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Hay escenas que, hace algunos años, habrían parecido exageradas y hoy resultan completamente normales: celebrar el cumpleaños de nuestras mascotas, contratar un seguro veterinario, elegir los destinos de viaje pensando en si serán bienvenidas, y en general, organizar nuestra vida en función a ellas. Y es que no se trata de una tendencia más en redes sociales, sino de una forma de vínculo que cada vez más personas estamos asumiendo con total naturalidad.
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Quienes somos millennials lo sabemos muy bien. En muchos casos, ese lazo no se siente superficial ni simbólico: implica cuidado, responsabilidad, afecto y una presencia constante. Ser “mamá” o “papá” de una mascota no es un juego de palabras, sino una manera real de maternar o paternar. Porque, aunque ellos sean una parte de nuestra vida, para ellos nosotros somos su mundo entero.
Este vínculo cobra aún más sentido en el Perú, un país donde más de 6 millones de animales viven en el abandono y donde su cuidado no solo impacta positivamente en nuestra salud emocional, sino que también redefine el propósito de los hogares.
Al mismo tiempo, algo igual de significativo está ocurriendo en nuestra sociedad, pues cada vez más personas dicen —sin culpa y sin rodeos —, que no quieren tener hijos o que prefieren postergar esa decisión. Lo que antes podía percibirse como una excepción, hoy empieza a consolidarse como una elección válida.
En el Perú, por ejemplo, los nacimientos registrados se redujeron en un 10,4% entre 2022 y 2023, y la tasa de fecundidad ha descendido a 1,8 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo poblacional (2,1) según el informe Estadísticas Vitales: Nacimientos, Defunciones, Matrimonios y Divorcios 2023 del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI, 2024).
La pregunta, entonces, no es solo por qué cada vez hay más “perrhijos” o “gathijos”, sino qué nos está diciendo este fenómeno sobre cómo estamos entendiendo hoy el cuidado, el amor y la idea de familia.

No es un rechazo a la familia, sino una nueva forma de entenderla
Durante décadas, la familia en el Perú estuvo constituida de una manera bastante clara: vínculos biológicos, matrimonio, hijos y una ruta casi preestablecida hacia la adultez. Sin embargo, esa estructura —que todavía sigue siendo vigente para muchos — hoy convive con otras maneras de construir hogar. Y en ese nuevo mapa emocional, las mascotas han dejado de ser periféricos para ocupar un lugar central.
“Lo que estamos viendo no es una ruptura, sino una redefinición de los vínculos que las personas consideran fundamentales. El afecto, el cuidado mutuo y la compañía han ganado un peso significativo frente a las estructuras tradicionales. En este contexto, no sorprende que una mascota pueda convertirse en familia y no por lo que representa simbólicamente, sino por lo que implica en la vida cotidiana: presencia, responsabilidad, apego y pertenencia”, explicó la psicóloga Diana Bances, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) a Somos.
De hecho, asumir que alguien que llama “hijo” a su mascota está reemplazando algo puede ser una lectura un tanto simplista. Quizás la clave esté en entenderlo desde otro lugar: “no como una sustitución, sino como una elección”, apuntó la experta. Porque detrás de ese vínculo hay tiempo, compromiso y una voluntad activa de cuidar, y eso dice mucho más sobre la vigencia del deseo de construir lazos que sobre un supuesto rechazo.
En un país como el nuestro, donde la familia ha sido históricamente un pilar, este cambio no deja de ser significativo, aunque tampoco implica una pérdida de valores. Más bien, puede reflejar una adaptación. Y es que las nuevas generaciones —como los millennials— tienen hoy más margen para decidir cómo quieren vivir.
Lo interesante es que, en medio de esa diversidad, la familia no desaparece: se expande. Según Bances, deja de ser únicamente una estructura heredada y se convierte en una red de vínculos elegidos y construidos en el día a día, donde el amor y el cuidado pesan tanto —o más que el parentesco.
El vínculo emocional que está marcando a los millennials
Tras una jornada larga, quien está ahí esperándonos detrás de la puerta sin reproches y sin condiciones, son nuestras mascotas. Y es que en ese gesto cotidiano hay algo mucho más profundo y genuino: una forma distinta —pero igual de válida —de vincularnos emocionalmente.

“Las mascotas están ofreciendo una experiencia afectiva particularmente poderosa: compañía constante, ternura, rutina, presencia y una forma de amor que, para muchas personas, se siente más estable que algunos vínculos humanos”, señaló la psicóloga Verónica Carrasco. En un contexto, donde el estrés, la sobrecarga laboral o la vida en solitario son cada vez más comunes, ese pequeño ritual de llegar a casa y sentirse esperado puede traducirse en una mejora inmediata del estado de ánimo.
No es casualidad que, en el Perú— según Ipsos— un 44% de personas perciba que tener una mascota ayuda a reducir el estrés y que una proporción similar asocie su presencia con una mayor felicidad.
Pero no se trata solo de recibir afecto. De acuerdo con Álvaro Álvarez, psicólogo de la UARM, el vínculo con una mascota activa dimensiones importantes del cuidado: alimentar, proteger, acompañar, jugar y responder a las necesidades de otro ser vivo. Básicamente, esto permite ejercer responsabilidad y canalizar el afecto.
Para muchos millennials, esto tiene un valor particular: ofrece una experiencia emocional significativa sin el nivel de exigencia —económica, mental y social— que implica criar a un hijo. En otras palabras, es un vínculo que está menos sujeto a expectativas externas o presiones institucionales. Sin embargo, reducirlo a algo “fácil” sería simplificarlo, ya que las mascotas también implican compromiso, gasto, tiempo, amor y, eventualmente, duelo.
“La diferencia está en la escala, no en la profundidad del vínculo”, afirmó el especialista.
Y es precisamente ahí donde aparece uno de los puntos más significativos. Verónica Ponce-Castañeda, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur, destacó que muchas de estas relaciones llegan a convertirse en vínculos de apego seguro. Es decir, relaciones donde la persona encuentra paz, calma, confianza y una estabilidad emocional sorprendente. Porque no es solo cariño, es regulación emocional.
Sin embargo, como subrayó la doctora Chivonna Childs, psicóloga de Cleveland Clinic, las mascotas pueden enriquecer profundamente la vida emocional, pero no reemplazan todos los demás vínculos. “Funcionan mejor —y de manera más saludable— cuando son parte de una red afectiva más amplia que incluya amistades, familia, pareja o comunidad”.
Por qué cada vez más millennials eligen tener mascotas antes que hijos
Durante mucho tiempo, tener hijos fue visto como un paso natural, casi automático, dentro del proyecto de la vida adulta. Hoy, esa narrativa ha cambiado, y no porque los millennials hayan dejado de interesarse por formar una familia, sino por la manera en la que entienden lo que significa sostenerla.

“Cada vez más personas se hacen preguntas que antes no estaban sobre la mesa: si cuentan con la estabilidad emocional necesaria, si tienen los recursos económicos suficientes o si realmente desean asumir una responsabilidad que no es temporal, sino de por vida. En ese sentido, la decisión de no tener hijos ha dejado de vivirse como una renuncia y se entiende cada vez más como un acto consciente de responsabilidad”, sostuvo Diana Bances.
Porque lejos de una supuesta “falta de compromiso”, lo que aparece es una evaluación mucho más honesta de los propios límites. En un contexto atravesado por la incertidumbre económica, la presión laboral y la búsqueda de equilibrio mental, la idea de criar a otro ser humano deja de ser solo un deseo y se convierte en una decisión que exige condiciones muy concretas.
En paralelo, también se está redefiniendo el concepto de realización personal. Según Verónica Carrasco, las generaciones más jóvenes ya no sienten la obligación de seguir un único guion de vida, viajar, desarrollarse profesionalmente, cuidar la salud mental o simplemente vivir con mayor autonomía son hoy pilares igual de válidos dentro de un proyecto personal. Tener hijos, en ese escenario, deja de ser una meta incuestionable y pasa a ser una opción que debe convivir —o no— con esas otras prioridades.
Es en ese espacio donde las mascotas empiezan a ocupar un lugar significativo. No como reemplazo, sino como una forma de construir hogar, compañía y cuidado que dialoga mejor con los ritmos y posibilidades actuales. Permiten vincularse, responsabilizarse y crear afecto, pero en una escala que muchas personas perciben como más compatible con su estilo de vida.
Sin embargo, tomar esta decisión no siempre es fácil ni está exenta de tensiones. En entornos como el peruano, quienes eligen no tener hijos continúan enfrentando preguntas constantes, juicios o incluso cuestionamientos sobre el sentido de su vida. Esto, como advirtió la psicóloga, puede generar culpa, incomodidad o una sensación persistente de tener que justificarse frente a otros, incluso cuando la decisión ha sido tomada de manera reflexiva.
Por eso, reducir este fenómeno a etiquetas como “egoísmo” o “inmadurez” no solo es impreciso, sino que impide ver lo que realmente está ocurriendo. No se trata de una competencia entre tener hijos o tener mascotas, ni de una generación que evita responsabilidades. Se trata, más bien, de un momento histórico en el que las personas tienen más margen para preguntarse cómo quieren vivir, qué tipo de vínculos desean construir y qué responsabilidades están dispuestas —y pueden— asumir.
Al final, sea cual sea el camino—tener hijos, una mascota o incluso ambos— puede ser igual de válido si nace desde la conciencia, la responsabilidad y el deseo real de brindar bienestar, tanto al otro como a uno mismo.
Fuente: elcomercio.pe