- “En el jurado siempre fueron muy estrictos conmigo y eso me afectaba bastante”: el Raphael de “Yo soy” habla del costo personal y físico detrás d…
- “Salir de Proyecto Uno no fue decisión mía”: cantante de “Está pegao” y “El tiburón” recuerda sus inicios musicales y renacer como solista
A Alex Lora todavía le sorprende que niños de ocho o diez años canten sus canciones como si hubieran sido escritas para ellos. Le emociona ver a adolescentes, padres y abuelos levantar los brazos frente al escenario, unidos por una misma descarga eléctrica. Para él, que una nueva generación lo acompañe en ese ritual no es un dato estadístico ni una prueba de vigencia: es una razón para seguir.
“Me causa mucha emoción ver cómo las nuevas generaciones rocanrolean conmigo”, dice el líder de El Tri, con esa mezcla de irreverencia, humor callejero y fe popular que lo ha acompañado durante más de medio siglo. “El Tri, con 58 años ininterrumpidos de rocanrolear, ha retratado en su música a cinco generaciones”, aclara con orgullo.
A los 73 años, Lora sigue en la ruta, con la garganta encendida y el pie sobre el acelerador. Su banda, una de las más emblemáticas del rock en español, vuelve al Perú con la gira Adictos al rocanrol.
“Tenemos 40 años de visitar el Perú desde aquellas legendarias tocadas. La primera fue en Plaza de Acho, aquella fue la primera vez que visitábamos Perú”, recuerda.
En su memoria también aparece con fuerza la presentación de 1997 en la playa El Silencio, durante el famoso RockBeach, donde compartió cartel con Pedro Suárez Vértiz y Christian Meier.
Lora la menciona como una de esas noches que ya no pertenecen solo a una banda, sino a la memoria sentimental de un país.
“Fue algo muy emotivo porque todos estábamos muy prendidos y realmente fue una tocada histórica para nosotros y para el Perú también”, señala. Según recuerda, cerca de 200 mil personas asistieron a aquel concierto, una cifra que él compara con los grandes hitos multitudinarios de su carrera, como Avándaro, conocido como el Woodstock mexicano.
“Las dos tocadas más multitudinarias donde El Tri se ha presentado en toda su historia son el Festival de Avándaro y el de la Playa El Silencio”, afirma.
Pero la historia de El Tri no se explica únicamente por sus multitudes. Su permanencia tiene que ver con la identificación. Lora insiste en que sus canciones no nacieron para complacer, sino para decir lo que la gente sentía y no siempre podía expresar. Por eso, temas escritos hace más de cinco décadas siguen apareciendo en los conciertos con una vitalidad que emociona.
“El contacto con la gente, ver cómo ellos se desahogan, se olvidan de sus problemas y gritan conmigo ‘¡Que viva el rocanrol’, es lo que me motiva a seguir adelante”, dice. Luego enumera canciones que, para él, no han envejecido: “No le hagas caso a tus papás”, “Chavo de onda”, “Oye cantinero”, “Perro negro y callejero”, “Nuestros impuestos están trabajando”, “El niño sin amor”, “Metro Balderas”.
“Los chavitos de ocho o diez años que van a las tocadas se las saben mejor que yo y ellos piensan que son rolas que acabo de inventar hace 15 días”, comenta con una gran sonrisa.
En esa permanencia también hay una forma de denuncia. Lora rechaza que la música de El Tri sea definida simplemente como protesta. Para él, la diferencia importa.
“La música de El Tri no es de protesta, es una música de denuncia. Nosotros no protestamos porque estén los niños en la calle pidiendo limosna. Nosotros te decimos: ahí están los niños en la calle pidiendo limosna”, explica. Y pone como ejemplo “El niño sin amor”, una de las canciones sociales más reconocidas de su repertorio.
Esa mirada directa, sin maquillaje, tuvo un costo. Lora recuerda que después del Festival de Avándaro, en 1971, el rock mexicano fue perseguido y empujado a la clandestinidad. Eran años marcados por la memoria de Tlatelolco y por la represión política. El gobierno, según relata, vio en esa multitud juvenil una amenaza.
“Fue la época de la represión cuando el ser un rocanrolero en México era casi como ser un narcosatánico”, recuerda.

Supervivencia rockera
Durante años, el rock sobrevivió en espacios subterráneos, en los llamados ‘hoyos funkys’, hasta que a mediados de los ochenta volvió a la superficie con el movimiento de rock en español.
“El rocanrol es el único estilo musical que ha sido totalmente prohibido en nuestro país. Sobrevivimos en el subterráneo y volvimos a salir a la superficie”. Para entonces, El Tri ya tenía una larga obra construida desde la resistencia, con canciones que retrataban el momento social, político e histórico de México y de una generación que aprendió a cantar desde los márgenes.
Lora no se asume como leyenda, aunque el título lo persiga. Ha recibido reconocimientos, estatuas, homenajes, una figura en el Museo de Cera y hasta una condecoración de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega en el Perú. También recibió el Grammy a la Excelencia Musical. Sin embargo, cuando habla de lo que más valora, no menciona los trofeos. Vuelve al escenario.
“Yo todo eso lo aprecio mucho, pero lo que más aprecio es cuando estoy cantando y la raza está cantando conmigo mis canciones”, aclara.
Esa conexión también tiene una dimensión familiar. En los conciertos de El Tri ya no solo están quienes crecieron con sus discos, sino sus hijos y, en muchos casos, sus nietos. Canciones que nacieron como desahogo juvenil hoy se cantan como herencia. Lora lo entiende como una de las mayores recompensas de su vida. No necesita explicar demasiado el fenómeno: basta mirar al público.
También aparece en la conversación su madre, origen de una de sus frases más populares: “Mamá, prende la grabadora”. Lora cuenta que al principio para ella era difícil aceptar que su único hijo fuera rockanrolero. “Qué vergüenza para la familia”, dice entre risas. Pero todo cambió cuando, después de muchos años, lo vio en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México frente a una multitud que coreaba sus canciones. Desde entonces, asegura, se convirtió en fan número uno de El Tri. “De hecho, me dijo: ‘Ya vi que vas a estar con El Comercio’ [por decir algún nombre], y está grabando todo desde el cielo con su computadora”.
En el presente, Lora no se detiene demasiado a pensar en el futuro. Dice que vive paso a paso, tocada por tocada. Antes de llegar al Perú pasará por Ecuador y varias ciudades de México; después seguirá una gira por Estados Unidos y Europa. También hay proyectos audiovisuales en camino: una docuserie sobre El Tri, una película y nuevas formas de contar una vida atravesada por el rock. Pero él no parece obsesionado con administrar su legado.
“Nunca he pretendido nada. Yo simplemente soy rocanrolero”, afirma.
A sus 73 años, esa parece ser todavía su única brújula: cantar con la raza, denunciar lo que duele, agradecer lo vivido y seguir rocanroleando como si el tiempo no fuera una amenaza, sino otro amplificador. “Y ustedes recuerden, chamacos, que el rocanrol es un deporte”, finaliza.
Fuente: elcomercio.pe