En campaña electoral, el lenguaje adquiere una maleabilidad peculiar. Palabras como ‘moderación’, ‘amplitud’ o ‘convergencia’ circulan con una generosidad que invita a la sospecha. Cuando un partido o candidato anuncia que ha moderado su discurso para convocar a más ciudadanos, cabe preguntarse si estamos ante una evolución genuina de pensamiento o ante el ajuste táctico de quien sabe que su agenda real no resistiría el escrutinio del electorado. Si una posición política solo puede ser presentada con matices para resultar aceptable, todo indica que los matices son el disfraz, no la sustancia.
El caso de Roberto Sánchez y de Juntos por el Perú ilustra esta tensión con claridad. A su alrededor se ha ido congregando una alianza que, a primera vista, parecería reflejar amplitud ideológica. Pero la composición de esa coalición sugiere otra cosa. Como reza el dicho popular sobre el perro, el pericote y el gato que se juntan, no por afinidad sino por conveniencia, lo que aquí parecería unir a actores tan disímiles no es una visión compartida del país, sino la expectativa de lo que podría obtenerse en caso de victoria. Figuras de izquierda radical conviven con oportunistas sin ideología definida, todos bajo el mismo techo electoral. La diversidad aquí no es señal de apertura; es el síntoma clásico de un armado transaccional.
El patrón se volvería más nítido al observar algunos casos concretos. El respaldo del propio excandidato presidencial Ronald Atencio a Sánchez podría no ser ajeno a la expectativa de beneficios futuros para su defendido, el sentenciado por terrorismo Guillermo Bermejo, que podría traducirse en su liberación u otras consideraciones legales.
El caso del exalcalde de Lima Ricardo Belmont ofrece otro ejemplo de la misma geometría. Su acercamiento a Sánchez estaría acompañado, todo indica, de la expectativa de obtener una concesión de una señal de televisión. Si ello fuera así, el vínculo no sería político, sino por un beneficio directo, disfrazado de adhesión electoral del octogenario excandidato presidencial.
Hay un dato que los entusiastas de la moderación prefieren ignorar: el asesino Antauro Humala sigue siendo parte del paisaje político de esta alianza. Quienes hoy celebran el supuesto giro al centro saben perfectamente que Antauro está ahí y se quedan mudos. Ese silencio no es casual: es la prueba más elocuente de que la moderación proclamada tiene límites precisamente donde empieza a incomodar. Una coalición que no puede explicar a uno de sus propios referentes difícilmente puede reclamar que ha cambiado.
Lo que emerge de todo esto no es pues la imagen de un moderado ni la de un líder de amplia convocatoria. Es la de un operador político que ha construido su coalición con base en promesas implícitas y favores diferidos. La moderación, en este contexto, sería el envoltorio de una negociación que prefiere no llamarse por su nombre. El electorado debería observar con atención la composición de esa alianza y pensar si en verdad hay algo que los una además del interés en una parcela del poder.
Fuente: elcomercio.pe