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Mobutu Sese Seko era uno de esos dictadores africanos que calzaban con el estereotipo hollywoodense: autocrático, narcisista y ladrón. Según “Financial Times”, su fortuna rondaba los cinco mil millones de dólares. Le cambió el nombre a su país (pasó de llamarse República Democrática del Congo a Zaire) y cuando su selección se convirtió en la primera del África negra en ir a un Mundial (Alemania 74), le regaló un auto a cada jugador.
Ahí las cosas no salieron bien: cayeron 2-0 con Escocia y 9-0 con Yugoslavia. El último rival era Brasil y ante el peligro de una nueva humillación, mandó decir a sus jugadores que si perdían 4-0, no regresaban más. El ‘Scratch’ se apiadó de ellos y apenas ganó 3-0. Por un gol salvaron la vida.
Hoy Congo tiene un presidente elegido, aunque el 69% de su población es pobre y sobrevive en medio de una espiral de violencia que acumula décadas. Pero por estos días sonríe porque 52 años después de la amenaza de Mobutu, su selección volvió a un Mundial, marcó un gol y le arrancó un empate a la Portugal de Cristiano. “Mundial de las sorpresas” se han apurado en bautizar a la competencia norteamericana, como si en cada Copa del Mundo no hubiese resultados insólitos y protagonistas inesperados. ¿Acaso Perú no lo fue en el arranque del 78? ¿Y Camerún en el 82? ¿Ya olvidaron a Ghana en el 2010? Quizás es una manera inconsciente de disfrazar la condescendencia de quienes no aguantan ver un partido completo y nutren su seudoconocimiento con clips de TikTok y las figuritas del álbum Panini.
Es absurdo llamar sorpresa a Marruecos, cuarta en Qatar y finalista de la última Copa Africana. Es ridículo asombrarse con el despliegue de Japón, cuya inquebrantable disciplina bajó de sus nubes a Países Bajos, la Lourdes Flores de la historia de los mundiales. Es temerario menospreciar a Senegal, a pesar de su derrota ante Francia o mirar por encima del hombro a Egipto, que participó en Rusia 2018 con Héctor Cúper en el banco. El buen fútbol no es más propiedad de unos pocos.
Hoy las metodologías se copian y adaptan, se invierten toneladas de dinero en formación y se buscan ‘refuerzos’ por lazos sanguíneos. Hay 79 jugadores nacidos en Francia repartidos en 12 seleccionados distintos. El mejor es Ayyoub Bouadi, el cerebro marroquí de 18 años. Hace unos meses jugaba por los juveniles franceses, pero decidió ponerse la camiseta de sus padres. Las distancias se han diluido. El planeta pelotero ha cambiado para mejor.

El único que no cambia es Lionel Andrés Messi Cuccittini. El 24 de junio cumple 39 años y pareciera que aún tuviera 23. Que lo tengamos entre nosotros en su plenitud, desparramando rivales y alegrías, es un privilegio que tendremos que agradecer siempre. Difícilmente aparezca alguien mejor que él.
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Fuente: elcomercio.pe