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Gringo cojeaba por las calles de San Martín de Porres en busca de alimento. Una enorme herida abierta en la pata trasera derecha lo obligaba a arrastrarla. Los vecinos de la zona aseguran que un auto lo atropelló, pero nadie tiene tiempo para auxiliar a un perro de la calle.
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Cuando el equipo de Voz Animal Perú —una organización que desde hace más de una década rescata a perros y gatos del abandono y el maltrato— acudió al lugar, la situación era crítica: la herida se había infectado y la vida de Gringo corría peligro.
“El médico nos dijo que el nervio principal de la pata estaba comprometido. Para que la infección no siguiera avanzando, tuvieron que amputársela”, recuerda Anaís Anaya, directora de Voz Animal Perú.
Después de recuperarse de la cirugía, Gringo llegó al refugio de la organización en Chilca, al sur de Lima. Aunque era casi un cachorro, reunía las características físicas que convierten a un perro en un firme candidato a pasar el resto de su vida ahí: grande, mestizo y con una pata menos.
“Aquí tienen techo, comida y agua, pero no alcanza el tiempo para darles cariño diario, sacarlos a pasear, hacerlos sentirse queridos. Aquí les falta esa parte con la que sanan el alma y llegan a sentirse especiales. El albergue es mejor que la calle, pero no debería ser el último paso”, agrega Anaís Anaya.
Gringo permaneció en Chilca seis largos años —casi la mitad de la vida de un perro— antes de dar ese último paso, antes de conocer a Andrea Hernández.
Andrea se sumó como voluntaria de Voz Animal Perú por medio de su hermana Catherine, una entusiasta rescatista del equipo que en enero de 2025 adoptó a Romeo, un perro que perdió la pata delantera izquierda en un accidente.
“Estuve yendo con ella [Catherine] por casi un año. Ahí conocí a Gringo, era uno de los perritos más cariñosos y tranquilos. Él siempre me buscaba, eso me llamó mucho la atención”, rememora Hernández, maestra de educación inicial de 25 años.

En diciembre pasado, ella y sus padres decidieron darle hogar temporal a Gringo por unos días. “Queríamos que sienta ese amor de familia por un tiempo, aunque sea por Navidad”, añade Andrea.
Él debía volver al refugio de Voz Animal Perú después de las fiestas de fin de año, pero los Hernández no pensaban dejarlo. “Mi mamá me dijo que se quedaba, que ya veríamos cómo haríamos, pero se quedaba”, narra la joven maestra.
Enseguida, Gringo se convirtió en el perro de toda la familia: en Lima, Andrea y sus padres se encargan de su cuidado; desde España, su hermano Christian y su esposa están pendientes de él y de su manutención.
“Todos nos hemos enamorado de él. En casa, le gusta jugar y corre cuando ve a mi papá o cuando mi hermana viene a visitarnos. En el parque, le encanta echarse y quedarse ahí recostado”, afirma Andrea.
Siempre en buena compañía
“Sí, creo que al final vamos a decidir quedarnos con ellos. Creo que son ellos los que nos escogen y saben en quién confiar otra vez”, me respondió a fines de mayo pasado Karina Escobar, una ciudadana salvadoreña que vive en el Perú con su esposo desde hace poco más de dos años.
Karina, una licenciada en Márketing y Publicidad, conoció a Raúl y Layca a través de una publicación de Voz Animal Perú en redes sociales. Ambos llegaron a su departamento de San Isidro el viernes 15 de mayo.

“Fue alucinante porque desde el primer día, después de olfatearnos, salimos a pasear y al volver, entraron a la casa como si fuera suya. Y nosotros nos enamoramos de ellos, porque son muy dóciles”, comenta.
Al igual que Gringo, Raúl y Layca pasaron seis años en el refugio de Chilca. Ahora son inseparables, pero sus pasados son muy diferentes.
“Él tenía las uñas cortas, el pelo no tan sucio y hasta una cinta de baño. Creo que lo abandonaron, porque se le veía sin rumbo, como buscando a alguien. Tampoco sabía cruzar la pista. Movimos su caso, pero nadie respondió”, recuerda Anaís Anaya.
En cambio, Layca era una típica víctima del olvido: la encontraron muy delgada, infestada de pulgas y garrapatas y en celo, perseguida por una manada de machos. “Por eso la rescatamos. Tenía ehrlichia y parásitos, estaba desnutrida”, acota la fundadora de Voz Animal Perú.
Cuando vivían en Panamá, Karina y su esposo rescataron a seis perros, siempre en parejas. “Cuando están en compañía, ellos afrontan mejor esos tiempos en los que debemos salir y no podemos llevarlos. Les rebaja el estrés”, explica.
Casi dos meses después de nuestra primera conversación, Escobar me escribió un mensaje de WhatsApp. “Adoptamos a los niños”.

Una nueva vida
El año pasado, Pepper vagaba a unas cuadras del local de Chilca. Un severo problema de piel había consumido la mayor parte de su pelaje y en el lomo tenía heridas en carne viva, muchas de ellas con moscas encima. “La encontramos husmeando en la basura, muy enferma. Como ya era mayorcita, de unos 10 u 11 años, no sabíamos si iba a sobrevivir”, recuerda Anaya.
Ella permaneció unos meses en Voz Animal Perú hasta que conoció a Jeanette Zevallos y Alan Christopherson, una pareja a punto de casarse.
“Visitamos el albergue para ver cómo era, qué podíamos hacer para ayudar. Ella, que es pequeñita, nos siguió y se metió a nuestro lado. Sentimos que ella nos buscó a nosotros. Cuando decidimos adoptar [después de la boda], preguntamos por ella y felizmente aún estaba ahí”, relatan Jeanette y Alan.
Pepper arribó a su casa el 15 de febrero de este año. Se adaptó enseguida a la pareja y a Ginger, la perrita que acompaña a los Christopherson y Zevallos desde 2020, el año en que el COVID-19 paralizó el mundo.
“Tienen personalidades distintas, pero las dos se cuidan y se acompañan. Nunca han tenido roces. Nuestra rutina ha cambiado, porque antes Ginger no salía a caminar, pero Pepper sí. Ahora salimos al malecón [de Miraflores] de lunes a domingo, dos o tres veces, y juegan como si fuesen cachorras”, indican.
Munay –amor en quechua– espera impaciente la hora de su paseo. Camina alrededor de su correa a la espera de Daniel Castillo, un joven de 35 años que le brinda hogar temporal desde hace más de dos meses.
“A pesar del poco tiempo, hemos generado una rutina. Es como si él siempre hubiese vivido acá”, dice Daniel un domingo por la mañana. Echado sobre el sillón, el perro nos mira despreocupado.
En el 2023, Castillo perdió al perro con el que vivió 11 años –coincidentemente, la edad que hoy tiene Munay– y recién ahora se siente preparado para compartir su hogar con otra mascota. “He dejado pasar mi proceso antes de animarme otra vez”, remarca.
El joven abogado conoció a Munay por redes sociales, pero prefiere no conocer detalles de su pasado. Solo sabe que tuvo una vida dolorosa antes de ser rescatado por Voz Animal Perú en Villa María del Triunfo. Con eso le basta.
Daniel aún no ha decidido si se quedará definitivamente con Munay, porque “es una gran responsabilidad económica, física y mental”. Mientras lo evalúa, quiere disfrutar con él todo el tiempo que sea posible.
Pero ahora solo le preocupa salir al parque con el perro, que ha comenzado a dar vueltas alrededor de su correa.//
Fuente: elcomercio.pe