El peligroso silencio

Cuando publiqué en junio del 2025 en este Diario mi análisis sobre las células iraníes de Hezbolá en el Perú, el país aún no estaba en campaña electoral. Hoy, a días de la segunda vuelta, ese texto adquiere una dimensión nueva y urgente. Porque el candidato que disputa la presidencia frente a Keiko Fujimori no solo representa a la izquierda tradicional: lleva en su coalición -aunque nos quieran hacer creer lo contrario- a Antauro Humala, jefe del movimiento etnocacerista, cuya ideología guarda vínculos documentados con el radicalismo islamista iraní que entonces describí.

El caso Muhammad Ghaleb Hamdar no es una anécdota. Este miembro de la Organización de Seguridad Externa de Hezbolá fue arrestado en Surquillo en octubre de 2014 tras una operación de inteligencia conjunta con servicios israelíes. En su basura se hallaron residuos de materiales explosivos, fotografías de objetivos turísticos peruanos y documentación falsificada. Admitió su pertenencia a Hezbolá en el proceso judicial. Esto demostró que Lima no era un destino de tránsito sino un teatro de operaciones real para redes terroristas internacionales. Lo que el caso Hamdar reveló entonces sigue vigente: cuando Irán siente presión geopolítica, activa sus redes asimétricas en América Latina. Y esas tienen ramificaciones peruanas que hoy son más relevantes que nunca.

El vínculo no es abstracto. Edwar Husain Quiroga Vargas, fundador de la organización Inkarri Islam en 2012, construyó un movimiento que fusiona el nacionalismo andino con el Islam fundamentalista chiíta. Se autodefine como etnocacerista y ya en 2021 llamó públicamente a votar por Pedro Castillo, hoy preso por intento de golpe de Estado y cuya reivindicación sigue siendo bandera de Roberto Sánchez. Quiroga envió a decenas de jóvenes peruanos a Irán para ser formados por clérigos próximos a Hezbolá, y la organización estableció células en Apurímac donde, según reportes de inteligencia, hay colaboración con remanentes de Sendero Luminoso. El Inkarri Islam no es una curiosidad sociológica. Es la intersección entre el etnocacerismo de Antauro Humala, el islamismo radical iraní y el terror senderista: un triángulo de fuego en las entrañas del país.

Antauro Humala, recordemos, no es un aliado incómodo que Roberto Sánchez toleró en la primera vuelta. Es el sostén electoral de su candidatura. El propio Antauro lo reconoció sin eufemismos: de los casi dos millones de votos que obtuvo Sánchez en primera vuelta, un millón, a su juicio, le pertenecen. En el cierre de campaña en la Plaza Dos de Mayo, Sánchez lo presentó como la figura que lideraría la lucha contra el crimen en su eventual gobierno. Y sin embargo, en el debate presidencial, ante la pregunta directa de Fujimori, fue incapaz de responder si el asesino de policías tendría algún rol en su administración. Ese silencio no es inocente. Es una admisión de culpa que no osó verbalizar por mera cobardía y falsedad sistemática. Se dedico a callar con un cinismo paradigmático.

El programa de Antauro es conocido y no ha cambiado: paredón de fusilamiento, recuperación militar de Arica y Tarapacá, asamblea constituyente de inspiración etnopatriótica, estado teocrático tahuantinsuyano. Propuestas que el mismo Nieto Montesinos resumió con brutal exactitud: “Paredón, marihuana y estado teocrático tahuantinsuyano. Estamos en pleno siglo XXI.” Un hombre condenado a 19 años de prisión por asesinar cuatro policías, declara sentirse orgulloso del Andahuaylazo, y que lo mejor de la izquierda política era Sendero Luminoso, y que sostiene vínculos con el movimiento que envió peruanos a entrenarse con Hezbolá en Teherán.

A este cuadro de terror se suma la variable programática. Roberto Sánchez llegó a la primera vuelta prometiendo “una alternativa al capitalismo”, revisión de los contratos ley y prescindir de Julio Velarde en el BCR, considerado el pilar de confianza de los inversores frente a la volatilidad política local. Sánchez, el improvisado, a días de la votación, presentó un nuevo plan que promueve exactamente lo opuesto. Siendo advertido por el JNE que los planes de gobierno no pueden modificarse tan tardíamente. No se trata de una evolución ideológica sino de una estrategia de engaño con doble cara calculada por audiencia: Sánchez radical en el sur, Sánchez moderado en Lima. Ollanta Humala usó la misma táctica en 2011 y hoy quieren volver a sorprendernos con lo mismo. El Perú de 2026 tiene instituciones más frágiles, un etnocacerismo y senderismo con cuota parlamentaria real y un candidato impostor que exhibe fotografías con Pedro Castillo como credencial de identidad.

Las células iraníes en el Perú no son reliquias del pasado, tal como sostuve en mi análisis anterior. Son amenazas latentes esperando el momento oportuno. Un gobierno endeudado políticamente con el etnocacerismo — ideológicamente hermanado con el yihadismo radical— no tendría ni la voluntad ni el interés de desmantelarlas. La prevención efectiva del terrorismo requiere un Estado con claridad democrática, no uno construido sobre el “paredón patriótico” y la convergencia con el yihadismo andino. Este domingo, el Perú elige entre dos concepciones del Estado: una que protege la estabilidad democrática, y otra que, en su núcleo más profundo, la amenaza de forma subversiva.

Fuente: elcomercio.pe

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *