Entre los temores que ha despertado en el sector progresista el gobierno de Keiko Fujimori resalta el de “reescribir la historia”. Este miedo es consecuencia natural de los términos impuestos por este mismo bando en la reciente competencia electoral. Según rezaba la catequesis antifujimorista de campaña, la última elección no versó sobre elegir la mejor opción para dirigir al país los próximos cinco años, sino de impedir que los herederos de la autocracia de los noventa retornen a Palacio. No se trataba de un voto en contra, sino de uno con memoria, sostuvieron. Por lo tanto, la derrota en estos términos es interpretada como el inicio de “tiempos oscuros”, de la debacle total de nuestra democracia. El regreso del fujimorismo al poder hace temer lo peor. Un excongresista camaleónico –que va entre rojo y morado– anuncia en redes sociales: “Vamos al LUM antes que lo cierren”.
El informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (IFCVR) es otro de los íconos que estarían en riesgo según afirma el antifujimorismo. De hecho, un artículo periodístico crítico de las conclusiones del IFCVR, escrito por Sebastião Mendonça –que en abril pasado publicó el libro “¿Por qué fracasó Sendero?”–, fue juzgado por los “guardianes de la moral” como el primer signo de la aplanadora revisionista naranja. “Ya empiezan”, hicieron sonar las primeras campanas de alerta. Utilicemos estas alarmantes sospechas como una hipótesis de trabajo: ¿tiene sentido que el fujimorismo 2.0 intente construir una memoria histórica alternativa a la promovida durante los últimos 26 años por sus detractores?
No cabe duda de que existe un sector ultramontano en las élites peruanas interesado en articular una versión de los hechos del período 1980-2000 opuesta a la de la CVR y distinta de la realidad. Son quienes no aceptan que el enfrentamiento entre las fuerzas del Estado y las subversivas califica como guerra civil (lo que no contradice la modalidad terrorista del accionar subversivo de SL y el MRTA). Son los creadores, difusores y apologetas del “terruqueo”. De hecho, no descarto que presionen al gobierno de Fuerza Popular (FP) de procurarles un espacio desde donde iniciar sus cruzadas. Pero –sostengo– estas serían contraproducentes, polarizadoras, inútiles y sus operadores quedarían como meros historiadores sin futuro.
En primer lugar, hay que saber distinguir a FP como derecha convencional de la ultraderecha. Partidos diestros construidos sobre el legado de autocracias no necesariamente califican de radicales (UDI en Chile, Arena en El Salvador), sobre todo si se adaptaron a las reglas de juego de la democracia. El fujimorismo de Keiko defiende el modelo económico de mercado y es tradicional respecto de las instituciones sociales (familia, Iglesia). Pierde cuatro veces y apechuga. No califica como “derecha populista radical”, pues, como sostienen algunos libros comerciales. (Ver mi último libro coeditado “The Far Right in Latin America”, publicado por Cambridge University Press, descarga gratuita). Y cómo va la cosa (para muestra un Gabinete), FP tampoco va a ser derecha popular. Tiene la oportunidad de ser el aprismo del siglo XXI, pero podría terminar como el PPC (APRA – pueblo = PPC). El fujimorismo ideacional, en la actualidad, es un puñado de ideas fuerza que carece de estructura doctrinaria. Sin doctrina no se puede escribir, reescribir, garabatear ni borronear la historia. Por lo tanto, corren el riesgo de ceder, en esta empresa, ante los ultrahiperideologizados: la derecha porcina, los trumpistas de Dasso, los espartanos de la batalla cultural, los gramscianos del conservadurismo (que no leyeron a Gramsci, pero vieron el ‘reel’), los de la iberósfera que celebran el Mundial de España desde un semáforo en Comandante Espinar. Y a ellos les pasará lo mismo que a sus némesis caviares, trucarán historiografía por memoria, verdad por relato, nación por secta, alejándose así del distraído peruano que desayuna emoliente en un paradero.
Grave error han cometido los intelectuales-artistas progres. En el fundo Pando ya no se enseña Historia del Perú I y II, sino “Presente y memoria; ciudadanía y responsabilidad social” (sic). El IFCVR se sustenta en un gran trabajo de recolección empírica, inédito en nuestro país, valioso como legado. Pero la “memoria” construida a partir de este notable esfuerzo es sesgada y politizada. Un ejemplo. La historia reconstruida por la CVR indica que la mayor cantidad de violaciones a los derechos humanos se cometieron bajo el gobierno acciopopulista de Fernando Belaunde (1980-1985). Los hechos indican que Valentín Paniagua deslindó de toda responsabilidad política al gobierno de Acción Popular, criticó las cifras y se refirió de “excesos individuales”. La memoria dice que es un gran demócrata y ni pío sobre Acción Popular. En el mundo maniqueo de los antifujimoristas, cualquier crítica a la CVR es autoritaria, desleal, perversa. No se les puede tocar ni con el pétalo de una columna.
El fujimorismo no necesita polarizar más el país invirtiendo en un relato alternativo. Porque el triunfo electoral de Keiko Fujimori fue una derrota de la memoria y una victoria del recuerdo. En una sociedad altamente informalizada, las lecturas ideologizadas del pasado sucumben ante el recuerdo biográfico. Las historias familiares de los ciudadanos de a pie son más potentes precisamente por su despolitización. En ello se explica la resiliencia del fujimorismo, esa que los historiadores del futuro (los intelectuales-artistas progres) y los historiadores sin futuro (los radicales de derecha) no saben explicar. El individualismo sin traducciones doctrinarias hace que cada peruano viaje a su pasado familiar y encuentre en él las huellas de su propio futuro. Esa que comenzó en la invasión de un arenal en los ochenta y hoy es la casa de los abuelos. Solo aquel que ha vivido la miseria prefujimorista es capaz de contarla. ¿Usted sabe acaso lo que es dormir bajo un techo de esteras?
Fuente: elcomercio.pe