Londres cambió ese rumbo. Durante dos meses acompañó al profesor Kypros Nicolaides, uno de los referentes mundiales de la medicina fetal. Después de aquella rotación, ganó una beca y se formó durante dos años en medicina fetal en Inglaterra. Perfeccionó sus habilidades ecográficas, pasó meses observando cirugías y finalmente tuvo la oportunidad de especializarse en cirugía fetal.
Pero tras esa experiencia, todavía le faltaba una pieza decisiva: la cirugía para corregir la espina bífida antes del nacimiento. Por ello, entre 2016 y 2017 se trasladó al Cincinnati Children’s Hospital en Estados Unidos, para especializarse en esta técnica.
Solo después de completar ese entrenamiento decidió volver al Perú por insistencia de su madre, quien le repetía que debía devolverle al país todo lo aprendido. Pero la realidad médica local fue un choque directo: “Me encontré con gestantes cuyos bebés tenían diagnósticos de anomalías, pero que ni siquiera podían acceder con facilidad a una ecografía. En el sistema de salud pública se demoraban tres meses para darle la cita, no tenían ecógrafos de buena calidad ni personal capacitado”, expresó.

Fue entonces cuando la cirugía fetal dejó de ser para él solamente una subespecialidad médica, convirtiéndose en una forma de responder a esa brecha, por lo que comenzó a atender a pacientes de bajos recursos, impulsó la creación de una fundación para ofrecer procedimientos gratuitos y empezó a sistematizar intervenciones que hasta ese momento no se realizaban en el país.
Pero, ¿cómo se opera a un bebé que todavía no ha nacido?
Una cirugía que empieza mucho antes del quirófano
La imagen de un equipo médico interviniendo a un bebé dentro del útero puede resultar difícil de imaginar. Sin embargo, en el campo de la medicina fetal, llegar al quirófano no es primer paso.
“La cirugía fetal, como cualquier otra especialidad, se basa en el diagnóstico prenatal: en decidir cuándo se debe operar y cuándo no. Del total de patologías, solo un 10% requiere una intervención intrauterina”, explicó el doctor Enrique Gil.
Eso significa que detectar una anomalía no equivale automáticamente a indicar una cirugía. Primero hay que determinar qué problema presenta el feto, qué riesgo representa y si una intervención antes del nacimiento puede cambiar realmente su pronóstico.
De acuerdo con el especialista, de cada 100 embarazos, dos o tres presentan alguna complicación, pero solo una de cada mil gestantes necesitará una cirugía fetal para salvar la vida de un bebé. Y para que esa posibilidad exista, el diagnóstico debe llegar a tiempo.
En este sentido, Gil enfatizó la importancia de tres evaluaciones ecográficas durante el embarazo, alrededor de las 12, 22 y 36 semanas, por lo que una anomalía detectada oportunamente permite planificar el manejo, mientras que un diagnóstico demasiado tardío puede cerrar la posibilidad de una intervención.
“Por ejemplo, en el caso de espina bífida, si se diagnostica alrededor del quinto mes puede evaluarse una cirugía fetal, pero si se detecta recién en el mes ocho, puede ser tarde”, detalló.
Además, no todo paciente y no toda patología se tiene que operar. La razón es que estas operaciones tienen una dificultad particular: el bebé no es el único paciente, también lo es la madre. Para llegar hasta el feto es necesario intervenir dentro del útero, donde existe el riesgo de dañar las membranas y provocar un parto prematuro. Por eso, la cirugía se reserva para situaciones en las que existe un riesgo importante para la vida o la calidad de vida futura del bebé.
“Un labio leporino no se opera dentro del útero. En cambio, un tumor pulmonar sí, porque pone en riesgo la vida del bebé”, aclaró.
Cuando una intervención está indicada, existen tres formas principales de acceder al feto. La primera es la vía percutánea, mediante una aguja guiada por ecografía. En determinados tumores, por ejemplo, se introduce una fibra láser para cauterizar los vasos sanguíneos que los alimentan.
La segunda es la cirugía fetoscópica, en la que se introduce un instrumento de apenas 3,2 milímetros que permite visualizar directamente el interior del útero para tratar complicaciones de embarazos múltiples, hernias diafragmáticas congénitas o bandas amnióticas.

Y existe una tercera modalidad, más invasiva: la cirugía fetal abierta, reservada para casos como la espina bífida. En ella se realiza una incisión de solo tres centímetros en el útero, se expone la espalda del bebé, se repara el defecto en la columna junto con un neurocirujano y se vuelve a cerrar para que la gestación continúe.
Es precisamente aquí donde la cirugía prenatal cambia el destino. “De no haber sido intervenidos, muchos de estos bebés habrían fallecido antes de nacer o habrían quedado imposibilitados de caminar. Una perspectiva que hacia el futuro promete ser aún menos invasiva con la llegada de la cirugía robótica, el uso de células madre y la inteligencia artificial para afinar los diagnósticos”, destacó el especialista en medicina fetal.
De aprender en el extranjero a llevar la cirugía fetal a África
Durante años, el camino parecía tener una sola dirección: si un médico latinoamericano quería aprender cirugía fetal, tenía que viajar al extranjero. Enrique Gil fue uno de ellos. Pero en mayo ocurrió algo que habría sido difícil de imaginar cuando él comenzó su formación: viajar a Egipto para realizar cirugía fetal y mostrar cómo se desarrolla este procedimiento en el Perú.
La particularidad es que Gil no viajó solo. Llevó consigo al equipo de cinco médicos que había formado en el Instituto Nacional Materno Perinatal. El objetivo no era únicamente realizar las intervenciones, sino también que sus colegas conocieran de primera mano cómo se trabaja en otros países y adquirieran experiencia en un escenario internacional.
La misión surgió después de que Gil dictara en Egipto un curso teórico, pero esta vez, el Ministerio de Salud egipcio quería ver al equipo peruano en acción, teniendo como resultado dos cirugías fetoscópicas realizadas en El Cairo.
Para Gil, la experiencia tenía un significado que iba más allá de las intervenciones. “Tenemos este concepto de que, porque es el exterior, nosotros no podemos exportar ciencia, y eso es totalmente falso”, sostuvo. Según explicó, Perú ya realiza los mismos procedimientos de cirugía fetal que se llevan a cabo en otros países; sin embargo, el desafío ahora es conseguir que esa capacidad llegue a más gestantes dentro del propio territorio.
El primer obstáculo para lograrlo es el acceso a la tecnología que permite detectar a tiempo a los bebés que podrían necesitar una intervención. Un ecógrafo especializado puede costar alrededor de US$100.000, una inversión difícil de asumir para muchos hospitales públicos. Y sin una ecografía adecuada no hay diagnóstico prenatal; sin diagnóstico, tampoco existe la posibilidad de derivar a tiempo a una paciente.
Por eso, descentralizar esta disciplina exige algo más que comprar equipamiento: requiere especialistas capaces de interpretar correctamente cada ultrasonido. Con ese objetivo, el Instituto Peruano de Medicina y Cirugía Fetal forma desde 2019 a 48 ginecólogos al año. La diferencia es clave: Gil aclaró que estos médicos no son preparados para operar dentro del útero, sino para realizar ecografías de alta precisión, detectar anomalías a tiempo y brindar consejería.
“La cirugía fetal representa el 10% de lo que es la medicina fetal”, señaló. Por ello, el crecimiento de esta especialidad no depende de tener decenas de cirujanos fetales, sino de contar con una red mucho más amplia de médicos fetales capaces de detectar a tiempo los casos que requieren intervención.
Aunque ese proceso ya dio sus primeros pasos con intervenciones fuera de Lima —en Arequipa y Piura desde 2024, con miras a llegar a Tarapoto—, el objetivo final es que la medicina materno-fetal sea reconocida formalmente como subespecialidad y que cada región de salud cuente con su propio centro de diagnóstico, conectado al Instituto Nacional Materno Perinatal como centro de referencia nacional.
“No es un cambio que pueda ocurrir de un año para otro. Es un trabajo de hormiga. Podrían necesitarse entre cinco y diez años para consolidar una red de este tipo. Sin embargo, el Perú ya ha demostrado que puede exportar su ciencia médica al extranjero. El reto ahora es conseguir que cualquier gestante del país pueda acceder a la tecnología y al diagnóstico oportuno que le permitan saber, a tiempo, que esa cirugía existe”, resaltó el doctor Gil.

La medicina donde más se necesita
En una especialidad en la que un diagnóstico oportuno marca el futuro de un bebé, el acceso también forma parte del tratamiento. Pero ¿qué ocurre cuando una gestante recibe una indicación médica de este tipo y no cuenta con los recursos para pagarla?
Esa es una de las brechas que el doctor Enrique Gil busca acortar a través de la Fundación Materno Fetal Nicolás Gil. El modelo no nació de una gran estructura hospitalaria, sino de una premisa más sencilla: poner a disposición de pacientes vulnerables la tecnología, la experiencia y, sobre todo, el tiempo de los especialistas.
“El ecógrafo ya lo teníamos; el fetoscopio y los insumos fueron una inversión nuestra”, indicó Gil. Lo que decidió no cobrar fue el trabajo profesional de su equipo en los casos en que las familias no pueden asumir el costo.
Para acceder a este apoyo, el proceso de atención sigue un canal estructurado:
- Evaluación inicial y filtro social: La gestante contacta al Instituto Peruano de Medicina y Cirugía Fetal. Si carece de recursos, una asistente social evalúa la situación socioeconómica de la familia.
- Consejería especializada: Debido a que no todo caso requiere quirófano, el equipo determina si corresponde un manejo expectante, un tratamiento posnatal o una cirugía intrauterina.
- Intervención y seguimiento: Si la cirugía es percutánea, se realiza en el instituto; si es fetoscópica o abierta, se canaliza sin costo a través del Instituto Nacional Materno Perinatal. Para evitar desarraigos, la gestante realiza el seguimiento prenatal y posquirúrgico en los hospitales de referencia de su propia región.
Sin embargo, para Enrique Gil atender gratuitamente a algunas pacientes no resuelve el problema de fondo. Si el principal obstáculo para la medicina fetal en el país es que muchas gestantes ni siquiera tienen acceso a una ecografía especializada, el siguiente paso es ir a buscar a esas pacientes antes de que lleguen al hospital.
Por eso, la fundación prepara una nueva etapa: buscar apoyo de empresas privadas para financiar campañas de diagnóstico prenatal con ecógrafos portátiles y equipos médicos que puedan desplazarse a distintas regiones del país.
La idea es llevar estas campañas a ciudades como Iquitos, Moyobamba, Cajamarca, Puno y Tacna, con médicos que puedan realizar evaluaciones y detectar tempranamente patologías fetales que, en algunos casos, podrían requerir una intervención.
“El objetivo es no quedarse esperando a que el sistema público consiga los equipos necesarios, sino comenzar a generar capacidad de diagnóstico mientras se impulsa una solución más amplia desde el Estado”.
Defender la vida desde el vientre
Después de más de un centenar de procedimientos, años de formación y vivencias dentro y fuera del país, el doctor Enrique Gil reconoció que hay algo que no ha cambiado desde aquella primera cirugía fetal: la pasión por lo que hace.
La experiencia le ha dado temple, agilidad ante las complicaciones y capacidad de liderazgo en el quirófano. Sin embargo, no ha anestesiado la sensibilidad que considera indispensable para intervenir a un ser humano antes de su primer respiro.
Para el especialista, esa mirada redefine el punto en que empieza la medicina: cuidar a una persona es defenderla desde el vientre. Al final, más allá de la tecnología o de llevar la cirugía peruana a otros continentes, su motor sigue siendo el mismo: lograr que esa oportunidad llegue a quien más la necesita, en el momento exacto en que una familia buscar salvar una vida.
Fuente: elcomercio.pe