El calvario para llegar a nuestra puerta con el mundo

En junio del año pasado se inauguró, con gran expectativa, el nuevo aeropuerto Jorge Chávez, y celebramos con justicia que Lima contara, por fin, con un terminal aéreo a la altura de sus aspiraciones. Ya entonces advertíamos, sin embargo, que la modernización de las pistas y las salas de embarque no bastaba por sí sola: faltaba resolver, además, las vías de acceso, el abastecimiento de combustible y el servicio de Migraciones. Trece meses después, el primero de esos pendientes sigue sin saldarse, y el costo lo pagan a diario miles de pasajeros atrapados en un tráfico que roza lo absurdo.

Los reportes recientes documentan lo que cualquier usuario del Jorge Chávez ya sabe por experiencia: recorrer pocas cuadras en las avenidas Faucett, Morales Duárez o Santa Rosa puede tomar más de una hora. Las obras del metro de Lima y del puente Santa Rosa redujeron carriles sin ofrecer alternativas viables, mientras el intercambio vial que aliviaría el nudo lleva siete años de retraso. El resultado son pasajeros que bajan de sus autos y corren con maletas entre vehículos, expuestos a atropellos, para no perder su vuelo. Una ambulancia inmovilizada por 25 minutos prueba que el problema compromete algo más que la puntualidad de un viaje.Esto no es solo un asunto de tránsito local. El Jorge Chávez es el principal aeropuerto internacional del Perú, la puerta de entrada casi exclusiva para el turismo y la inversión que el país necesita atraer. Cuando un visitante extranjero pasa horas atrapado para llegar a su vuelo o ve a otros conductores correr entre pistas por pánico, la imagen que se lleva del Perú es de caos. Esas experiencias se transmiten, como ya advertimos, entre quienes evalúan visitarnos algún día, y no pocos terminarán desanimándose.

Resulta inaceptable que, con el aeropuerto ya operando hace más de un año, el Estado todavía no priorice obras que estaban proyectadas desde hace más de una década. Las autoridades deben entender que un aeropuerto de clase mundial no se sostiene solo con pistas modernas: exige también accesos dignos, seguros y no provisionales. Por ello, priorizar el intercambio vial Faucett-Morales Duárez y la autopista Santa Rosa es una obligación y, mientras esas obras avanzan, la PNP debe implementar de inmediato un plan de agilización del tránsito en la zona, con señalización clara y personal permanente en los tramos críticos, para aliviar el caos que hoy sufren los viajeros.

El próximo gobierno tiene la obligación de destrabar estas obras con urgencia, pues cada mes de indecisión suma un capítulo más a la mala reputación que el país exporta. La modernización aeroportuaria seguirá siendo una promesa incumplida mientras el camino hacia ella siga siendo un vía crucis.

Fuente: elcomercio.pe

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